El Helicoide: el centro comercial futurista, para comprar sin bajar del auto, que se convirtió en centro de tortura
Diseñado en los años 50 como un ícono del desarrollo petrolero y el consumo motorizado, el edificio nunca abrió sus puertas comerciales. Tras décadas de parálisis y usos provisionales, hoy funciona como prisión bajo control estatal
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El plan no incluía caminar. Subir en espiral, lento, con la ventanilla abierta. Detenerse frente a una vidriera, avanzar unos metros, volver a estacionar. Comprar sin bajarse del auto. Consumir sin tocar la calle.
A fines de los años cincuenta, la Roca Tarpeya era un hormiguero. Camiones subían y bajaban por caminos de tierra, cargados de bolsas de cemento, hierro, tablones. El polvo se pegaba a la ropa y a la piel. Desde temprano, el ruido metálico de las herramientas marcaba el pulso de la jornada. La espiral todavía no era una forma clara: era una sucesión de tramos, andamios, pendientes que se intuían más de lo que se veían.
La Roca Tarpeya no era solo el lugar donde se apoyaba el edificio. Es una colina de piedra, dura y empinada, ubicada al suroeste de Caracas, que siempre estuvo ahí, visible pero fuera del recorrido cotidiano de la ciudad. Antes del Helicoide, era un espacio casi sin uso. El proyecto no intentó borrarla ni aplanarla: la tomó tal como era. El edificio se construyó alrededor de esa roca y la usó como base, dejando que la arquitectura se adaptara al terreno en lugar de imponerle una forma.
Los obreros trabajaban sobre la ladera con arneses improvisados y cascos. El hormigón se volcaba en capas, nivel por nivel, siguiendo una curva que obligaba a medir dos veces antes de avanzar. No había una fachada que mostrar: el edificio crecía desde adentro hacia afuera, desde la rampa hacia el borde. Cada metro construido anticipaba el siguiente.
Desde abajo, la obra se veía avanzar como una promesa. El volumen aumentaba semana a semana. La estructura empezaba a recortar el cielo y a imponer su presencia sobre la ciudad. No era un edificio más: era un gesto.
El Helicoide fue concebido como un centro comercial distinto a los conocidos hasta entonces. No se organizaba en pisos ni en pasillos, sino como un único recorrido continuo, donde la arquitectura ordenaba el consumo a lo largo de una espiral ascendente. La estructura ocupaba una superficie cercana a los sesenta mil metros cuadrados y apostaba por tecnología de punta para la época: sistemas de ventilación integrados, iluminación artificial calculada para acompañar el movimiento y ascensores importados de Viena, símbolo de precisión y modernidad. Todo estaba diseñado para que el edificio funcionara como una máquina eficiente, acorde a la idea de progreso que dominaba esos años.
La idea era clara: una arquitectura pensada para el movimiento, para el tránsito continuo, para una ciudad que no quería detenerse. El Helicoide se construía al mismo ritmo que el país se pensaba a sí mismo y no para ser un centro de tortura.
La construcción estuvo a cargo de los arquitectos Jorge Romero Gutiérrez, Pedro Neuberger y Dirk Bornhorst, y fue impulsado durante el gobierno del dictador Marcos Pérez Jiménez como parte de un plan más amplio de transformación urbana. Desde allí, El Helicoide debía imponerse como un hito: no solo por su tamaño, sino por su forma inédita.

El proyecto aspiraba a contener una ciudad entera. Más de 300 locales comerciales, restaurantes, oficinas, salas de espectáculos y de exposiciones. Un hotel cinco estrellas, un gimnasio, un parque infantil, estudios de radio y televisión. Estacionamientos integrados para no descender del vehículo, servicios pensados para permanecer dentro. En lo más alto, una cúpula geodésica diseñada por Buckminster Fuller y, cerca de ella, un helipuerto. No era solo un centro comercial: era una promesa de futuro organizada en espiral.
Durante la dictadura de Pérez Jiménez, el Estado impulsó una modernización acelerada que encontró en la arquitectura su forma más visible. Grandes obras públicas, hormigón armado, líneas puras. La ciudad debía exhibir orden, progreso y control. El Helicoide encajaba a la perfección en ese relato: un edificio pensado para una clase media motorizada que podía consumir sin mezclarse con la calle y sin detener su marcha. Venezuela vivía entonces su momento de mayor prosperidad. El petróleo corría como una promesa inagotable.
