
De Niro, el gran Bobby
El actor norteamericano deja a un lado su reticencia a los medios y habla de sus más recordados papeles; una charla poco frecuente en donde deja ver por qué, a los 67, sigue siendo el más grande
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Si algo se puede decir sobre Robert De Niro es que no hace nada a medias. Para encarnar a Vito Corleone joven, aprendió dialecto siciliano. Pasó por un limado de dientes para perfeccionar su mueca maníaca en Cabo de miedo dominó el saxo para New York, New York; exigió ropa interior de seda a medida, aunque nunca se la vio, para caminar con el frufrú de Al Capone en Los intocables. Casi no hay necesidad de mencionar los 30 kilos que aumentó de peso para Toro Salvaje. Se dice que, preparándose para su personaje en El francotirador, jugó de verdad a la ruleta rusa. En Despertares, los resultados de su tomografía de cerebro eran tan auténticos que se temió que hubiera entrado en coma por su actuación. En Corazón satánico tal vez haya tomado verdaderamente el té con el diablo.
En su nuevo film, El buen pastor, en cameo pequeño pero asombroso, De Niro interpreta a un amputado de ambas piernas. Cuando uno se encuentra en persona con él, es un gran alivio verlo de pie... sobre sus piernas. Aunque los críticos podrían decir que eso sirve para demostrar que el viejo gruñón ya no se toma su arte tan en serio como antes.
Su supuesta capacidad de “convertirse” en otra persona es lo que deja atónito a todo el mundo, y los que lo rodean se preguntan qué cantidad de sangre de Jake La Motta (Toro Salvaje), Travis Bickle (Taxi driver) o Max Cady (Cabo de miedo) estará circulando por sus arterias actorales. Tal vez no haya nada de eso y sólo quede esa permanente apariencia de estar absolutamente harto: esa expresión torpe, esa boca enfurruñada, ese terrible lunar y, de verdad, los ojos más negros que uno haya visto.
El malestar de De Niro ha aparecido siempre en su trato con los medios. Si, como se sabe, sólo dijo apenas unas ocho palabras en inglés en la segunda parte de El padrino, la conferencia de prensa ulterior sólo agregó unas pocas más. Cuando no tiene ningún rol tras el cual ocultarse, el actor es famoso por quedarse mirando la alfombra, soltando dolorosas respuestas monosilábicas mientras los que lo miran esbozan una sonrisa idiota. En una de sus pocas entrevistas significativas de la última década (en American Squire), se mostró tan poco comunicativo que el periodista se marchó en puntas de pie, antes de que acabara la nota, dejando a un moroso De Niro a solas con sus pensamientos.
Pero esta vez hay señales de que tal vez se está aflojando un poco. A los 63 años, y con una batalla ganada contra el cáncer de próstata, se dice que De Niro se está deslizando en la chochera como si fuera un baño caliente. En 2004, incluso renovó sus votos matrimoniales con su segunda esposa, Grace Hightower, dejando de lado una vida amorosa bastante turbulenta.
“Prefiere que lo llamen Bobby, o Bob”, dice una mujer de relaciones públicas que me acompaña a la entrevista. No me queda claro si esto es una sugerencia de informalidad o una orden. De todas maneras, uno simplemente entra, ofrece un apretón de manos y, muy pronto, el más grande actor de su generación ofrece asiento en un sofá. Vestido con traje, el pelo gris desordenado, parece gozar de buena salud, aunque un poco desinflado, literalmente, porque arrellanado incómodamente en un sillón, con los hombros agobiados, se lo ve como si le hiciera falta un poco de energía. Es fácil olvidar que han pasado 27 años desde el atlético peso mediano de Jake La Motta, y 16 del enjuto Cady.
Pregunto en primer lugar si no es agotador enfrentarse con toda esa gente que lo mira con reverencia, con esas expresiones tontas y boquiabiertas.
–No lo sé, especialmente... eh... no lo sé –dice, y sus ojos se agitan.
Mira hacia arriba. Mira hacia abajo. Su voz es áspera, puro Nueva York.
–Sí... supongo que sí.
–Como se ve, las entrevistas no son lo que prefiere...
–Bueno, a veces está bien. Pero a veces pienso que es mejor que el film se explique por sí mismo.
