
El encanto de desembarcar en un paraíso vírgen
Un velero de 34 pies, un domingo de primavera y los secretos del Río de la Plata, ingredientes de una travesía hasta Uruguay
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La imposición era zarpar temprano en la mañana. Había que salir de San Fernando con la pleamar. El Delta del Paraná y el Río de la Plata tienen esas veleidades: su escasa profundidad los convierte, dos veces al día, en grandes charcos marrones. Fuera de sus canales, la amplitud de mareas, el barro y los sedimentos gruesos que arrastra el Paraná suelen infligir grandes dolores de cabeza a las embarcaciones con algo de calado. No importa si hay timoneles avezados o inexpertos detrás: ¿quién no se ha varado más de una vez en esas aguas? ¿Existe algún navegante que no haya maldecido al Río de la Plata por las averías que su lecho provoca?
Nada de eso podía ocurrirle al Samurai. No aquel fin de semana. Forjado como un guerrero rioplatense, con más de un galardón en su haber, el velero Holland de 34 pies (10,5 metros de eslora y 3,5 de manga) tenía una misión. Y debía cumplirla con el mismo temple con el que su capitán, Martín Etulain, completa sus travesías por ese "río color de león", como lo llamó Lugones en su poema "A Buenos Aires". ( Primogénita ilustre del Plata/en solar apertura hacia el Este/donde atado a tu cinta celeste/va el gran río color de león? ).
Pero nuestra misión no suponía una exploración bonaerense, sino charrúa. Riachuelo, el embarcadero contiguo a Colonia del Sacramento, era nuestro puerto de destino. Fue elegido por una razón: es de los últimos bastiones ribereños vírgenes en el Río de la Plata. Está justo frente a Buenos Aires, a unas 30 millas náuticas (55,5 km), en la costa uruguaya, pero nadie lo ve. Los navegantes argentinos, que lo conocen bien, lo describen como un destino idílico. Hablan de sus playas de arena blanca; de sus bosques de pinos y ceibos en flor. Y de inusuales piletones de agua cristalina de vertiente atrapada en canteras de piedra.
"Uno nunca debería jactarse de nada", pensaba, mientras izábamos la vela mayor, allí mismo donde culmina el Luján y nace el Río de la Plata. Una vida entera cruzando el charco y jamás había desembarcado en aquella geografía. Quería admirarla, para dejar de imaginármela. Necesitaba también colmarme de naturaleza aquel fin de semana con calores de hoguera. Tengo bien asumida mi dependencia del verde, el aire puro y los paisajes, cualesquiera que sean. Buenos Aires me provoca eso: la necesidad de dejarla de tanto en tanto, para volver a quererla y reencontrarla. Sí, soy de las que se conmueven frente a un amanecer en el campo, una noche estrellada en la ruta o una navegación acompasada por la anchura de un río color de león.
Como asiduos navegantes, con Etulain y su hermano Álvaro, socios en Samurai Sailing, supimos compartir la música de los silencios. Navegamos con vientos suaves del Norte, sol radiante y temperaturas de hoguera. La ausencia de nubes y la calma meteorológica prometían una travesía "dominguera", más dedicada al disfrute de la contemplación que al de la hazaña náutica. En las siete horas de viaje no hubo ni arriadas ni izadas bruscas de Genoa y Foque. Tampoco esos azotes iracundos de olas con los que sorprende el río más ancho del mundo. Un título vano ya que sus 219 km en su ancho máximo son imposibles de atravesar en línea recta.
Yo esperaba, en realidad, algo de acción a vela. Quería colgarme del arnés, sentir el vértigo de cada escorada y la velocidad bajo mis pies con la sola propulsión del viento. No lamenté, sin embargo, que eso no ocurriera. El placer de la navegación serena opacó mi gusto por la adrenalina.
