El caos creativo de Nicolás Sorín

Fue fan de Metallica y cabeza de notables proyectos que cruzan todos los géneros, incluida una trascendental participación en el Colón durante el G20. El músico habla de emociones y de inspiración, esa que fue a buscar en sus dos viajes a la Antártida, el primero traumático y el segundo redentorio
Fue fan de Metallica y cabeza de notables proyectos que cruzan todos los géneros, incluida una trascendental participación en el Colón durante el G20. El músico habla de emociones y de inspiración, esa que fue a buscar en sus dos viajes a la Antártida, el primero traumático y el segundo redentorio Crédito: Diego Spivacow
Leonardo Ferri
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11 de agosto de 2019  

Hay algo que a Nicolás Sorín no lo deja en paz. Sentado en su estudio -en Buenos Aires, en Beccar, en la planta alta de una casa que es todo lo que se puede imaginar de una casa y no de un departamento de Capital-, repasa cada uno de los planes en los que está trabajando y que, de varias maneras, no le permiten descansar. LAIF -su proyecto anual de rock en etapas temáticas-, un recorrido por la música que hizo para películas, un trabajo de música electrónica y la Sinfonía Antártica, esa obra que lo sacó de su sillón, de su estudio, de su casa de Beccar, en Buenos Aires, y que ya lo llevó dos veces (hasta ahora) al continente blanco en busca de una inspiración que siempre llegó, pero nunca sin complicaciones. Porque Sorín -que se analizó pero ya no, aunque cree que debería volver- parece necesitar esa dosis de incomodidad, el ahogo de la presión, el plus del sufrimiento.

Antes de subir a su estudio junto con LA NACION revista, Sorín pedirá perdón por un desorden que no es tal: un minipiano sobre la alfombra y algunas hojas pentagramadas por el piso parecen ser todo lo que está fuera de lugar. El resto -un sillón, libros en sus bibliotecas, CD en sus estantes, una mesa de trabajo grande con una consola, un rack, un monitor con más pentagramas y un cenicero lleno de restos de cigarrillos armados- no desentona con lo que se espera del espacio de trabajo de un músico sobreocupado. El café y el Candy Crush van y vienen conforme pasan las horas y los momentos de productividad, que solo retoman cierto equilibrio cuando baja para hacer alguna compra y cocinar. Y, en ese momento, cuando cocina, es cuando en realidad el descanso llega.

-¿Cómo se generan las emociones? La inspiración puede ser muy anárquica y nunca llegar, o al menos no cuando la vas a buscar.

-Es que no se busca. O me voy a la Antártida a buscarla, que es el único lugar en el que sé que puede llegar. Pero en esta segunda vez yo quería llorar y no podía, hasta que al final, en el barco, pum. Ahí lloré.

* * *

Sorín viajó dos veces a la Antártida, en 2013 y en 2019. Durante la primera visita iba todo bien hasta que empezó a ir todo mal. "Había caminado por 20 minutos con 30 grados bajo cero, y levanté una caja de víveres. Escuché una especie de 'crack', pero seguí. A la madrugada sentí un dolor que me quemaba, un dolor eléctrico", dice. Ya de vuelta, el médico fue directo: el brazo se estaba muriendo y no veía cómo podía arreglarse. Pero la cuestión, primero, era volver. "El alojamiento en la Antártida era en una base militar, y el tema es que el dolor no me dejaba dormir. Y después de una semana sin dormir ya empezás a flashear cualquier cosa. Y fueron 24 días. Y el Hércules no podía aterrizar por el clima. Me inyectaban lo que había para calmar el dolor, pero no servía. No me podía acostar sin que me quemara. Y, obviamente, la gente pensaba cualquier cosa: es músico, tiene abstinencia de drogas o algún problema psicológico. Terminé alienado, fue una pesadilla". El brazo, después de mucho tiempo y de mucho hacer, se curó.

