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Emilia Mazer

Produce su propio programa de televisión, escribe o traduce las obras en las que actúa, tiene su propia sala de teatro. Nada le fue regalado, excepto -tal vez- la inteligencia
Marina Gambier
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27 de agosto de 2000  

Tiene fama de ser chica de armas tomar y su destino se ha encargado de no desairar la leyenda. Sin ir más lejos, cuando en la noche del debut un apagón oscureció la sala, apareció con peluca y vestido de arpillera maldiciendo a Edesur por conectar mal la trifásica y anunciando que a más tardar en una hora solucionaría ella misma el problema. Esto a riesgo de inmolarse a 220 voltios o bajo la pluma de los críticos desorientados en la negrura del foyer.

Pero todas las tragedias juntas no podrían con esta mujer de 35 años que acaba de abrir un teatro en plena recesión y formar una cooperativa para materializar en televisión una idea propia tan compleja como la realidad y tan sorprendente como la ficción.

En ese orden, lo de la trifásica es apenas una anécdota en la vida de Emilia Mazer. Aquella rubia veinteañera de Los chicos de la guerra, cuyo talento fue alguna vez comparado con el de Norma Aleandro, se convirtió en una productora, autora y directora de teatro aficionada a lo imposible. Cansada de buscar espacio y una beca para estrenar su obra inspirada en Juana de Arco, decidió alquilar un viejo taller mecánico en la calle Zelaya y levantar ahí una sala. Así, pero no tan simple. Hubo que romper el chanchito, correr con gastos de inmobiliaria, albañiles, permisos municipales y equipar con lo esencial. Esos últimos ahorros se respiran en el Angel del Abasto, en las alfombras gastadas cubriendo el piso de cemento y en la enternecedora platea hecha con sillas de supermercado. "Hay subsidios, pero yo no entro en la lista, simplemente. No pido explicaciones. Eso no significa que me impidan hacer las cosas, porque yo a todo le busco la vuelta -dice.- Esta vez la vuelta fue abrir el Angel del Abasto. Una vuelta de tuerca complicada, porque estoy haciéndolo con lo que no tengo. Es un emprendimiento sencillo, con más horas de trabajo que resto económico. Pero el teatro supone mucha entrega. Uno hace un espectáculo para darle algo a la comunidad. Si no pensás en eso, o al menos no te lo creés, no hay nada que sostenga el esfuerzo. Por suerte tengo tolerancia a bancarme los obstáculos. No me deprimo ni me quejo: lucho."

Rubia, con la barriga blanca asomando por encima del jean y un sombrerito calzado hasta las cejas, sube a la cafetería del Holliday Inn, donde un turista paraguayo le pide un autógrafo porque le contaron que es actriz. A ella, a la que nunca la dejaban opinar, a ella se le ocurrió Por ese palpitar, un programa de televisión, en principio, raro. Ese límite finito que separa la vida real de la vida profesional de un actor la desvela desde que se sintió presa del morbo que rodea la privacidad de los famosos. El resultado en la pantalla tiene la forma de las matrioshkas rusas: una historia dentro de otra, donde no sabe qué es ficción y qué es verdad. La criatura también fue gestada con pocos pesos y producida por La Palmera, su flamante sociedad integrada junto con dos colegas.

"Nunca había hecho mis propios espectáculos hasta que volví de España. Allá aprendí a trabajar desde la nada, desde la incertidumbre y el cambio constante, a destruir una forma y encontrar otra todo el tiempo. De lo contrario, esto se muere. Los actores necesitan mucha seguridad y lamentablemente muy pocos pueden darse el lujo de meterse en un proyecto donde no ganen dinero. Creo que el ser joven da esa dosis de locura indispensable para afrontarlo todo."

Su primer unipersonal fue concebido en 1993 como un espectáculo de bolsillo: fácil de trasladar por el mundo. De hecho, lo presentó en España varias veces. Con el consentimiento del escritor Enrique Medina, adaptó Buscando a Madonna y agregó algunos pasajes de su diario personal, aunque ella dice que luego Medina se apropió de la versión y la registró a su nombre. De todos modos, quería estrenar. La protagonista es Lucy, un personaje marginal obnubilado por los ídolos mediáticos, con una adolescencia tan feroz como la de Emilia. Los Mazer vivían sobre la calle Libertad entre el Teatro Cervantes y el Colón, y nacer justamente en esa zona no fue un detalle fortuito.

