
El abominable maridaje
Disquisiciones sobre el origen y la autoría del término maridar –según el autor, de dudoso gusto–, que se utiliza para designar el ensamble comida-vino
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El verbo maridar, me dicen, fue acuñado en España para designar las razonables armonías que deben existir puntualmente entre un plato de comida y el vino que elegimos para acompañarlo. Palabra mishu mishu maridar. ¿No les parece fea, tirando a horrens? Sobre quiénes la adaptaron (fue en Valladolid, hace menos de cuatro años, a las 6.25 de la tarde) a la faena de los vinos y los morfis hay conjeturas, presuposiciones malvaditas. Pero no cabe duda alguna sobre su mal gusto: maridar, dese cuenta. Un término, ante todo, machista subrepticio, por incluir sólo al marido y excluir a la mujer.
Y luego, por favor, haga la prueba de conjugarlo como verbo: tú maridas, él marida, yo marido. ¿Con qué maridarás tu guiso de porotos? El maridó la bagna cauda con tannat. Tinto el cual, entre otras cosas, no marida bien un pito con ese plato. Este del maridar lo pienso un verbo realmente inconjugable.
Pero dirijamos la atención hacia la frase: no combina bien un pito con ese plato; o digamos al revés: armoniza de manera excelsa con sus sazones y sabores. Es ése y no otro el secreto del asunto. En el armar inobjetable la dupla vino-morfi está la clave del disfrute bien a fondo de los tintos. Es, pues, el único conocimiento que debe manejar bien de taquito ese señor/señora que, sin embargo, todo el tiempo me intercepta entre dos góndolas del s-market y, con rostro iluminado por los resplandores de la fashion, me plantea el simple anhelo directamente a quemarropa: "Brascó, quiero saber de vinos".
Anhelo fútil, baladí. Pero, bueno: frente a las mil quichicientas propuestas tintas, blancas, rosadas, varietales, semivarietales, criptovarietales y blends de blends de blends, etcétera, que componen la oferta actual del vino argentino, este señor/señora está como perdido en esa desazón anósmica que Góngora llamaba la selva oscura tétrica del alma. Dado lo cual, quiere saber, saber, saber. No sé si quedó claro: lo que procura de algún modo es enterarse. Mi respuesta es disuasoria, tipo no.
Cuanto menos uno transe (en el sentido de las relaciones íntimas) con los polifenoles y los antocianos, la acidez volátil, los inner staves, los blends de cosechas, blends de varietales, blends de terruños o blends de lo que sea, la gradiante térmica, los vergonzantes chips y los gramos razonables del azúcar residual, tanto mejor, argentinos de mi alma.
Tomen vinos como siempre en la mesa mientras comen; y, sin mayor piripipí, vayan armando poco a poco, día tras día, noche tras noche, mes tras mes, restaurante tras restaurante, sus propias duplas morfi-vino personales y absolutas. Siendo fieles a sus propios gustos, a la vuelta de una nada, ¿quién se anima a discutirles preferencias?
Y recuerden sobre todo que no hay vinos, sino botellas; no hay botellas, sino copas; no hay copas, sino momentos; y no hay momentos, sino con quién.
Por Miguel Brascó
Regla única: ni el vino ha de imponerse sobre el plato ni el plato ser de más enérgico sabor que el vino
Matices: para las pastas, ¿vinos light? No, eso de-pende de las salsas. Para las carnes rojas, ¿tinto heavy? No, eso depende de las cocciones y las sazones
Dulce natural: un vino dulce natural tipo sauternes compite mal servido con el postre. Excepción a esa pauta: el chocolate
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