Crédito: Diego Spivacow

-En ese momento no estabas en pareja ni tenías un hijo. Habiendo vivido esa experiencia, en 2019 decidiste volver.

-Eso es lo loco, ¿no? Me di cuenta cuando estaba en el barco, no lo pensé demasiado. Lo que me pasó fue por mala suerte. Mis amigos me decían: "¿Por qué vas de vuelta? ¿Para qué?". Y yo no lo pensaba. Tenía la necesidad de volver.

-¿Y por qué la Antártida y no un bosque o una isla o cualquier otro lugar?

-Fue accidental. Durante ese primer mes lindo salía a caminar, miraba los pingüinos, escuchaba Philip Glass, lloraba. Me conectaba mucho con la tierra y conmigo mismo. Creo que la soledad y la virginidad de ese lugar, de la poca contaminación que tiene, te pone en un plano espiritual. No soy una persona espiritual, pero ese lugar me moviliza mucho. Lloraba. Y después está la aventura de subir al Hércules y de viajar en helicóptero y de sentirte el G.I. Joe de la música, pero hay algo muy fuerte de la soledad, del mundo y del amor que me cuesta mucho descifrar con palabras, y que por eso trato de decir con música.

El segundo viaje fue distinto. "Ya sabía lo que iba a buscar, pero me di cuenta de que era otro lugar, otra la gente y era otro yo", dice. "Y yo tenía la cabeza llena de ideas, y no había encontrado el leitmotiv esta vez, así que borré todo y empecé de vuelta. Y me quedaban dos días ahí. El tema era la soledad. Quería escribir algo para que mi abuelito lo escuchara y se pusiera a llorar, que apele a la emoción.".

-Fuiste, quizás, a diferencia del primer viaje, con un propósito muy definido.

-Claro. Yo llevaba hojas pentagramadas, un tecladito y una computadora. Y el celu, donde cantaba algunas ideas. Pensaba que la tenía reclara, y no. Había mucha idea preconcebida, mucha mente, y yo quería que fuera distinto. La experiencia no se repite. Y al final terminé con algo muy Rajmáninov [Serguéi, compositor ruso], apelando a la emoción, bordeando lo cheesy, muy de música de películas de los 60. Mi abuelito hubiese llorado.

-No poder llorar también es una emoción.

-La inspiración te tiene que agarrar desprevenido y yo estaba muy preparado, tenía mucho preconcepto. La inspiración llega y la anotás o la grabás, hay que estar abierto para darse cuenta. Todo el laburo posterior es muy técnico, hasta tedioso. Creo que haber borrado todo lo que había hecho y haber empezado de nuevo fue parte del proceso, fue necesario. Me sirvió que fuese así. Ahora me doy cuenta. A veces lo que importa es el proceso.

* * *

Cuando tenía 15 años, Nicolás viajó a los Estados Unidos con su familia. Su padre, el director de cine Carlos Sorín, su mamá ("la que sostiene y ordena a toda esta familia de artistas") y sus tres hermanos fueron a Disney, pero Nicolás prefirió quedarse en el hotel. Con una guía en una mano y un teléfono en la otra empezó a llamar a todos los Ulrich, Hammett y Hetfield que encontraba: esperaba, claro, que alguno de ellos fuera integrante de Metallica, sus ídolos, su banda preferida. Pero ese Nicolás no era heavy, sino punk: Green Day, Lagwagon, Bad Religion y NOFX constituían la banda de sonido de su espíritu adolescente. Una vez que terminó el colegio se fue a estudiar a Berklee, la escuela privada de música más grande del mundo. En Boston pasó cinco años, se recibió en tres carreras y, como el mundo es un pañuelo, conoció a quienes más tarde terminarían siendo sus colegas. Ganó una beca en el Mancini Institute. Escribió para big bands, fue productor de Miguel Bosé, integró los grupos de jazz Fernández 4 y Sorín Octeto, la inclasificable y genial banda Octafonic, compuso la música de una decena de películas, trabajó con Shakira, Alejandro Sanz y compartió aventuras con Eruca Sativa, la banda de Lula Bertoldi, su pareja y mamá de Julián, su hijo de 4 años. Todo como paso previo a Argentum, la orquesta que dirigió en el Teatro Colón durante la gala del G20, en noviembre pasado.

