
Celebración verde
La pequeña y pintoresca capital de la República de Irlanda alberga un enorme espíritu festivo: los pubs, el whiskey y su máximo emblema, San Patricio
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DUBLIN.- El frío arremete, punzante, y al mirar para arriba no se ve el cielo; hay un infinito manto de plomo que todo lo cubre y que llora aguijones en forma de llovizna. Dublín en invierno es gris, siempre es gris, tan gris como puede serlo un lugar en el que el sol parece sentirse ofendido. Caminar por Dublín, en invierno, implica una fría y gris llovizna que obliga a entornar los ojos, que impacta en los sobretodos de los oficinistas despreocupados y también en los desmedidos abrigos de los turistas. Un mediodía cualquiera, frío y gris, uno puede ingresar en el enorme parque St. Stephen´s Green, un imponente pulmón verde de varias manzanas (unas nueve hectáreas) y más de 300 años de existencia, y habrá gente sentada en los bancos, descansando mansamente bajo la helada atmósfera, alimentando patos en el lago, trotando entre parterres y monumentos de los personajes más destacados de la ciudad.
Dublín tiene poco más de un millón de habitantes, de los cuales más de la mitad vive fuera del ámbito urbano, en las zonas rurales, donde la gran mayoría de las casas no sólo no tiene rejas: muchas de ellas tampoco tienen cortinas, como si nada ocultaran o no tuvieran empacho en mostrar su naturaleza. Es la ciudad emblemática de la Irlanda republicana y rebelde de las islas gobernadas por la monarquía británica. Aquí no hay rey que valga; hay una presidenta. Aquí no hay libra que valga; hay euro. Y bien contentos que están estos irlandeses republicanos y sureños de no formar parte de los dominios del Reino Unido. "Somos como ustedes; diría que nos sentimos latinos en Europa. No tenemos la frialdad de los ingleses o los escoceses. Nosotros somos intensos, alegres, extrovertidos", se sincera Thomas, colorado el pelo y la piel; por genética el primero y por obra y gracia del tercer vaso de whiskey que pasa por su garganta la segunda. Es de noche y hemos cruzado el río Liffey, una larga herida de agua que fuerza a que la ciudad tenga un Norte y un Sur. Hay muchos pasos conectores; entre ellos, dos muy simbólicos, que honran a las plumas más importantes de aquí: el puente James Joyce y el puente Samuel Beckett. Por afinidad literaria, elijo atravesar este último, diseñado como una especie de arpa, en alusión al arpa gaélica, el clàrsach, que es el escudo oficial de Irlanda. A primera vista parece muy similar al porteño Puente de la Mujer, en Puerto Madero: pues bien, quien los pergeñó es la misma persona, el arquitecto español Santiago Calatrava. Y Beckett viene a mi mente al otro día, camino hacia las zonas rurales, en un área de colinas y un valle de suelos de un amarillo pálido; desde una gran altura se puede apreciar el lago Lough Tay, mientras el viento frío actúa como cuchillas en el rostro. Alguien convida un shot de whiskey Jameson para paliar el frío; empuja el vértigo de estar parado sobre esas rocas a cientos de metros de altura, mirando hacia el vacío. "Ventana entre cielo y tierra no se sabe dónde. Da sobre un acantilado incoloro. La cresta escapa al ojo dondequiera que se pose. La base también. Dos trozos de cielo para siempre blanco lo bordean. ¿Deja el cielo intuir un final de tierra?" Lo escribió Beckett hace 35 años, aunque ya en pleno romance con París y con la lengua francesa (ya había atravesado la dipsomanía y hecho público su aburrimiento en la ciudad que lo había visto nacer, pero igual en Dublín se le rinde devoción).
Uno puede pasar de un ámbito natural como el de este parque nacional, en Wicklow, donde el tiempo se convierte en un compañero sin edad ni apuro, o de los 121 metros de la cascada Powerscourt, a un territorio pagano, como el suburbio de Killiney, donde se halla la casa del dios Bono. El cantante de U2, representante musical ante los gobiernos del mundo, es el personaje popular más importante, hoy por hoy, de este país. Bono es un verdadero orgullo para los irlandeses, que lo veneran. No es de extrañar que Peter, el chofer del ómnibus que nos lleva, guía, showman, contador de chistes, actor y cantante, entone de principio a fin y sin desafinar el emotivo Running to Stand Still, del álbum The Joshua Tree.
