CHE, el burgués ahogado

Rebelde, dandy tropical y precursor del turismo antropológico, Ernesto Guevara fue el enfant terrible de una familia patricia. Rugby, habanos y aventuras del hombre que se adelantó a su tiempo.
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9 de diciembre de 2008  • 17:04

Por Santiago Llach.

Pasó unos cuantos fines de semana de su primera infancia bañándose en las aguas apacibles que riegan las playas verdes del aristocrático Club Náutico de San Isidro. También por esa época, su padre lo llevó a navegar por el Delta a bordo de una joya a vela diseñada por Germán Frers, fundador de una refinada dinastía de arquitectos navales y regatistas. Fue campeón de rugby, uno de los deportes preferidos de la oligarquía nativa, jugando con una de sus divisas más elegantes, la del sic, un club de esa misma localidad del conurbano rico. También jugó a la ovalada en el Atalaya Polo Club. Fundó una revista de rugby. Enamoró, entre otras, a una joven princesa de la oligarquía cordobesa, a una dura militante comunista, a una mujer chilena casada, a una importante economista peruana y a la hija de unos campesinos cubanos. Pero se dedicaba a retozar con sirvientas. Estudió una de las grandes profesiones liberales, la medicina, en la Universidad de Buenos Aires. Tuvo un solo vicio, el consumo de los refinados habanos Cohiba, que se hizo llevar incluso hasta la selva perdida de Angola. Practicó otros deportes, además del rugby: fútbol, ajedrez, ciclismo; además incursionó en la aviación. Hay fotos suyas que lo muestran probando suerte en otro deporte elitista: el golf. Se dedicó también con intensidad a lo que hoy llamaríamos turismo aventura: recorrió varias veces su país y América latina, en bicicleta, en moto, a dedo y en balsa, escaló montañas y se internó en junglas complicadas.

También ordenó ataques mortíferos y fusilamientos.

Fue guerrillero, ministro, economista práctico, comandante militar y escritor. Y su última decisión política fue embarcarse en una misión suicida.

Ernesto Guevara tuvo una vida breve e intensa. Treinta y nueve años le alcanzaron para ser un ícono global de las izquierdas, una de las cien personas más influyentes del siglo XX según la revista Time, y probablemente el argentino más conocido en el mundo.

Guevara es el hombre escrito: los registros de su vida son innumerables. El mismo llevó la cuenta de su vida en sus distintos diarios personales y en sus incontables cartas. A ello se suman los libros escritos por sus íntimos (su padre, su primera mujer Hilda Gadea, su segunda mujer Aleida March, los compañeros de sus viajes juveniles, etcétera) y las hagiografías (vidas de santos) escritas por sus fans ideológicos, así como las "desmitificaciones" furibundas firmadas por opositores al régimen de Fidel. A ello se agrega la enorme cantidad de testimonios, levantados por biógrafos y periodistas, de prácticamente toda la gente que tuvo algún contacto significativo con Guevara, desde sus maestras de primaria y su criada hasta sus fusiladores.

Como la de todo héroe, la suya es la vida de un hombre de acción. Guevara fue un prototipo de aquel Hombre Nuevo soviético, una creencia pueril promovida por pensadores científicos como Mr. Trotsky & Mr. Lenin, que sostenía que como consecuencia de la instauración del comunismo, el Homo Sapiens sería sustituido por este Hombre Nuevo, desinteresado, educado, saludable y promotor de la Revolución. En la segunda parte del cómic El Eternauta, el guionista Héctor Germán Oesterheld (desaparecido en 1977 por la dictadura militar) imaginó a la agrupación Montoneros en la que militaban él y sus hijos como un grupo de jóvenes que vivía en cuevas. En efecto, el Hombre Nuevo que imaginaban los socialistas era bastante parecido al hombre de las cavernas.