-¿Te sirvió de alguna manera lo del G20?

-Me sirvió en lo inmediato. Sin el G20 quizás hubiese sido más difícil volver a la Antártida. Y después en el currículum, claro. Dirigir música mía en el Colón era un sueño de pibe. No es en absoluto exagerado hablar de la importancia del Colón. Lo que también sucedió es que empecé a verme en algunos memes que muestran a un gobierno de música clásica y a otro con murgas, en una cuestión de mostrar una cosa como elite y otra como el pueblo. Y no es así.

-La música siempre tuvo sus rivalidades, pero parece que ahora van más allá del estilo que se toque, ¿no?

-Mi ideología política es la decepción. No estoy ni con uno ni con otro. Trato de mantenerme alejado, de no contaminar mi música con política de políticos. No me gusta el fanatismo. Creo que desde que dejé de ser fanático de Metallica, porque me decepcionó, no volví a ser fan.

-¿Por qué te decepcionó Metallica?

-¡Porque era un fanático! ¡Porque cuando sos un fanático, sos un boludo en muchos aspectos! ...And Justice for All es un discazo, el álbum negro es un discazo y después sacaron Load, Reload y Garage Inc., discos en los que cambiaron el sonido. Ahora son cosas que me parecen muy valorables, pero en ese momento, no. El fanatismo es eso, no perdonarle a alguien que haya cambiado.

Crédito: Diego Spivacow

-¿Y vos cómo manejás el cambio entre la música clásica, el heavy, el punk? ¿Hay algún lugar en el que te sientas más cómodo que en otro?

-Es que no quiero sentirme cómodo. Detesto la fórmula. Si algo me sale bien y yo no sé bien por qué, fenómeno; pero si entiendo por qué, inmediatamente voy para otro lado, me bloqueo y no quiero saber. Es como una especie de autoboicot, porque uno va mejorando y uno va encontrando maneras de hacer en el camino, pero lo importante para mí es no entender las herramientas. No quiero perder la intuición. Un productor español me dijo una vez: "Nicolás, si tú piensas, la cagas", y creo que es así. Creo que si voy a un psicólogo digo todas las cosas opuestas a las que realmente quiero decir, porque mi cabeza cuando racionaliza lo hace mal. Por eso digo que si encontrara una fórmula, me confundiría demasiado.

-¿Y cómo se conjuga la formación académica con el rock, un estilo más ligado a la sangre y a ir al frente y que permite ciertas imperfecciones?

-Yo todavía estoy desintoxicándome de todo lo que aprendí. Igualmente, nunca fui un gran alumno, tuve discusiones con profesores por escribir en quintas. "Bach no escribía en quintas", me decían; "pero NOFX, sí", respondía yo. Siempre fui medio punk en la academia. No obstante, vengo de ahí también. Dejé los libros en el estante salvo uno, de orquestaciones, que lo uso para no mandarme ninguna cagada. Pero siempre hay cosas que pasan ese filtro autoimpuesto, y justamente lo lindo de todo esto es ser uno, con lo bueno y lo malo, sin intentar ser otra persona. Después estará la suerte de que a la gente le guste.

-¿Te preocupa la falta de inspiración?

-Es lo que más miedo me da. No en el sentido del bloqueo, porque vos podés estar escribiendo y sabés que en algún momento te bloqueás y esperás a que se pase, sino en el sentido de tener ganas, energía y curiosidad por hacer música y flashearla todo el tiempo. Creo que si se acaba eso, estás muerto como artista. Ese es el miedo.

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