A los 15 lo conoció y se casaron, pero un deseo que no se concretaba y un nuevo amor cambiaron todo: “Estaba cansada para volver a intentarlo”
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Tenía tan solo 15 años cuando lo conoció. Fue en una reunión familiar. Algo en él la había cautivado. ¿Había sido quizás su simpatía o la forma en que le había dicho de una forma sutil lo linda que se veía ese día? Lo cierto es que Cupido lanzó su flecha ese día y al poco tiempo Karina formalizó un noviazgo con aquel chico cuatro años mayor que ella que la había conquistado desde el minuto cero.
Se casaron. Y pronto sobrevinieron las ganas de formar una familia. Pero no todo funcionó como ella esperaba o había imaginado. “Después de varios intentos por concebir un hijo, me rendí. Poco a poco fue muriendo ese amor que tenía por mi pareja. Él siempre me dejaba sola por salir con sus amigos. Fue entonces que, con 22 años, decidí separarme. Su falta de interés en la relación me había desilusionado por completo”.
“Ya estaba cansada para volver a intentarlo”
Armó las valijas y sin demasiadas explicaciones le comunicó a él que todo había terminado. Sorprendido, intentó que ella cambiara de opinión. Pero ella ya estaba muy cansada para intentarlo de nuevo. Viajó a la provincia de Santa Cruz para instalarse por un tiempo en la casa de su hermana. Habían acordado que así sería hasta que Karina pudiera conseguir trabajo y establecerse en ese nuevo lugar.

Mientras se encontraba en plena búsqueda laboral, Karina conoció a un muchacho. “Hermoso, cariñoso, con unos ojos bellos que cuando me miraban hacían latir mi corazón tan fuerte que sentía que se me salía del pecho. Comenzamos a hablar hasta que un día me invitó a salir. Acepté. Desde ese momento ambos supimos que si el destino así lo disponía, nos haríamos viejitos juntos. Jamás había sentido algo así por nadie y lo más hermoso era que ese inmenso amor era correspondido. Éramos muy felices”.
Sin embargo, el destino tenía otros planes para Karina. Habían pasado tres meses de su llegada a Santa Cruz. Pensaba que era estrés o el cambio de vida. Se enfermó, no se sentía bien, estaba descompuesta y sin fuerzas. Decidió entonces hacer una consulta con el médico, que le indicó una serie de estudios para intentar averiguar qué pasaba con la salud de su joven paciente.

¿Estudios de rutina o test de embarazo?
“Mi hermana, por otro lado, me recomendaba hacerme un test de embarazo. Decía que mis síntomas eran parecidos a los que ella había tenido cuando quedó embarazada. Le hice caso y compré un test. Dio positivo, fue el momento más feliz de mi vida. Iba a ser mamá. Pero esa felicidad fue corta porque significaba que no podría seguir con el hombre al que amaba. Estaba embarazada de mi expareja”.
La invadió una tristeza profunda. No sabía qué hacer. Habló con su novio, le explicó la situación y él no dudó ni un instante. Estaba dispuesto a mantenerse a su lado, acompañarla y ser un padre para un hijo que no era de su sangre. “Pero yo sentía que algo estaba mal. Me sentía injusta con mi bebé y su papá. Entonces decidí guardar mi amor y mi felicidad en lo más profundo de mi corazón y dejar una relación hermosa atrás para que mi hija pudiera conocer y crecer al lado de su padre. Fue una decisión muy difícil, pero correcta a mi entender”.
La despedida del amor de su vida fue más dura de lo que alguna vez había imaginado. “Jamás lo olvidaré, aún lo recuerdo con lágrimas en los ojos como si fuera ayer. Fue uno de los días más tristes de mi vida. Sellamos esa despedida con un fuerte abrazo y un te amo para siempre. Y ese día, un pedazo de mi vida y también mi corazón, se quedaron junto a él”.
“Lo dejé ir con todo el dolor del mundo”
Regresó a su provincia, a seguir su vida al lado del padre de su hija. Él estaba contento con la noticia. Pero todavía quedaban sombras del pasado que volvían gris la relación. Pasaron dos años de aquel momento. Hasta que Karina recibió una llamada de un numero desconocido: era él, el amor de su vida.

“Mi corazón quería estallar de tanta felicidad, Él vino a buscarme, pude verlo, admirar su rostro, tocar sus manos, mirarlo a los ojos. Pero el amor que siento por mi hija es mucho más grande y pensé en ella, en su felicidad y decidí seguir con lo que había elegido el día que supe de su existencia. Con todo el dolor de mi alma lo dejé ir, sabiendo que quizás era mi última oportunidad de ser feliz a su lado”. Mientras él se marchaba, Karina volvió a sentir el mismo vacío y la tristeza que había sentido el día de su primera despedida. Y con su hija en brazos se marchó. Esa fue la última vez que lo vio.

“Creo que a pesar de no haber podido vivir mi amor, fue la mejor decisión que pude tomar por mi hija. Su padre es un excelente papá pero no un buen esposo. No todo fue malo, por mi hija estudié, me recibí. Hoy soy profesora y pude ofrecerle una vida digna a ella, es lo único genuino y verdadero que tengo”.
La hija de Karina ya tiene 12 años. Ella finalmente se separó de su papá. Lo primero que hice fue buscar a aquel amor que jamás había podido olvidar. Lo encontró, pero con una familia constituida. “A pesar de sentir que él me quiere, decidí no comunicarme y respetarlo en la vida que pudo armar. Así como yo decidí en un momento dejarlo ir y optar por la felicidad de mi hija, creo que él haría lo mismo por su familia. Hoy forma parte de los más bellos recuerdos que guardo en mi corazón. Doy gracias a Dios por haberme permitido conocer el amor y sentir que mi paso por esta vida no fue en vano. Tengo 35 años y aún amo a ese hombre que me robo el corazón a mis 22. No sé si volveré a amar con la misma intensidad. Inconscientemente creo que todavía lo espero”.
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