El último film de De Niro es El buen pastor, uno que no puede esquivar (“No, no puedo”, coincide) porque allí él no sólo actúa, sino que también dirige. Un denso film épico sobre la creación de la CIA, protagonizado por Matt Damon como Edward Wilson, una versión ficcional del jefe de la CIA James Angleton; un burócrata estilo Clark Kent que transformó a un grupo de diletantes anterior a la Segunda Guerra en un equipo de duros combatientes de la Guerra Fría que dieron forma a la política exterior estadounidense. Significativamente, es la primera oportunidad en que De Niro ha vuelto a estar detrás de las cámaras desde su debut como director con Una luz en el infierno (1993), un film que parecía prometer una fructífera carrera alternativa.
–Bueno, estuve trabajando en esto durante siete, ocho años, y también actuaba en películas –ronronea–.
Según explica, la gran pulseada entre el Soviet y EE.UU. fue la época en la que creció.
–¿Por qué eligió ese asunto para filmar?
–Me interesaba el tema de la información de inteligencia. Pensé que sería grandioso hacer algo sobre ese tema.
El resultado, un film épico de 100 millones de dólares, con Angelina Jolie a bordo y populares actores de carácter (Michael Gambon, William Hurt, Alec Baldwin, el viejo Joe Pesci y hasta John Sessions), marca un retorno a los proyectos de clase peso pesado con los que suele asociarse a De Niro, pero en los que no ha trabajado desde hace ya varios años.
–Es raro que nadie se haya interesado en este proyecto durante tanto tiempo.
–No sabía si el film se haría alguna vez. Tuve que armarlo yo mismo, poner mi dinero en él.
El guión, de Eric Roth (Munich, El informante), ha sido conocido durante una década como uno de “los guiones no producidos por Hollywood”. Pero justo ocurrió lo del 11 de septiembre y la CIA, los amados tipos malos de Oliver Stone, sombríos arquitectos del nuevo orden mundial, se convirtieron en los nuevos boy scouts, en los heroicos garantes de la libertad. De todos modos, un viejo rojillo como De Niro defiende las tácticas menos limpias de la agencia, que en el film aparecen en toda su gloria.
–Así ocurrieron las cosas, así son –bromea–. Me calificaría como un patriota.
Pero no se puede acusar a De Niro de pasarse por alto los detalles: investigó en Afganistán y en Paquistán, hablando con agentes, estuvo con ex adversarios que se encontraban en Europa del este.
–Con sus códigos de honor, sus secretos y sus soplones, la CIA aparece, curiosamente, como una mafia (“Nunca delates a un amigo; mantén siempre la boca cerrada”, dice el Jimmy de De Niro en Buenos muchachos).
–Hay muchas semejanzas –coincide De Niro. El director de El padrino, Francis Ford Coppola, es el productor ejecutivo.
Como ocurre siempre con De Niro, no se puede prescindir de la cosa ítalo-estadounidense, algo que ha sido despiadadamente explotado a lo largo de los años, y que él parodió, maliciosamente en Analízame.
Pero eso también es parte de la mitología. Aunque sin dudas estuvo muy próximo a su abuelo paterno, que procedía de Ferrazzano, De Niro desciende en gran parte de irlandeses, lo suficiente para impedirle convertirse en un “tipo hecho”, como Jimmy Conway. Hijo de los artistas Robert De Niro padre y Virginia Admiral, Junior creció en los bohemios confines de Greenwich Village. Fuera de una breve incursión en la vida de las pandillas callejeras, donde el joven delgado y pálido era conocido como Bobby Milk, sus intenciones fueron siempre artísticas.
–Quería actuar. Veía a la gente en las películas y esas cosas. Cuando me metí en eso más seriamente, la cosa cambió. Quise hacer algo con eso que me pasaba. Y entonces todo se puso más complejo y más interesante.
Estudió a Stanislavsky y su método con Stella Adler, trabajó un poco en teatro y en películas de bajo presupuesto, y tuvo sus primeras buenas críticas a los 30 años, cuando encarnó al moribundo jugador de béisbol de Bang the Drum Slowly (1973). Mientras tanto, su viejo compinche Martin Scorsese había empezado a desarrollarse como director. Cuando le dio a De Niro el papel del díscolo Johnny en Calles peligrosas, estrenada ese mismo año, fue el principio de una unión –Taxi Driver; New York, New York; Toro Salvaje; El rey de la comedia; Buenos muchachos; Cabo de miedo; Casino– que consagraría a De Niro como icono de la pantalla.