Hija de un contador y una abogada con buen pasar, asistió a un instituto bilingüe de doble escolaridad junto a su hermano mayor hasta que ante los síntomas de una enfermedad el pediatra les diagnosticó falta de juegos. Los chicos necesitaban menos obligaciones y más normalidad. Entonces los cambiaron a un colegio público, donde las cosas fueron mejor pese a las inclinaciones antisemitas de una compañerita de sexto grado que la amenazaba con "hacerla jabón". Sus padres se esmeraron en compensar esas miserias del mundo cultivando su sensibilidad con las mejores piezas de teatro infantil, sin imaginar cuán rápido germinarían esas semillas en el corazón de la menor de la familia.

"Me acuerdo de la cara de Walter Santa Ana y Perla Santalla, de El sombrero de paja de Italia, El enfermo imaginario, El conventillo de la Paloma... Los trajes, tan coloridos. En casa gustaban del buen teatro y había cierto sentido crítico. Yo misma opinaba sobre el trabajo de tal o cual actor. En esa época todavía quería ser muchas cosas. Arquitecta, o abogada, como mamá. Pero a los 14 decidí estudiar actuación, y era eso o el suicidio. No era broma. Me dejaron, pero cuando empecé a buscar trabajo vieron que iba en serio y se asustaron. Una cosa era que me gustara el teatro y otra que quisiera ser actriz. Creo que la negación no pasaba por la apertura mental. Simplemente, no querían que me dedicara a actuar."

Mientras a los 15 estudiaba en la Asociación Hebraica para ser líder de grupo (madrijá) e impartir educación no formal a los niños, empezó a tomar clases de actuación en el taller de Agustín Alezzo. Y era tan audaz que arriesgando su estabilidad doméstica se animó a buscar trabajo de extra. Consiguió algunos bolos en telenovelas y, con 16 cumplidos, el papel de Polichinela en un comercial de chocolates Aero, de Noel. A los 17 preparaba su debut teatral en Fragmentos, dirigida por Sergio Rosemblat en la Hebraica, y un estudiante de cine le propuso protagonizar un cortometraje contra el aborto, financiado por la Asociación de Protección a la Familia. Por su labor en Dulce espera recibe, inesperadamente, el primer premio de la Unión de Cineastas de Paso Reducido. Y otra cucharadita de caos familiar.

Sin saber de los malabares de su alumna para cumplir con el horario de las funciones, Alezzo la incluye en La conversación, estrenada un verano en la Alianza Francesa. Y ya era toda una señorita de 18 cuando nadando en la pileta del club decidió presentarse para el casting de una película cuyo argumento desconocía. Dudó, pero agallas mediante fue, dio la prueba y obtuvo el primer papel femenino. Es decir, la gloria. O ver crecer rabanitos bajo tierra: leyendo el guión se topó con un desnudo. Y salvo en la ducha, nunca había hecho uno. Los archivos guardan en Los chicos de la guerra -una de las mejores películas del reciente cine nacional, según la crítica- la imagen de un capullo de ojos verdes que realmente estaba jugándose el pellejo.

Claro, las leyes paternas se endurecieron. No obstante siguió escapándose a los ensayos, volviendo tarde a casa y pasándola muy mal. Encima, la película trajo el premio revelación femenina otorgado por la Asociación de Cronistas Cinematográficos y ofertas laborales de considerable prestigio, como La señora Ordóñez, Primaveras, en el Teatro San Martín, y el protagónico de Sentimientos... Mirta, de Liniers a Estambul.

La batalla culminó cuando una tarde su madre la encerró con llave prohibiéndole asistir a un ensayo. Tenía 20 años y un papel en Ceniza, la pieza del polaco Janusz Glowaki inspirada en la vida de una joven dentro de un reformatorio. Emilia la tomó por el cuello y la amenazó de muerte. La señora Mazer le abrió la puerta, pero la nena había partido hacía tiempo.