La casa (obviamente, una mansión) de Bono es parte del voyeurismo turístico, que le otorga un rango de visita imperdible: es imprescindible observar los paredones con grafitis que esconden el gran misterio (¿uno, con su cámara de foto de 93 megapíxeles en la mano, realmente espera ver a Bono sentado en la puerta, tomando una cerveza, o saludando desde la ventana del dormitorio?). Ah, la mansión vecina es de su socio musical, The Edge. Que también muestran a la distancia.
Más terrenal y por momentos extraño es el acto nocturno de devoción por el cuarteto pop más grande del momento. La cita es en una especie de café concert, lugar de mesas ubicadas escalonadamente, como si antes hubiera sido un teatro o un cine. En el escenario, cuatro muchachotes llamados Ruttle and Hum se aparecen como la mejor banda tributo a U2 del mundo. Un papel que el cantante-clon se cree hasta el hecho de quitarse de encima de mal modo a dos borrachines canadienses que intentaban abrazarlo como si fuese el original.
Dublín tiene muchas iglesias y catedrales; tiene museos desperdigados muy cerca unos de otros, como el Heráldico, el de Ciencias Naturales, el Cívico; tiene la Biblioteca Pública, la Galería Nacional, la residencia de Oscar Wilde... Y también Dublín puede convertirse rápidamente en una ciudad aburrida... para el abstemio. Por las callejuelas, al atardecer, uno tropieza e, indefectiblemente, cae a las puertas de un pub repleto de gente. De gente que..., digamos, no está precisamente comiendo una omelette. Es imposible afirmar si es la ciudad con más cantidad de pubs por metro cuadrado, pero sí se puede decir que hay cerca de mil bares, algo a lo que uno le encuentra mucha lógica en el frío, el gris y la llovizna.
Y el Mundial de pubs tiene su momento cada 17 de marzo, en la celebración de su genio y figura, Saint Patrick, más conocido en nuestro país como San Patricio. El hombre que evangelizó a los irlandeses, y que -dice la leyenda- utilizó un shamrock, es decir, un trébol, para explicar que había un padre, un hijo y un espíritu santo, falleció ese día en el año 461. Cada 17 de marzo es fiesta nacional. Y aquí estamos: un día donde el sol se apiada y custodia a miles y miles de familias que salen por las calles con los rostros pintados, con banderas, con disfraces. Todo es verde, blanco y naranja. Hay desfiles, música en vivo y gente de toda Europa que llega para ser parte de la fiesta. Y así como hay miles y miles de personas deambulando, también hay miles y miles de litros de alcohol que van de mano en mano. Los cerveceros locales tienen su símbolo nacional: la Guinness. Y los amantes del whiskey, su corazoncito puesto en el Jameson. Sí, decimos whiskey y no whisky, como lo llaman los escoceses; una diferencia que no pasa sólo por una letra. El proceso de secado de la cebada en Irlanda no se lleva a cabo por una fuente de acción directa, es decir que, como contrapartida del escocés, no queda expuesto al humo de la turba y, por consiguiente, no registra un ápice de ahumado. El otro gran sello característico es la triple destilación, que le confiere un sabor amable y cremoso.
El Jameson es una institución aquí, en Dublín, donde dicen que se toma una medida por segundo; a nivel mundial, se habla de un millón y medio de vasos por día. No es broma: aquí se toma el whiskey nacional como agua (bueno... tengamos en cuenta que en gaélico irlandés el whiskey, o sea, el uisce beathadh, significa "agua de vida"). Y hay un acontecimiento muy particular. En la vieja destilería de Jameson, un lugar inaugurado en 1780 y que hoy es museo, bar y sitio para comprar merchandising de la marca, cada 17 de marzo programas de radio de todo el mundo son invitados a transmitir desde allí, en el corazón de Dublín. Entre fish & chips, números de música celta, curiosos, whiskey con ginger ale, whiskey con cola, whiskey con jugo de arándano y whiskey como vino al mundo, hay emisoras de Japón, Estados Unidos, Canadá, Uruguay, México, Brasil, Suiza, entre otras, participando de este evento llamado Jameson Global Broadcast. Por Argentina, Andy Kusnetzoff, de Radio Metro, sale en vivo con su programa Perros de la calle.