¿En qué medida alcanzó Guevara ese ideal fachosoviético? ¿Se pareció más al Hombre Nuevo o a un héroe contemporáneo que no se privó de nada, a la manera de su tocayo Hemingway o su colega, el guerrillero peronista Paco Urondo, muerto en combate pero célebre bon vivant? ¿Hasta qué punto Guevara no fue también uno más de la lista de excéntricos de la clase alta argentina, una lista que también incluye al polideportista Charlie Menditeguy y al loco lindo Federico Peralta Ramos?

En términos marxistas (los términos que lo llevaron a implantar, junto con un puñado de compañeros de la vanguardia iluminada, una dictadura del proletariado en una isla del Caribe), Guevara fue un producto de su clase: la célebre oligarquía vacuna argenta. Guevara decidió morir en la jungla de uno de los países más pobres del mundo, pero nació en una cuna de oro, al final de la era de la Argentina granero del mundo. Al igual que Jorge Luis Borges, el otro de los argentinos globales que dio el siglo pasado, Guevara pertenecía a una familia venida a menos de la elite terrateniente. Su padre y su madre tenían antecesores criollos y españoles anteriores a las inmigraciones de fines del siglo xix, y entre ellos se contaba un virrey del Perú.

Su condición de desclasado –debida a la inestabilidad económica de una familia también afectivamente convulsa– le permitió al mismo tiempo disfrutar de estancias, clubes y otras instalaciones sociales de la elite, pero alternar con gente de otros estratos sociales.

Ernesto Guevara Lynch padre emprendió varios negocios, pero fracasó en casi todos. Esto llevó a que en sus primeros años la numerosa familia (eran cinco hermanos) llevara una vida trashumante: vivieron en un yerbatal en Misiones, pasaron unos días en Rosario (allí nació Ernesto hijo) y anduvieron después por San Isido, Barrio Norte, la localidad cordobesa de Alta Gracia (adonde fueron para curar el asma de Ernestito), Córdoba capital y Palermo. El matrimonio de Guevara Lynch padre con Celia de la Serna, además de aportarle una herencia con la que bancar sus sueños emprendedores, estuvo jalonado por crisis y separaciones constantes. Esta impronta social y afectiva incierta llevó a los padres de Guevara a asumir posiciones ideológicas mucho más abiertas que las habituales en la cerrada aristocracia argentina.

Pacho O’Donnell, autor de la mejor biografía del guerrillero (la del norteamericano John Lee Anderson tiene notables limitaciones interpretativas en lo que respecta a los años del Che en Argentina), ha sido quien más hondo llegó en el análisis psicológico del ícono juvenilista. Psiquiatra e hijo de un célebre pediatra que atendió al niño Guevara, O’Donnell indica que el asma, fruto en este caso de una relación intensamente edípica con la madre, provoca un ahogo físico que se traslada a lo psicológico. El ansia de mundo de Guevara (que empezó cuando a los 22 hizo cuatro mil kilómetros por las rutas argentinas en una bicicleta a motor, y se continuaría con otros viajes por América latina y después con sus misiones revolucionarias en Cuba, Angola y Bolivia) estaba motivada por ese deseo de escapar del ahogo.

Muchos historiadores y sociólogos (entre otros, el británico Eric Hobsbawm) han observado de qué manera los ideales contraculturales de los jóvenes de los años 60 sentaron las bases para los estilos de vida que el capitalismo llevó al extremo en las décadas siguientes. Y fueron fruto, también, de la edad de oro del consumo de las clases medias. La liberalidad en las costumbres, la vida laboral nómada y flexible y el flujo masivo de la información tomaron en parte las enseñanzas de gente como Jimi Hendrix o los Beatles.