La obra comenzó en 1956. Al principio, el edificio fue concebido como una gran sala de exposición para la industria petrolera y minera del país. Luego, la ambición creció: ya no se trataba solo de mostrar el petróleo, sino de convertirlo en experiencia cotidiana. El objetivo pasó a ser más concreto: construir el centro comercial más grande y moderno de América Latina.
La ingeniería acompañaba esa desmesura. Siete niveles en forma de espiral, dos rampas entrelazadas y cerca de cuatro kilómetros de recorrido para vehículos. La lógica era simple: el cliente entraba en auto, ascendía por la rampa y se detenía frente a la tienda elegida. No había pasillos ni paseo. La circulación en los vehículos reemplazaba al caminar.
Durante esos años, la mole de hormigón creció a la vista de todos. Apareció en revistas internacionales, despertó admiración y curiosidad. En 1961, el proyecto fue exhibido en el Museo de Arte Moderno de Nueva York como una nueva forma de arquitectura. Pablo Neruda lo definió como “una creación exquisita”. Salvador Dalí, fascinado por la extravagancia del diseño, se ofreció a intervenir sus interiores. El edificio todavía no existía del todo, pero ya funcionaba como símbolo.
Ese mismo año, el impulso se detuvo. La empresa constructora quebró, el financiamiento se interrumpió y las obras se paralizaron. La caída de la dictadura y la transición hacia un nuevo gobierno cambiaron el clima político y económico del país. El Helicoide quedó atrapado en ese cambio de época: demasiado grande para terminarlo sin costos políticos, demasiado cargado de sentido para abandonarlo del todo.
Por años permaneció incompleto. Sin locales, sin vidrieras, sin compradores. La rampa pensada para el consumo continuo se convirtió en un circuito vacío. El shopping que nunca abrió empezó a adquirir otra forma: la de una ruina prematura, nacida antes de tiempo.
A su alrededor, mientras tanto, crecía otra ciudad. Barrios populares se expandían al pie de la colina, mirando desde abajo esa promesa ajena. La modernidad avanzaba por rampa; la pobreza, por escalera. Cuando el proyecto se detuvo, esa distancia no desapareció: se volvió más visible.
A fines de los años setenta, el Helicoide dejó de estar vacío. Miles de personas sin vivienda lo ocuparon y lo habitaron como pudieron. Las rampas se poblaron de colchones, cocinas improvisadas y tendales. El shopping para autos funcionó, por un tiempo, como una ciudad informal, un elefante blanco, incrustada en una obra futurista.
Con el paso de los años, el Estado comenzó a ocupar el complejo de manera fragmentaria. Oficinas administrativas, dependencias dispersas, depósitos. Nada terminaba de encajar del todo, pero nada parecía definitivo. El Helicoide con el tiempo fue tomado por la dictadura socialista y se convirtió en un espacio de encierro y castigo: el peor lugar donde un ser humano puede estar.
El Helicoide no se transformó de un día para otro ni respondió a un plan único. Fue, más bien, una sucesión de capas. Cada etapa dejó restos de la anterior: trazas, adaptaciones, desvíos. El edificio pasó de promesa a incógnita, de incógnita a estructura disponible, de estructura disponible a espacio controlado. Siempre el mismo cuerpo de hormigón, siempre la misma espiral.
Desde afuera, la silueta casi no se alteró; desde adentro, el sentido cambió por completo: el edificio que había sido pensado para exhibir modernidad terminó funcionando como un espejo incómodo de la historia venezolana, con sus ambiciones, sus interrupciones y sus desvíos.
En 1982,El Helicoide se convirtió en la sede del organismo de seguridad del gobierno venezolano, hoy conocido como “el SEBIN”, por Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional. Es una cárcel sin ley, donde son encerrados criminales y presos políticos. El peor lugar donde estar en Venezuela. Las denuncias recopiladas por Amnistía Internacional, la Organización de los Estados Americanos y Human Rights Watch, lo describen como un gran centro de torturas. Los testimonios relatan prácticas aterradoras, como el uso de picanas, “bolseo” (asfixia con una bolsa plástica) y simulacros de fusilamiento.
Hoy, solo quienes lograron salir con vida del Helicoide pueden narrar lo que ocurrió puertas adentro: cómo aquel edificio pensado para el movimiento terminó convertido en una máquina de encierro, donde la agonía reemplazó para siempre el sueño futurista que le dio origen.

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