Boleros y psicofármacos

Sergio Sinay
Sergio Sinay PARA LA NACION
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26 de julio de 2015  

Fuente: LA NACION - Crédito: Alma Larroca

Ansiedad, de tenerte en mis brazos/ musitando palabras de amor/ Ansiedad, de tener tus encantos/ y en la boca volverte a besar. A fines de los años 50, Nat King Cole cantaba con una voz aterciopelada y levemente grave Ansiedad, bolero del venezolano José Enrique Chelique Sarabia, que empezaba con estas palabras. Por entonces la ansiedad estaba lejos de figurar a la cabeza entre los trastornos psíquicos y era, antes que nada, preciada materia de poemas, canciones y búsquedas filosóficas. La canción hizo furor, alcanzó la categoría de clásico y tuvo incluso versiones posteriores a cargo del Puma José Luis Rodríguez y de Plácido Domingo. En estos días, un libro con ese mismo título recorre el mundo y se convierte en un sombrío best seller que no habla de amor, sino de miedos, angustias, parálisis y crisis emocionales graves. Su autor, Scott Stoessel, tiene 45 años (no había nacido cuando Cole acariciaba corazones con su voz), es el jefe de redacción de The Atlantic, una prestigiosa revista cultural estadounidense, recorre su país y resto del mundo dando conferencias y confiesa sentirse como un alfeñique ansioso atiborrado de medicación antes de cada una de ellas. El libro puede leerse como las impúdicas memorias de un ansioso que apenas encuentra alivio, pero nunca cura, y muchísimos contemporáneos se ven reflejados.

Tal vez esté llorando mí pensamiento/ mis lágrimas son perlas que caen al mar/ y el eco adormecido de este lamento/ hace que estés presente en mi soñar. Así continuaba cantando Cole allá y entonces. Hoy, en cambio, la ansiedad deja insomnes a legiones de sufrientes y brota del aire de estos tiempos. De la imposibilidad de esperar, de la necesidad imperiosa de tener certidumbres y certezas sobre el futuro, de la desesperación por controlar los acontecimientos y, en lo posible, a las personas, del apuro por llegar sin haber viajado. Es decir, de la búsqueda de una garantía contra las alternativas del viaje, de los accidentes del camino, de las sorpresas del paisaje. Hoy la ansiedad tiene más de miedo a la vida como es que de confesión amorosa.

Anticipándose al fenómeno que sobrevendría sobre el final del siglo XX y lo que va del XXI, el gran psicoterapeuta humanista Rollo May (1909-1994) definió la ansiedad como un problema ante todo existencial en un libro ( The meaning of anxiety) escrito en 1950 y revisado hacia 1977 (revisión que en este caso significó confirmación). En un mundo altamente competitivo (y poco cooperativo), en donde la tecnología nos ilusiona con resguardarnos de los peligros de la naturaleza e incluso con la fantasía de eliminar el azar, mientras es el otro, el semejante, quien se torna desconocido y peligroso, la ansiedad definida por May brota de múltiples fuentes. El exceso de información, al punto en que cuesta discernir cuál importa de veras, las experiencias fugaces, que se desplazan unas a otras sin haber sido asimiladas, los estímulos que llegan desde diferentes direcciones y hacen que la atención se disperse, que el pensamiento se fragmente, y que casi ninguna vivencia se complete antes de ser borrada por la siguiente. En ese campo fértil crece inevitablemente la ansiedad. ¿Cómo abarcarlo todo, cómo detener el tiempo, cómo diferenciar necesidades reales de deseos virtuales, cómo saber la dirección y el sentido del viaje? No hay psicofármaco que contenga las respuestas.

El bolero terminaba así: Tal vez estés llorando al recordarme/ y estreches mi retrato con frenesí /y hasta tu oído llegue la melodía salvaje/del eco de la pena de estar sin ti. El poeta sabía cuál era el motivo de su ansiedad. Y cuál era el remedio posible: el reencuentro. A diferencia de tantos ansiosos de hoy que no saben lo que quieren, pero lo quieren ya.

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