"Yo salí de otra familia. Eramos muy distintos. Reafirmar mi carrera fue un proceso muy violento y doloroso. De enfrentarnos todo el tiempo, y sufrir. Sentía que profesionalmente era adulta, pero en casa seguía viviendo como una niña. Sin embargo, nunca tuve dudas de que iba a poder ser actriz, aun contra la autoridad de mis padres. Tenía una soberbia que a veces extraño, creía que podía muchas cosas, aunque las cosas que pude hacer fueron porque en el fondo me las creí. Ya hace quince años que me fui de casa."

Emilia vive con una gata muy cariñosa en un departamento alquilado, de un ambiente. Sus padres se separaron. Don Mazer vive en Mendoza. A su mamá la ve poco y su hermano Héctor es ingeniero. Ya no le cortan la luz, ni fabrica cinturones, ni da clases de inglés, ni organiza ferias americanas para sobrevivir, pero fue difícil alcanzar este status.

"No sé si es más complicado por la condición de mujer y porque en este ambiente todavía aparecen criterios medievales, pero siento que algo cambió desde que fueron escuchadas mis ideas. Antes he estado en grupos de trabajo donde no me dejaban ni abrir la boca. Cuando gané el Martín Fierro a la mejor actriz de reparto por Hombres de ley, a las dos semanas no estaba más en el programa, y sin ninguna explicación. Cosas así en esta profesión ocurren todo el tiempo, imagino que también en la cocina de un restaurante."

El precio de la independencia no le hizo mella a su prestigio. Salvo algunos desaciertos, como una película brasileña donde interpretó a una salvaje, brilló en ciclos del calibre de Las 24 horas, Atreverse, Compromiso y obras de buen teatro independiente. Cada tanto su mamá insistía pasándole papelitos con advertencias debajo de la puerta. Pero como ya nadie la juzgaba ni la detenía, a principios de 1990 aceptó una propuesta de una coproducción franco-española que indirectamente abrió una puerta al Viejo Continente. Le Radjah du mer fue una miniserie sobre la vida del escritor Joseph Conrad dirigida por Jean-Pierre Blanc y rodada en varias locaciones, entre ellas en Robiño, un pueblito cercano a la costa de Trieste, en Sarajevo. "En el festival en Montevideo donde presentamos Mal de padre, con Federico Luppi y Norberto Díaz, conocí a los integrantes de la Zaranda, el grupo de teatro independiente más prestigioso de España, que en ese momento hacía Vinagre de Jerez. La zaranda es un tamiz donde pasan la harina, sale lo que no sirve y queda lo esencial. Ese es su concepto, teatro esencial: con pocos elementos y una manera de contar muy escueta. Cuando terminé de filmar en Sarajevo, aproveché para ir a España pensando que podría trabajar como actriz. Me presenté a varios castings, pero me faltaba acento y debía pagar a una foniatra para aprender a pronunciar. Tenía dinero para dos meses, y faltando catorce días para volver decidí quedarme a vivir en Madrid. Me importó tres pepinos vender cigarillos y golosinas en un quiosco, atender una boutique, repartir propagandas en buzones, dar clases de inglés o trabajar de camarera en un restaurante. Para mí era vital un poco de incertidumbre."

Pasó dos años y medio entre Madrid y Buenos aires, haciendo en esos intervalos Alta en el cielo, con Alicia Bruzzo en el Cervantes, y unitarios como Zona de riesgo. Pero volvió a España tras los pasos del director de la Zaranda y la posibilidad de experimentar el teatro que tanto le gustaba. Se mudó a Jerez y consiguió debutar cosiendo los botones del vestuario, sirviendo café. Y al tiempo, opinando. "Me incorporé como ayudante de dirección en Perdonen la tristeza, un espectáculo que llevamos de gira por el interior de España y París, que después trajeron al Margarita Xirgu. Fueron siete intensos meses de aprendizaje que sirvieron a la hora de encarar mis propios proyectos." En 1993, con la codirección de Carlos Di Martino, estrena Buscando a Madonna, en el complejo La Plaza. Con esa obra recorrió la Argentina, la presentó en Madrid y en Santiago de Compostela, donde fue muy aclamada. Esa buena repercusión la animó a traducir ella misma Romeo y Julieta, de Shakespeare, tarea que le demandó un año. Además, el clásico le importaba en carne propia. Durante la adolescencia su padre también le había prohibido que siguiera a su primer amor porque era de otra religión.

