
El nuevo niño mimado del diseño
Antonio Marras se destaca en la difícil tarea de estar al frente de la prestigiosa marca creada por Kenzo Takada. LN R entrevistó en París al creador italiano que apuesta por el riesgo
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PARIS.- El desfile recién termina. La mayoría de los 1300 invitados escapa de este enorme cubo, instalado para la ocasión en medio del jardín de las Tullerías, hacia otros desfiles de la Semana de la Moda. Pero algunos caminan en sentido inverso: se dirigen al backstage, para saludarlo. Y Antonio Marras está ahí, en medio de una espiral de gente que lo rodea. Sonriente, como casi siempre.
"¿Te llevaste el sombrero?", le pregunta a una de las 46 modelos que desfilaron y que se acerca para despedirlo. "¿Puedo?", le responde ella (casi saltando de alegría). El "sí" contundente de Marras desencadena finalmente el festejo. El sombrero es uno de los accesorios clave de su última colección.
Antonio Marras es un hombre simpático. Y es, desde 2003, el director artístico de Kenzo. Su creador, Kenzo Takada, conquistó el mundo de la moda con un estilo muy personal. La impronta de la marca Kenzo es única. Y heredarla no es fácil. La tarea de Marras es mezclar delicadamente esos códigos recibidos con su propia innovación.
-¿Cuáles son las responsabilidades y los desafíos constantes de tomar las riendas de una marca de estas características?
-Cuando llegué a la casa Kenzo no había creador desde hacía varios años. El vacío que había dejado la partida de Kenzo Takada en 1999 no había sido ocupado. El reto era reavivar la imagen de la mujer en forma cronológica y reactualizar los códigos de la maison. Hoy es una verdadera labor la de renovar y coordinar toda la línea de productos Kenzo. No me ocupo simplemente de una colección de mujer, sino de definir y armonizar todo el universo creativo de la marca. Ningún otro creador desde Kenzo Takada ha desempeñado este rol universal para la Casa. ¡Tamaño reto! Me encantaría crear una firma con un estilo de vida global, coherente y creativo, que aglutine a la mujer y al hombre, pero también al niño, los accesorios y la casa. Adoraría crear para Kenzo un espíritu, no familiar, sino de tribu.
-¿Qué aspectos de esta herencia creativa se respetan y en cuáles otros se puede innovar para que los clientes se sientan igualmente familiarizados con el sello Kenzo?
-Yo quiero respetar la formidable herencia de la marca y mantener viva la revolución que introdujo en el mundo de la moda a comienzos de los años 70. En esa época, la moda no era mucho más que un pequeño mundo regenteado por algunos pocos couturiers franceses que presentaban colecciones muy enseñoreadas en los pequeños salones de costura de París. Para ese entonces, Kenzo Takada era un joven japonés que llegó a París sin un centavo, sin hablar francés y ¡con la pretensión de hacer moda! En lugar de presentar sus colecciones en los salones de la Place Vendôme o de la Avenue Montaigne, desfilaba en pequeños pasajes cubiertos. En lugar de mostrar un vestuario de damas burguesas, imaginó vestimentas llenas de colores y de flores, llenas de libertad, con cortes desestructurados, inspirados en los kimonos. La moda para él era una explosión de colores, de diseños con alegría por la vida. La moda dejó de ser un símbolo de estatus y se volvió un juego. ¡Las mujeres son libres, pueden divertirse, llevar vestidos livianos y amplios, bailar y festejar! La moda es un encuentro de influencias que nos llegan del mundo entero, y la mujer Kenzo es una viajera libre. Quiero hacer vivir este mensaje único, modernizarlo, interpretarlo a mi manera, y ofrecerlo con un mensaje contemporáneo.
-¿Algún ejemplo que surja de esta nueva colección?
-Me inspiré en un tema ruso, que Kenzo había explorado en los años 80. Fue una de las más bellas colecciones y quise rendirle un homenaje. Es un mensaje del mestizaje cultural dentro de la belleza salvaje y folklórica de la Rusia eterna y el chic de París. Todo interpretado a lo Kenzo. Surgen así largos tapados en tela de tapicería, a la manera de los tapices rusos, pero con toques de kimonos; vestidos bordados con piedras, como los famosos huevos de Fabergé, creados para el zar, ensamblados sobre parkas militares y largos vestidos emparchados.
-¿Cómo se hace para pensar formas, cortes y estampados orientales siendo italiano?
-Siempre tuve una gran atracción por el Oriente, y en particular por Japón.
Creo que Kenzo es una marca multiétnica, con espacio para todos los orígenes. Un lugar donde se experimenta, se cruzan las influencias, se mezcla el folklore. No es sorprendente que hoy el elemento japonés, francés e italiano cohabiten.
Marras nació en Cerdeña y es en Cerdeña donde prefiere trabajar. Allí instaló su lugar de trabajo, donde dibuja sus colecciones y sus proyectos. Su primer contacto con la ropa fue trabajando en un negocio familiar de telas. Retomó la gestión de esa boutique en los años 80 y, paralelamente, asesoraba a grandes grupos de moda. La dualidad entre una concepción más artesanal y otra más masiva estuvo siempre presente en su vida creativa.
-¿Qué cambios se imponen al diseñar para una marca que hoy forma parte de un grupo de moda gigante como LVMH?
