Con el país, igual que con la madre: se lo critica, pero afuera siempre "es lo más grande que hay"
Es como con una madre: podemos criticarla y tener conflictos con ella, pero cuidado con que alguien de "afuera" nos diga algo negativo sobre la "vieja" porque, como dijo Pappo, "es lo más grande que hay". Así ocurre con la argentinidad.
La tenemos tan garantida como tenemos el aire que respiramos cada día, y por eso con esa eterna tendencia a criticarlo todo nos olvidamos de su valía, hasta que, por el hecho de estar lejos, nos damos cuenta de lo que vale ser quiénes somos y vivir donde vivimos. No hay dudas, es que todos pertenecemos a un territorio geográfico, afectivo y espiritual sobre el cual hacemos nuestra historia. Ese territorio, como ocurre con esas novias que se valoran cuando se pierden, necesita a veces la perspectiva de la distancia para ser bien visto, sobre todo porque es parte de la cultura nacional anhelar lo que no se tiene por sobre lo que tenemos junto a nosotros de manera incondicional.
A eso se suma que en la ciudad de Buenos Aires jugamos a ser "cosmopolitas", es decir, dados a tener un estilo asimilable a ciudades de otras zonas del mundo. Eso hace que, al salir de las propias fronteras, los porteños tengan a veces la sensación de que no sobran símbolos que vayan más allá del dulce de leche, el fútbol, el tango (que pocos bailan o escuchan) y poco más, lo que hace que la tendencia sea a aferrarse a dichos íconos, con fuerza a veces exagerada, para marcar la propia identidad frente a la de los otros. Volviendo a lo de la madre, digamos que es posible que al dejar de comer su exquisito guiso (que nunca se agradecía) o al sentir la ausencia de su protección (la que antes no se percibía ni valoraba) exista un poco de culpa por haberla maltratado con tanta crítica. Y quizá sea esa otra causa por la que muchos exhiban la argentinidad en el exterior de una manera tan enfática, como no se haría dentro de las fronteras del país. A eso agreguemos algo que duele a veces reconocer: elogiar no está bien visto entre los argentinos, porque suponemos que se es más "real" cuando se critica que cuando se dice algo bueno de algo o de alguien. Esa costumbre hiere la capacidad de disfrutar y decir que se disfruta lo propio, siendo más "valiente" decir lo malo que lo bueno, un error que a veces pagamos caro, pero que al salir del país dejamos de lado, con torpeza en ocasiones, pero con la energía de quien se libera de un "cepo" al afecto por la propia tierra. En todo caso es bueno volver y traer en la valija esa toma de conciencia sobre la valía de lo propio, como para poder compensar así los sinsabores nacionales. Dichos sinsabores no son lo único que nos define, y de eso se toma conciencia, con alegría, cuando se visitan otras tierras. Con esa valoración que merece la tierra que nos da de comer y sobre la cual vivimos nuestras historias y amores, podremos entender aquel dicho que enunciaba que todo viaje es bueno, únicamente, si tenemos un lugar amado al cual regresar.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta
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