
El poder de las flores
Flower Power, el regreso, podría ser el título de esta nueva moda que brota; sobre todo ahora que llega la primavera. El tema es saber de qué flor se trata. Porque como símbolo, alguna vez hizo alusión a una escala de valores que generó, en los años 60, el mayor sí a la diversidad que el hombre haya pronunciado.
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He visto los mejores cerebros de mi generación destruidos por la locura, famélicos, histéricos, desnudos...
Allen Ginsberg
Las vidrieras de Buenos Aires están abarrotadas de jeans con parches de telas de colores, camisetas teñidas en batik o con flores bordadas, camisas de mangas acampanadas y pantalones pata de elefante. La moda recicla cáscaras con la misma facilidad con la que se pela una banana. Las vidrieras de Buenos Aires están llenas de eso: la cáscara del Flower Power.
¿Pero qué hubo en la generación del sesenta de profundo, debajo de esa corteza hoy industrializada y reciclada? Los jóvenes que, en estos 90 desgastados, se pondrán sobre su piel desnuda esa vestimenta, quizá ni siquiera sospechen quiénes eran aquellos otros jóvenes que la fabricaban con sus propias manos, por principio de austeridad, y también porque esa moda se asentaba en otros lugares, en otras búsquedas, en otro mundo.
El verso citado arriba es el primero de Howl ( Aullido ), el extenso poema con el que Allen Ginsberg marcaría para siempre a la generación Beat, a la juventud de la posguerra que a fines de los cincuenta trataba de ganarse un lugar diferente en la sociedad.
Muchos trabajaron en esa contracultura (o esa respuesta a la cultura norteamericana). Kerouac, Burroughs, Cassady... todos aventureros, todos jugándose la vida a cada paso, en cada límite. Literalmente. No en vano William Carlos Williams, otro gran poeta, en el prólogo a su edición calificó a Howl como "un alarido de derrota"; pero no de derrotados. Ellos, al parecer, estaban destinados a triunfar. ¿Cómo? Cambiando el estilo de vida americano.
Y llegaron los Beatles, Bob Dylan, los Rolling Stones, Joan Baez y un interminable número de artistas que apostaban por un estilo de vida diferente, desde una actitud siempre desafiante. Se cruzó en el trayecto la guerra de Vietnam, la muerte y el napalm, y con ella, la oposición rabiosa y persistente de esa generación vestida de colores y pelos largos. Amor libre, no violencia, convivencia sagrada. El sí más estruendoso que la humanidad le haya dado a la diversidad.
En Ensayos sobre el Apocalipsis , editado por la española editorial Kairós en los años 70, Erich Fromm escribía: "Rehúso identificar diversión con placer, excitación con alegría, ocupación con felicidad, así como al "hombre-organización" indiferente y anodino con el individuo independiente".
Los rebeldes de Mayo del 68 en París pintaban una de sus frases sobre las paredes: "No será el miedo a la locura el que nos haga bajar las banderas de la imaginación", o : "La imaginación al poder", o las palabras de Nehru: "Si la educación es cara, pruebe con la ignorancia". Eso, no desde la frialdad de las aulas, sino desde el fragor de las calles tomadas por los estudiantes, donde André Breton retornó con su propuesta de que "la belleza deberá ser convulsa", o no tendrá sentido.
Vivir la guerra como lo que es, una trampa en lo humanístico y en lo económico. Unificar creencias con Oriente. Amar y estar en armonía con la naturaleza. Y exigir, sin descanso y sin violencia, pero con un alarido interminable, un mundo más digno para todos. En eso intentaban ocupar sus días esos jóvenes de los años 60.
"Una gran parte de la humanidad ha deseado siempre la paz. Actualmente, creo que cada vez menos de nosotros consideramos a la violencia como la única o la última solución de un conflicto", Richard Farson.
Quizá por todos estos contenidos debajo de lo aparente es que las modas resultan, a veces, tan odiosas; que cada uno que elija ponerse un jeans con parches sepa qué pervive en su memoria; la oposición de belleza convulsa ante la -en palabras de Fromm- "patología de la normalidad, generadora de suicidios, violencia y alcoholismo". Aunque en estos tiempos, eso, claro, resulte cosa de niños.
Austin Powers
El personaje de Mike Myers, cuya segunda parte de Austin Powers (El espía seductor) se estrenará a fin de mes en nuestro país (con una avant premiére que podrán disfrutar el lunes los lectores de Via Libre), eligió como vestimenta la misma que utilizó en su momento Syd Barret, el fundador de Pink Floyd, en plena época psicodélica. Un traje barroco: pantalón Oxford, camisa con cuello jabot y saco largo aterciopelado.
Austin Powers despierta en los años noventa después de permanecer tres décadas congelado. Es decir, se durmió en pleno amor libre, ácidos y Woodstock, y se despertó en pleno amor al poder, SIDA, cocaína y televisión. Entre muchas otras cosas, claro.
En estos días también, se lanzó la nueva versión de Submarino amarillo , adaptada a estos tiempos por el sonido e imagen electrónicos (es decir, en DVD, CD y video home), que data de aquellos días del flower power . El film,que ahora reluce más que su recuerdo, nos vuelve a helar la sangre con el final. En la última escena los Malditos Azules (que odiaban los colores y la música) dicen, después de su derrota que van derecho a refugiarse a la Argentina. Lo dicen, precisamente, en 1968. Como si hubiesen adivinado que justo entonces, por aquí se empezaría a no poder hablar, cantar ni ve en color.
En fin, el Flower Power (o el poder de la flor) fue otra cosa, otro sueño. Uno de esos agitados sueños que persisten en algún lugar, en algún secreto espacio del inconsciente colectivo que se resiste a ser sólo alguna página en un libro de historia. O un pantalón. O una blusa fruncida. O una canción psicodélica. O un par de zapatos con plataforma. O nada. Finalmente.





