El encierro humano y el alivio del ambiente

Santiago Bilinkis
Santiago Bilinkis PARA LA NACION
Crédito: Shutterstock
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16 de mayo de 2020  • 00:00

Seguramente hayas visto alguna de las imágenes que circulan por las redes. Jabalíes caminando por el centro de Barcelona y Tel Aviv. Cientos de monos dominando la escena en las ciudades de Tailandia. Ciervos pastando en los espacios verdes de los suburbios de Osaka. Delfines disfrutando las aguas calmas en los puertos italianos. Peces, sí, ¡peces!, nadando en las normalmente inhóspitas aguas del Riachuelo.

Si vivís en una gran cuidad, seguramente también hayas notado otros cambios: los atardeceres de Buenos Aires lucen espectaculares, despojados de la normal nube gris generada por la contaminación producto de la actividad humana. El aire tiene otro olor, que no es otro que ¡olor a aire! Y el silencio. O, mejor dicho, los sonidos sutiles del espacio que nos rodea, acallados diariamente por el ruido constante de los autos, colectivos, obras en construcción y otras tareas cotidianas. No queda lugar a dudas: el planeta entero, aliviado, festeja nuestro encierro.

¿Te preguntaste dónde estaban todos estos animales antes de que comenzara el aislamiento? La respuesta es simple: están saliendo de la cuarentena en la que viven siempre, acorralados a los márgenes del mundo a los que los empuja la invasión humana de sus hábitats. La ocupación y la transformación que hacemos de los espacios naturales es la principal causa de la megaextinción de fauna que estamos viviendo, la mayor en millones de años.

En muchos lugares del mundo, la cuarentena ya está terminando y la vida retoma su ritmo habitual. En Wuhan, foco inicial de esta pandemia, la búsqueda de un rebote rápido a la caída de la economía está llevando no solo a volver a contaminar, sino a hacerlo más intensa y velozmente que antes. Reinician también los mercados húmedos y el tráfico de fauna salvaje, que en este caso nos tuvo como perjudicados a nosotros, pero afecta de manera continua a los animales desde hace décadas. El nuevo escenario parece encaminarse a ser aún peor que el anterior a la llegada del SARS-CoV-2 y el Covid-19.

Fuente: LA NACION - Crédito: Alma Larroca

Llamamos a los demás seres vivos, animales y vegetales, recursos naturales. Los usamos apenas como herramientas para alcanzar nuestras metas, para alimentar nuestra maquinaria de expansión y consumo. Nada nos detiene: avanzamos aun cuando ello implique someterlos a condiciones de vida antinaturales o llevemos a muchas especies a la extinción.

Esta pandemia nos enfrenta a un momento sumamente difícil, pero también ofrece una oportunidad extraordinaria. Nos permite ver como nunca, con total claridad, las consecuencias de nuestras decisiones y hábitos cotidianos: cómo nos movemos, cómo trabajamos y cómo nos alimentamos ¡influyen rápida y profundamente en los grandes problemas medioambientales del mundo!

Pienso en el momento en que la relajación del aislamiento obligatorio permita que las empresas que vierten sus desechos tóxicos río arriba vuelvan a abrir sus grifos, y matemos masivamente a los incautos peces que osaron invadir el Riachuelo, invitados por nuestra pausa. O cuando un conductor apurado o distraído atropelle a los monos, jabalíes y ciervos que creyeron, por un momento, que también tenían derecho a transitar el espacio público de nuestras ciudades.

Cuando esta enfermedad quede atrás, ¿realmente querremos volver a la normalidad?

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