-Yo creo que necesito de esta dualidad. Amo los contrastes y tengo la necesidad de trabajar en cosas diferentes. Para mi marca reivindico valores artesanales, muy cercanos a mi tierra natal, impregnados de una melancolía suave y retro. Para Kenzo imagino una mujer nómada, en el límite de mundos diferentes. Una mujer de elegancia híbrida e independiente.
-¿Cuáles son sus fuentes de inspiración actuales?
-El 2010 es el año del 40° aniversario de Kenzo; por lo tanto, trabajo sobre los temas que han sido íconos de la marca [ver recuadro Aniversario]. Es la idea de la melting moda que inspira mi próxima colección. La moda heredada de Kenzo, la que él nos enseñó a amar, la que le da espacio al cuerpo, la primera etapa de la libertad. Esta libertad como conquista del espíritu y, además, como deseo de conocer. También la ligereza y la alegría. Una irrupción de colores que explotan: el amarillo, el violeta, el ladrillo, el rojo. Sin agresión, sin restricción, los colores se insinúan a través de las tonalidades del gris, se imponen sobre los diseños, en los tejidos jacquard, en los motivos a cuadros y en las broderies. Es una fusión de amados íconos femeninos: Marisa Berenson, Florinda Bolkan, Maria Schneider, Tina Chow, Jean Shrimpton, Farrah Fawcett y Anjelica Huston.
-¿Cómo ve el mundo de la moda hoy, en particular el de la alta costura?
-Yo pienso que todos hemos sido llamados a renovarnos, a dar una nueva coherencia y creatividad a nuestras líneas. Es un reto importante, y estimulante. Hay todavía mucho por hacer y crear.
-¿Qué le gusta hacer cuando no trabaja?
-Amo la familia, pasar el tiempo con mis niños y mi mujer, Patricia. Quedarme en casa mirando películas, acompañar a mis hijos en sus partidos de fútbol o en las cabalgatas. Es una vida tranquila, lejos de los ritmos endiablados de Milán o París.
-Estuvo en la Argentina en 2008. ¿Qué recuerdos le quedan? ¿Algún proyecto en la región?
-Estamos muy contentos de tener una boutique Kenzo en la Argentina [N. de la R: en el Patio Bullrich]. Fue genial, porque en el momento en que la abríamos yo trabajaba en una colección inspirada en la Argentina. Los tiempos fueron perfectos.
-¿Qué prenda es indispensable en el placard de una mujer?
-Una camisa blanca... ¡de hombre! Y un vestido liviano...
-¿Qué debe ponerse la lectora que después de leer esta entrevista quiera vestirse estilo Kenzo?
-Me gustaría que la mujer que elige Kenzo no tenga miedo de arriesgar. Que adopte un vestuario que se parezca más a lo que a ella realmente le gusta y no a las reglas impuestas por la moda. Una mujer no debe estar a la moda. Debe tener su propio estilo. No es la misma cosa... (sonrisa).
Aniversario
Las formas masculinas mezcladas con diseños femeninos son uno de los sellos de la marca Kenzo. Así como los pantalones anchos, la mezcla de géneros, los colores y las flores. Y los kimonos en las calles. Este año se cumplen 40 años de todo eso: 40 años de Kenzo. Para la ocasión, Antonio Marras seleccionó sus conjuntos y vestidos preferidos. Iconos de la historia de Kenzo que están expuestos en la "escalera de honor" del Atelier Vivienne, en el 2e arrondissement, la casa donde Kenzo Takada abrió sus puertas en 1970.
Por una imagen vale todo
El desfile comenzó con media hora de retraso. Durante la Fashion Week de París, el show empieza afuera, en las calles, en los parques. Cerca de quienes hacen fila, con o sin invitación, están ellos: los blogueros. Vestidos con moños, pieles, sombreros y anteojos. Muy a la moda, pero en busca de los invitados que, más allá de ser o no figuras conocidas, estén bien vestidos; para poder fotografiarlos y luego postear la imagen en sus sitios, visitados por miles de personas interesadas en este mundo. No bien uno de ellos localiza un posible candidato y aprieta el disparador, otros diez blogueros aparecen y hacen lo mismo. Si la persona se deja fotografiar, son cinco minutos de flashes. En general, a las presas les encanta. Y allí se quedan, posando. Dentro del recinto del desfile, los encuentros son todavía más jugosos. Uno puede toparse fácilmente con la directora de la edición francesa de Vogue, Carine Roitfeld -sin la cual, de haber confirmado que asiste, el desfile no empieza-, o con estrellas adolescentes, que después del desfile pasan por el backstage para saludar a Antonio Marras. En esa búsqueda frenética por la imagen, la identidad es sólo un detalle: en medio de quince cámaras que disparan o filman a dos chicas sentadas en primera fila, la respuesta recurrente a la pregunta acerca de quiénes son será "no tengo idea". Cuando las luces se apaguen y el desfile esté por comenzar, lo último que se escuchará serán los gritos de los futuros dueños de las imágenes. En este caso, los de un fotógrafo italiano: "Don´t cross your legs!" (no crucen las piernas). El mensaje está destinado a quienes se sientan en primera fila. La punta de un zapato puede convertirse en una mancha en la foto, y la imagen sería invendible.