La dupla podría haber añadido Pandillas de Nueva York, El aviador y la reciente Los infiltrados si sus agendas hubieran coincidido. Aún cultivan una profunda amistad. De Niro le mostró a Scorsese escenas crudas de su film para que le diera su opinión. Incluso intercambiaron actores: De Niro le cedió a DiCaprio (que había sido su primera elección para El buen pastor), y Scorsese le devolvió la gentileza dejando libre a Matt Damon (a quien De Niro se refiere, cómicamente, como Matt Dillon) en Los infiltrados. Los films no competirán cabeza a cabeza en las apuestas de los Oscar.
–Pero espero que Marty se lleve el Oscar, sólo porque lo merece por otros films. Ya veremos.
De Niro ya tiene dos estatuillas, por la segunda parte de El padrino y por Toro Salvaje, que son testimonio de una década –1970– de notables trabajos. Aunque siguió haciendo algunos films excepcionales durante los años 80, su producción en los noventa fue un poco despareja.
“Era absolutamente encantador y profundamente gracioso. Pero recuerdo que un día, cuando le pregunté algo sobre La misión, se puso tan incómodo que me hizo desear no haberle preguntado nada”, comenta Sessions a propósito de que a De Niro no le gusta hablar de sus viejos films.
–¿Pero alguna vez por lo menos le echa un vistazo a alguno de sus viejos films, Bob?
–De tanto en tanto, sí. Si lo pesco en televisión, directamente, lo miro.
–¿Es autocrítico?
–Bueno, ¿cómo podría no serlo? En parte, por mi profundo compromiso con la actuación. Recuerdo todo lo que hice.
Sin embargo, admite que ciertas secuencias recientemente desenterradas de Taxi driver –“algunos ensayos que Marty y yo hicimos en video antes de filmar, y que él incorporó al guión”– se le habían escapado incluso a él.
–Acaba de cumplirse el aniversario número 30 del estreno de ese film.
–¿De veras? Sí, creo que es así –cavila–. Esa es la película que me persigue más.
Hubo rumores de una segunda parte de Taxi driver, retrocediendo en la vida de Travis
Bickle a una década atrás. “Hablamos de eso –ha dicho el escritor Paul Schrader– y Marty y yo nunca pudimos ponernos de acuerdo en lo que Travis estaría haciendo diez años más tarde.”
–Parece obvio preguntarle sobre sus favoritos. Tal vez haya alguna gema oculta que atesora...
–Bueno, empecé diciendo que mi film favorito es el que más le gusta a la gente... si a la gente le gusta Toro Salvaje o Taxi driver o Buenos muchachos, en fin. Me gustó El rey de la comedia. Verdaderamente disfruté haciéndolo.
–Scorsese siempre sostuvo que Rupert Pumpkin es la mejor actuación de De Niro.
–¿De veras?
Sin duda, el film parece adelantado a su época, pues predice la obsesión cultural con la celebridad (repetida de manera menos edificante en la película de De Niro sobre el fanático deportivo, El fanático).
El film al que todo el mundo vuelve, por supuesto, es Toro Salvaje, el amado de la crítica, aquel cuya “grandeza” tiende a confundirse con su belleza cinematográfica y con la actuación innegablemente arrolladora de De Niro. Fue clave su transformación física –de atleta a bola de grasa–, que se consiguió deteniendo la producción para que él se embarcara en un “Tour de France gastronómico”. Hasta que fue superado por Vincent D’Onofrio en Nacido para matar (y posiblemente, sin advertirlo, por Marlon Brando en varios films), su aumento de 30 kilos de peso fue como un punto de referencia ineludible que convenció a una generación de actores y de jueces de premios cinematográficos de que la desfiguración es el sacrificio actoral más noble y digno.
–Leí que el primer rol de De Niro fue el del león cobarde de El mago de Oz para una producción escolar.
–Es cierto, yo tenía 10 años.