Ernesto Guevara, enfant terrible de la clase conservadora de un país periférico, es uno de esos héroes de los jóvenes rebeldes que hoy están en el centro de la cultura global. Con su vida nómada, su espíritu de aventura y sus ideas poco convencionales, Guevara fue a la vez la traducción latinoamericana de esos poetas beatnik que recorrían a dedo Estados Unidos, y el inspirador de centenares de miles de jóvenes que todos los años dedican parte de sus etapas de formación al turismo antropológico. Héroe que hacía gala de su falta de aseo y sus ropas rotosas, el joven Guevara era en esa década de 1950 un rocker avant la lettre, que inventaba sin saberlo las fórmulas de la inconveniencia social que poco después causarían furor a través de otros jóvenes inadaptados, como James Dean en el cine o los Rolling Stones en la música.

Tarde o temprano, la estampa rebelde e inconformista del "fusilador de La Cabaña" (tal como lo llama Pacho O’Donnell, en alusión a la guarnición comandada por Guevara donde se efectuaron juicios sumarios y fusilamientos de centenares de partidarios del depuesto régimen de Fulgencio Batista) tenía que ser recogida por la industria del entretenimiento, el complejo cinematográfico-musical que instaló en el centro del canon a los iconoclastas, desde Woodstock en adelante.

La popularidad de Guevara no es ajena al poder visual de sus fotos más conocidas: incluso los analistas más serios han subrayado su parecido con las imágenes habituales de Jesucristo. Guevara no fue un bon vivant, pero las imágenes en las que se lo ve fumando habanos construyeron la idea de una especie de dandy tropical. Tampoco fue un burgués, si se entiende que burgués es aquel a quien la ciudad le va redondeando la zona abdominal. Una vez instaurada la Revolución Cubana, se trasladaba en un módico Studebaker negro, y cuando le dieron un Jaguar perteneciente a un ex funcionario de Batista, lo hizo devolver.

Guevara fue más bien un aventurero, una versión socialista de los viajeros y los exploradores británicos del siglo XIX. Un enviado del enclave blanco de América del Sur que emprendió una tarea misional, empujado por el asma y también por el mandato inconsciente de un padre que había soñado grandes empresas (como unirse al Ejército Republicano español) sin concretarlas nunca.

En los años de su primera juventud, Guevara aplicó a fondo su aventurerismo, y su conducta no estuvo exenta de "rémoras burguesas" ni de "vicios capitalistas", como gozar sexualmente de las mucamas o aceptar en sus primeros viajes algunos privilegios debidos a su clase o a su etnia.

Si, como dicen, un fascista es un burgués asustado, en este caso un burgués ahogado se convirtió en rebelde fanático. Y, como dijo Dalmiro Sáenz, otro transgresor del patriciado local, "atacar tanto al fascismo es, en cierta forma, una manera de ser fascista".

Las hazañas deportivas de Guevara, al igual que las sentimentales, estuvieron movidas por la voluntad de autosuperación o por la utilidad en pos de fines más altos. El joven aventurero atravesó una conversión casi cristiana al marxismo y, desde entonces, puso toda su energía (incluyendo el ejercicio de una violencia que hasta entonces no había practicado demasiado) al servicio de un ideal que la historia se encargó de desbaratar.

El 14 de junio 1954, en plena conversión, Guevara encontró el goce que podía librarlo de la angustia: era el goce de la guerra. El escenario era la ciudad de Guatemala. El Ejército de Liberación de Carlos Castillo Armas, apoyado por la CIA, bombardeaba la ciudad para derrocar al gobierno progresista de Jacobo Arbenz. Deambulando por la ciudad atacada, Guevara le escribiría a su hermana sobre cómo se sentía: "Un poco avergonzado por divertirme como un mono". El lugar donde encontraba el placer era el lugar del mártir, el lugar del sacrificio, el coqueteo con el peligro y con la muerte. Su configuración psicológica era bien clara en ese sentido. A los 18 años, el atribulado Guevara escribía este poema asmático de autoayuda que preanunciaba su neurosis guerrillera:

Las balas, qué me pueden hacer las balas si mi destino es morir ahogado. Pero voy a superar mi destino. El destino se puede alcanzar con la fuerza de voluntad.

Morir, sí, pero acribillado por las balas, destruido por las bayonetas, si no, no. Ahogado no...

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