
Caminar como elefantes, sentarse como ranas
Se puede andar rápido para llegar antes. Y también se puede andar sin llegar. Y esto es, quizá, más importante. Si un observador venido del espacio exterior, una especie de entomólogo interplanetario, prestara atención a lo que sucede en las calles de la ciudad, vería criaturas que se desplazan velozmente en todas las direcciones, sin cederse el paso las unas a las otras, atropellándose, como si huyeran de una catástrofe inminente o debieran alcanzar el último bote en un naufragio. Quizás muchas de esas criaturas han olvidado a dónde van o por qué deben hacerlo a esa velocidad, sin prestar atención a nada ni a nadie. Presas del automatismo, simplemente aceleran, no frenan, cruzan las calles en cualquier lugar, corren escaleras abajo o escaleras arriba en el subte, se apiñan en los ascensores como si fuera la última oportunidad de no se sabe qué, chocan entre sí sin pedir permiso ni disculpas. Corren, se apresuran, pero no andan. Andar no es una competencia para llegar antes o rápido a algún lugar, tampoco es un deporte. Esto señala el filósofo francés Fréderic Gros, de la Universidad Paris-XII, en su ensayo Andar, una filosofía. El título es elocuente, propone una manera de transitar el mundo, invita a unir mente, cuerpo y alma en un movimiento único, un acto de conciencia ampliada a partir del hecho de trasladarse.
El maestro zen Shunryu Suzuki (1904-1971), que se llamaba a sí mismo "el pequeño Suzuki" para diferenciarse de filósofo Daisetsu Teitaro Suzuki, divulgador del zen en Occidente, decía que era necesario aprender a caminar como un elefante y a sentarse como una rana. El elefante, según su metáfora, camina lentamente, sin prisa y sin precipitarse para llegar a un lugar. La rana, a su vez, simplemente se sienta y permanece, sin hacer otra cosa. Hasta que aparece algo comestible y entonces lo engulle. Mientras tanto está quieta y en calma, aunque atenta a todo lo que ocurre. Para Suzuki, quien puede caminar como un elefante y sentarse como una rana nunca será devorado por las urgencias, estará centrado en lo importante, no correrá sin saber a dónde quiere llegar ni para qué, tendrá una percepción más clara, y en perspectiva, del mundo que lo circunda y ganará en profundidad lo que pierda en velocidad e hiperactividad.
Sobre esto mismo reflexionó el filósofo y pastor anglicano británico Alan Watts (1915-1973) en Serenar la mente (una selección de sus conferencias hecha por su hijo Mark). Todo lo que nos urge a movernos para llegar a un lugar suele resultar frenético, decía Watts, y esa urgencia nos hace mover más y más rápido hasta que simplemente ya no podemos correr más para satisfacer el objetivo. "Hasta cuando se trata de practicar la meditación, la gente no deja de preguntar por la forma más rápida de aprender y quiere saber cuánto va a tardar en lograrlo", escribía. E invitaba a conocer el nishkarma, término que describe a la acción desapegada de los resultados.
Hoy, la fórmula fast food ya no refiere solamente a una manera de comer (rápido, sin esperar, sin masticar y sin saber qué se ingiere), sino a un modo de vivir. A velocidades extremas y rozando apenas la superficie de las vivencias, de las circunstancias, de los sentimientos, de los vínculos. A ese ritmo no solo se deja de mirar y registrar a los otros, de preguntarse y maravillarse por la rica y compleja textura del universo que habitamos, sino que se pierde contacto también con las voces interiores, con las necesidades propias y profundas, acalladas por el chillido demandante de los deseos. Seguir senderos inciertos explorándolos, permitirse andar al propio ritmo, dice Gros, hace que a veces nos perdamos y es entonces cuando podemos escuchar mejor al corazón. Y de ese modo de andar salimos en mayor armonía con nosotros mismos, agrega. Andar sin llegar puede llevarnos a preciosos e impensados paisajes del alma.