–¿Y a ese rol también le confirió la misma mitológica intensidad?
Suelta una risita (honesta). –Dios sabe, yo no. Mi madre no me supo decir.
–¿Pero en verdad era necesaria toda esa concentración extrema en cada personaje? Si volviera a interpretar esos roles, ¿lo haría de manera tan extrema?
–Creo que, a medida que uno envejece, reduce la energía que invierte en ciertas cosas. Se concentra más bien en las cosas esenciales del trabajo que se le presenta.
De tanto en tanto hay un resquicio de luz, como si la impenetrable personalidad que De Niro ha perfeccionado a lo largo de los años fuera otro personaje destinado a preservar la inviolabilidad de su yo privado... el camarada leal, el bon vivant, el padre juguetón y un poco tímido.
“Le encantan las bromas –dice Sessions–. John Turturro [que encarna a un agente en el film] es muy divertido, y un día en que se burlaba actuando paródicamente una escena muy pesada, yo pensé que De Niro se moriría de furia... En cambio, se rió a más no poder.”
Tal vez eso explique su reciente saga de comedias. Simple prerrogativa de un hombre que ha alcanzado cierta edad y que quiere expresar todo eso.
–Sí, y me divertí haciéndolas... ya sabe. Es grato tener las dos cosas, tenerlo todo. No siempre es posible.
Perversamente, aunque esas comedias no le han reportado grandes aplausos críticos, el principio de la década de 2000 se ha convertido en el período comercialmente más exitoso de la carrera de De Niro.
New York, New York
De Niro no tiene que hacer nada en absoluto, porque ahora es un hombre rico. Dio nueva vida a todo un vecindario de Nueva York, Tribeca, con las oficinas de su productora y el patrocinio de un festival que ya ha cobrado enormes dimensiones (como vivía a poca distancia de las Torres Gemelas, ese día abrió su restaurante como refugio). Además, es socio de varios restaurantes, incluido Nobu, y también ha sido patrocinador del musical We will rock you.
–El asunto de los restaurantes se ha vuelto muy exitoso, y sólo me dediqué a eso porque me gusta la buena comida. La cosa creció; ocurrió así, simplemente.
–Recientemente usted estaba en negociaciones para comprar un periódico, The New York Observer... Algo bastante irónico, dada su antipatía hacia los medios.
–Bien, por eso mismo. Me dije: cambiemos las cosas. Yo jugaré limpio, ya sabe, tal como debería ser todo.
De Niro tiene varios films en espera, incluyendo The Winter of Frankie Machine (sobre un asesino a sueldo retirado) y What Just Happened? (sobre un productor de Tinseltown).
–Mencione a los actores más jóvenes que admira.
–DiCaprio y Damon, obviamente. Y mi alma gemela, Sean Penn.
–¿Qué le queda por hacer?
–Me gustaría mucho hacer todavía algo que marque un hito, todos esos proyectos incumplidos.
Pero, sobre todo, tiene un deseo: hacer dos películas más con Scorsese.
–Creo que si logramos hacer otras dos, redondear un 10, yo sería feliz. Hemos empezado algunas cosas, pero con los años uno se enajena. Esperamos con ansiedad que aparezca algo.
Hay un matiz de tristeza en la manera en que lo dice, como reconociendo que, aun con bienestar, fortuna y todo eso, el reloj no se detiene en su cuenta regresiva, y que su carrera está entrando oficialmente en su ocaso.
–Pero no piensa lloriquear por eso.
–Caramba. Ni se le ocurra.
(Traducción: Mirta Rosenberg)
Identikit de un grande
- Se llama Robert Mario De Niro Jr
- Lo llaman Bobby; Bob
- Nació el 17 de agosto de 1943, en Nueva York
- Estudió actuación en el conservatorio Stella Adler
- Debutó en cine a los 20 años, en un film de Brian de Palma
- Entre sus películas memorables se cuentan Taxi driver, El padrino II, Los intocables, Buenos muchachos, Cabo de miedo, Toro Salvaje
- Tiene 5 hijos
- Políticamente, apoya al Partido Demócrata. Es amigo personal de la familia Clinton.
- Ganó dos Oscar (por Toro Salvaje y por El padrino II) y un Globo de Oro (Toro Salvaje)