En la zona de El Marciano, un antiguo mareógrafo destrozado tras una feroz sudestada, encontramos la primera marca para cruzar al Uruguay. Una trabuchada de ballet y hacia allí enfilamos. A medida que avanzábamos amurados a babor, una ristra de boyas negras nos mostraban el cementerio de buques que es el lecho del Plata: la temida chata Norma Isabel, hundida en 1952 en sólo 2, 80 metros de agua; los veleros Don Alejandro y el Roy, y otros tantos sin nombre en el GPS. Desde goletas de los tiempos de la colonia hasta vapores de la Revolución Industrial, pesqueros, buques, chatas, barcazas y veleros siglo XXI, cuyos mástiles sobresalen durante las bajamares, hay riesgos y peligros en todos los modelos y tamaños. Para nuestros ex legisladores, en realidad, son tesoros. "Valioso patrimonio argentino", dijeron alguna vez, soslayando a los hundidos extranjeros, cuando una oferta japonesa propuso removerlos y, a cambio, quedarse con las toneladas de hierro herrumbrado. Cierta lucidez antepuso el resguardo de "la soberanía nacional" ante la del soberano.
De esas cosas debatíamos con los Etulain. De eso, y de los cañonazos ingleses del Exeter y el Ajax al acorazado alemán Graf Spee en las costas rioplatenses y de cómo antes el honor de un capitán suponía su propia muerte ante el hundimiento de su buque. "Igual que el capitano del Costa Concordia mientras su crucero se inclinaba en el Mediterráneo", ironicé.
A proa ya aparecían delineados los contornos de las islas de Farallón, San Gabriel y López y hasta el faro y el puerto deportivo de Colonia cuando descubrimos que no viajábamos solos. El Istria y, un poco más atrás, el Cygnus, otros dos veleros similares al Samurai en tamaño, nos escoltaban a estribor. Un solazo pertinaz estaba a un paso de insolarnos. El colmo de nuestra "domingueada" devino en lo mejor de ese tramo: el chapuzón en el río. El nado fue sin el apuro, supongo, que el de los delfines franciscana, la especie que habita esas aguas, pero que nadie vio, salvo Etulain. Pienso que puede ser eso lo que me roza la pierna. El capitán duda, y me dice que seguro es un pez. ¿Un bagre? ¡Qué desilusión!
Oteo a lo lejos que el Istria también amaina su marcha. ¿Sus ocho tripulantes nos imitarán en la refrescada?
Unos 30 minutos pasando Colonia y el paraíso del que todos me hablaron se hizo realidad. Vi dos extensas medialunas, con arena fina y dorada y un bosque tupido detrás. Una boya de recalada, un canal estrecho, y una sinfonía deslumbrante con todas las pinceladas de verdes que la vegetación puede dar. Había una casa y un muelle privado. Eran de un argentino. Del dueño del Matrero, un velero histórico en las regatas. Dicen que Toribio Achával, de él se trata, pionero en Riachuelo, pronto lo transformará en otro Carmelo.
Atracamos y había otros ocho barcos. En un extremo, un lujoso catamarán de dos pisos, Argonautam del francés Patrick Eynard. Con esa nave, digna de James Bond, dio varias veces la vuelta al mundo. Pero como sucede con los europeos, un día quedó arrobado con Riachuelo y en febrero, con su mujer, Margony, abrió el único hostal del lugar. Cómodo y nada pretencioso.
Nos perdimos por un sendero hipnótico, lleno de flores silvestres multicolores, cactus y espinillos hasta que hallamos la cantera. En total hay tres. Zambullirse allí fue una osadía y un placer. A lo lejos, vi campos y más campos quebrados y los últimos haces de luz del atardecer. Exploramos la zona y nos topamos con una yegua alazana y su potrillo recién nacido. Durante ese fin de semana veríamos muchos más. A lo lejos, escuché el canto afinado de cardenales, calandrias, zorzales y benteveos. Creí haber sido bienvenida en ese lugar secreto que esconde el río color de león.
Riachuelo, la playa de arenas blancas
Riachuelo, la playa de arenas blancas Ubicado a 55 kilómetros de Buenos Aires, y a 30 minutos de navegación de Colonia, es uno de los últimos reductos vírgenes de la ribera uruguaya. No son pocos los que aseguran que pronto será destino de inversiones inmobiliarias que lo convertirán en un nuevo Carmelo





