El payador de departamento

Borges lanzó al universo un puñado de ficciones a la altura de las mejores de la historia. En unas charlas que dio en la Universidad de Columbia en 1971, contó en detalle cómo escribió su cuento “El otro duelo”
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23 de enero de 2015  • 10:47

Fuente: Brando

Un escritor viejo y ciego –él, seguro, encontraría adjetivos menos trillados–, nacido en un país secundario, da una charla en la Universidad de Columbia: 1971. Su traductor norteamericano lee uno de sus cuentos – "El otro duelo", en el que dos hombres son obligados a dirimir su rivalidad de toda la vida en una carrera en cuyo transcurso serán degollados– y el escritor lo interrumpe a cada frase para revelar el detalle de qué quiso hacer, de dónde las sacó, qué cosas copió y qué cosas inventó.

El escritor, por supuesto, es Jorge Luis Borges, entonces un hombre de setenta años a metros de la inmortalidad. "El otro duelo" pertenece a la serie de sus cuentos con gauchos. Transcurre, como tantos otros, durante las guerras civiles del siglo XIX en el Cono Sur, en este caso en Uruguay. En el cuento, Borges se encarga de revelar la fuente de la historia: se la contó el hijo de un novelista uruguayo, Carlos Reyles. En la charla en Columbia, aclara que el novelista incluso la publicó en el diario La Nación, con un estilo "lleno de ornamentos".

Borges no creía en la originalidad. Más bien al contrario, sostenía con pesimismo sentimental que la historia humana es cíclica y que, por lo tanto, no había nada nuevo bajo el sol, ni siquiera nuevas historias. El creador, para Borges, era un buen copión, un buen adaptador. A Borges le encantaba convertir sus teorías en entretenimientos narrativos; en "Pierre Menard, autor del Quijote", postulaba la "originalidad" de un escritor francés ficcional que se proponía transcribir palabra por palabra la novela de Cervantes.

Entre las cosas que Borges sugiere, pero no explicita en su charla en Columbia, está el hecho de que su idea de la historia cíclica venía de su condición de miembro de una familia venida a menos, y de la melancolía que le provocaban sus antepasados guerreros y los gauchos con los que habían luchado. Estas obsesiones le hicieron encontrar también una estructura básica para sus narraciones: la del duelo. Todos sus cuentos son sobre la rivalidad, la amistad y el amor entre dos personas. El odio, para Borges, era apenas una variación del amor. Payadas, duelos a cuchillo y el diálogo de un hombre con el retrato de la mujer muerta a la que ama son distintos formatos de una misma historia: la de la complicada relación entre dos personas.

Este año, la editorial Alfaguara publicó Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción, un maravilloso libro del escritor mexicano Jorge Volpi que explica, a partir de los desarrollos recientes en los estudios de la mente y la genética, por qué la ficción es, más que mero entretenimiento o pura búsqueda de la belleza, uno de los medios más contundentes para asentar nuestra idea de humanidad. Una de las funciones centrales de la ficción literaria es colocarnos en el lugar de los otros, dice Volpi. Al hacerlo, no solo nos preparamos para futuros posibles sino que, al sucumbir a otras vidas u otras emociones, aprendemos quiénes somos nosotros. Leer una novela o un cuento supone un desafío creativo; escribirlos es llevar esa creatividad cerebral a su límite, porque obliga a ponerse en el lugar de los otros. La escritura de ficción es un deporte extremo; me permite imaginar que no estoy solo, dice Volpi, que evidentemente leyó a Borges.

En "El fin", otro cuento del escritor argentino, breve secuela del Martín Fierro, el payador moreno mata a Fierro y "se convierte en el otro", en Martín Fierro, que al principio del libro de José Hernández era un asesino desertor, como a partir de ahora lo será el moreno. Toda la obra de Borges es un esfuerzo, pesimista y esperanzado a la vez, por comprender a los otros.

Cosas que sí dice Borges en la charla de la Universidad de Columbia, que este año fue publicada por primera vez en español por Penguin Random, en el libro El aprendizaje del escritor: que en una frase simula no saber nada sobre muchas cosas para que el lector crea otras, que el truco de ver a un jugador de truco es felicitar al contrario, cargándolo (lo vio en persona), que agregó tal incidente para demorar la historia, que a sus protagonistas no les importaba la política porque a los gauchos reales tampoco, que tal costumbre (la de que los esclavos llevaran el apellido de sus dueños) la conoció en su casa de la infancia, que una frase de un degollador se la contó su padre, que como el novelista uruguayo llenó de adornos la historia, él la contó de la manera más directa posible, que unos detalles de la psicología del soldado se los contó un abuelo y él los mezcló con un verso del escritor inglés Rudyard Kipling, que otro abuelo se hizo matar de un modo similar a otro de los personajes de su cuento, que la idea de escribir cuentos más directos la tomó también de Kipling y que "El otro duelo" refiere a su propio cuento "El duelo", que a su vez refiere al cuento "The End" del escritor estadounidense Henry James. En resumen, cuenta qué cosas tomó de la realidad y qué cosas tomó de otros libros, cuáles inventó, cuáles adaptó y cuáles compuso: da una imprescindible lección de poética.

También dice, en ese libro, que sufrió por las mujeres: un dato clave para entender que, detrás de la elucubración intelectual de sus cuentos, está la experiencia, tan humana, del dolor. Como todo gran autor, se guiaba por un programa sencillo. Cómo escribir un cuento, según Borges: con atención, observación, imaginación.

Apoyando la lapicera sobre el papel en el escritorio de su departamento porteño, Borges compuso inolvidables payadas con sus ancestros, con los grandes creadores de historias y con las mujeres amadas: la escritura creativa es otra manera de imaginar que no estamos solos.

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