El dilema de las otras vidas "no vividas"

Hernán Iglesias Illa
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11 de abril de 2015  

A la salida del ascensor, en una escena del episodio nuevo de Mad Men, Don Draper se encuentra con Kenny Cosgrove, que está sentado con una mirada muy rara en la cabina del teléfono semipúblico. El tuerto Kenny le cuenta a Don que acaban de despedirlo, pero que está contento y perplejo por lo que acaba de pasar.

La noche anterior su suegro se había jubilado y su mujer, aprovechando la atmósfera de cambio en el aire, le había pedido que renunciara a la agencia para dedicarse a escribir esa novela que lleva años incubando. Y Kenny, que tiene unos cuentos publicados pero también una larga carrera corporativa, le dice a Don que estuvo a punto de hacerle caso a su mujer. ¡Y ahora, medio día después, lo despiden! "Esto no puede ser una coincidencia", dice Kenny. "¡Esto es una señal!" Don lo mira confundido: ¿una señal de qué? "Las vidas no vividas", responde Kenny con un suspiro. Cuando vi esta escena, me acordé de un libro del psicoanalista y crítico literario inglés Adam Phillips llamado Missing Out: In Praise of the Unlived Life (algo así como Quedándose afuera: elogio de la vida no vivida), que me gustó mucho y cuya idea principal -no sólo vivimos las vidas que vivimos, también vivimos rodeados de las vidas que elegimos no vivir-, me pareció que se ajustaba perfectamente al espíritu del episodio, en el que varios personajes se preguntan qué pasaría si les dieran un sacudón a sus vidas. Me acordé también de una frase de Don Draper de hace dos temporadas, en una reunión con clientes a quienes, enojado por su falta de ambición, les suelta: "Pero ¿qué es la felicidad? Es el momento anterior a desear más felicidad".

Con estas dos referencias opuestas -la coincidencia entre la frase de Kenny y el libro de Phillips, y el corolario de Don-, pensé, podría armar una linda columna, y hociquear el límite entre tomar la vida como viene, como sugiere Phillips, sin la presión de tratar de "vivirla a pleno", y tomar la vida como una pista de insatisfacción de la que sólo se huye hacia adelante, como sugiere Don. ¿Cuál es el equilibrio entre la resignación y la ansiedad, entre el conformismo y la locura? ¿Hay alguno? Con estas preguntas, me senté a escribir mi columna, que me pareció razonablemente buena hasta que empecé a sentir que quien estaba escribiendo no era yo, sino una fuerza extraña detrás de mi espalda. Viéndome desde afuera tuve la sensación de que ya había escrito lo que estaba escribiendo o que, por lo menos, ya había soñado haber escrito esa columna. Cuando investigué, vi que tenía razón: una versión muy parecida de esa columna, por momentos con frases exactas, había aparecido en este mismo espacio el 9 de marzo de 2013. Qué raro, pensé: las mismas emociones e ideas que tuve el otro día, después de ver un episodio de Mad Men, ya las había tenido hace dos años, después de ver otro episodio de Mad Men.

Borré la columna nueva, porque peor que el plagio es el autoplagio, pero seguí intoxicado con el perfume enrarecido del nuevo episodio, que me pareció extraordinario y en el cual Don sueña con alguien justo antes de su muerte.

Después, sin creer todavía que el encuentro ha sido un sueño, ve una señal de ella, parecida pero ciertamente distinta, en la camarera de un diner. La mira, la agarra del brazo, pero no la descifra: ¿quién sos? Así miré a mi columna, reconociéndola mía, porque a su lado estaban mi foto y mi nombre, pero sintiéndola soñada, de un sueño de otro: ¿quién sos?

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