Las sombras van ganando espacio en la tarde y las familias verdes, blancas y naranjas vuelven a sus casas; quedan los que ya calentaron sus gargantas y resistirán hasta pasada la medianoche. Se impone cruzar el río Liffey de vuelta hacia la zona sur e internarse en la multitud bulliciosa de la emblemática Temple Bar, una calle empedrada surcada por un puñado de callejones, donde la gente deambula de pub en pub, bebe, grita, bebe, ríe, saluda y sigue bebiendo. Sí, Temple Bar es la calle con bares de todos los colores.
Sigue una cena en el restaurante Odessa, en la planta baja de una antigua casona de tres pisos. Luego del abundante menú (sopa, pollo con papas y espárragos, brownie con helado y bastante vino, un Rioja de Campo Viejo), la cita es en el tercer piso, donde una barra espera con gran provisión de Jameson. En el segundo piso, dentro de un salón privado, a media luz, se recorta la cabellera inconfundible de un Rolling Stone: Ron Wood está en Dublín para celebrar St. Patrick junto a su novia, Ana Araujo (la que semanas más tarde irá a para a un hospital, aparentemente tras un ataque de celos).
A las 2 de la mañana llega el toque de queda etílico. Minutos más tarde, todos andarán tambaleantes rumbo a sus hogares. No hay ningún altercado. Los policías miran aletargados que nadie se salga de cauce y vaya, por ejemplo, a caer en el lago de St. Stephen´s Green. Las viejas construcciones bajas se acurrucan en la festiva madrugada invernal. O, en palabras de Beckett: "Es una noche de invierno, allá donde fui, seré, rememorado, imaginado, qué más da..." Al otro día la ciudad volverá a la normalidad, con una elegante resaca.
Viaje al corazón del whiskey
Un paseo motivador para vincular la historia y los placeres puede ser llegar hasta Midleton, en el sur de la isla, donde se encuentra la Old Midleton Destillery, donde se elabora el whiskey Jameson. Para ello, hay que viajar unas tres horas en un confortable tren desde Dublín hasta Cork, y abordar un ómnibus hasta Midleton (hay que reconocer que el paisaje, bastante anodino, consta de largas hectáreas de suelo plano donde se practica la agricultura). La experiencia, igual, vale la pena, para determinar cómo en esa pequeña fortaleza de piedra se produjo el whiskey más popular de Irlanda durante 150 años. Fundada por los hermanos Murphy, la Old Destillery dejó de funcionar en 1975 y hoy, totalmente restaurada como en sus tiempos de complejo industrial, sirve para entender el proceso de elaboración y para, por ejemplo, observar el alambique de cobre más grande del mundo, con capacidad para 144.000 litros, o una rueda de agua de 160 años de antigüedad. En otra sala se puede observar una demostración práctica de cómo se arma y desarma una de los miles y miles de barricas de roble utilizadas para el almacenamiento de esta noble bebida. Barricas compradas a elaboradoras de jerez, oporto y bourbon de España, Portugal y los Estados Unidos.
Allí mismo hay un local de souvenirs y un restaurante, el Malt House, donde se puede almorzar uno de los pocos platos típicos de este país, el estofado irlandés (irish stew).
Y para el final de la excursión, lo mejor: una degustación de cinco exponentes de la producción propia: Jameson clásico (tres años de añejamiento, estándar), Jameson Special Reserve (12 años), Jameson Gold Reserve (una delicia, de próxima comercialización en la Argentina), Jameson Limited Reserve (18 años) y el codiciado Jameson Rarest Vintage Reserve.