Su versión del romance agregó aspectos populares del lenguaje original de Shakespeare omitidos en otras traducciones, lo que le valió algunos disgustos. Le agregaba una vulgaridad impropia, se dijo. Según Emilia, el problema es que acá la prensa especializada no lee los textos originales en inglés.

"El teatro le da sentido a mi vida y creo que es una contribución a la evolución de la humanidad, porque siempre ha sido un espacio para repudiar la intolerancia, la injusticia, la falta de libertad y la cerrazón mental. No puedo salir a quejarme y gritar por las calles, sería un acto de violencia. Pero si esa sensación la convierto en un hecho artístico e invito a la gente a recoger ese sentimiento y a pasar un rato ameno, quizás a la larga o a la corta algo pueda cambiar."

Otra temporada en el infierno: unos meses vagando por España sola y sin rumbo, un amor roto, un rollo familiar que apenas empezó a sanar y una resurrección lenta, pero prolífica. El tour de force por su mundo en llamas adquirió la forma esperada y se estrenó el 21 de julio último, gracias a que pudo levantar su propio escenario. Juana: sacrificarás a tu hija es una revisión contemporánea de un personaje -Juana de Arco- en el que, como en el resto, puso algo de su historia personal. "Hace un año estaba en crisis y decidí irme afuera a pasarla como pudiera. En ese tiempo no paré de escribir. Hice un guión de cine, y algunas cosas fueron completando la idea del programa de televisión, Por ese palpitar. Juana tiene que ver con que este año la Iglesia hizo un mea culpa sobre su responsabilidad en las carbonizaciones de la Inquisición, sobre su silencio durante el nazismo y las dictaduras latinoamericanas, tres temas que no pueden pasar inadvertidos para nadie. El teatro tiene que hablar de ayer y de hoy. Como decía Peter Brook, el clásico es un clásico porque ofrece una mirada contemporánea. Yo escribí una obra de actualidad pensando en esa mujer víctima de sus ideas innovadoras, y me conmovió pensar qué cosas pasarían por su cabeza mientras esperaba la muerte." Los tiempos que corren no son de los más propicios para apuestas ambiciosas ni para despreciar oportunidades laborales. Contratar empleados, pagar la luz, los impuestos, llenar la sala por las noches, es como caminar por la cornisa. Sobrevivir, a fin de cuentas. Tal vez hubiera sido más cómodo aceptar el papel en Chiquititas, el culebrón infantil de Telefé. "La telenovela es un género valioso, y principal fuente de trabajo e ingresos para el actor. En mi caso, nunca me tiro contra ella porque quizá vuelva a hacerla. El problema es que instala en un trabajo rutinario con ciertos condicionamientos en cuanto a temáticas, horarios y perfil de los personajes. La tira, como lo dice la palabra, es tirar y tirar, y el actor pone piloto automático, trabaja al 30% de su capacidad. En el unitario, en cambio, se encara desde un ángulo más cinematográfico, se puede elaborar, discutir, componer en profundidad y repetir una escena. Tengo la sensación de haber trabajado en las tiras con el mismo compromiso, pero al 25 por ciento. Cuando uno debe obedecer al texto y no puede proponer al director nada porque la tiene clara y además le molestan los actores que proponen, agradece la supervivencia del unitario."

Emilia también es docente. Abrió su taller tras tomar cinco años de clases con Alezzo, uno con Carlos Gandolfo, seminarios con Eric Morris y Cristina Rota, además de estudiar dramaturgia y dirección. Las raíces de Por ese palpitar tienen mucho que ver con la necesidad de reivindicar el entrenamiento profesional.

"Por suerte en los últimos años se han modificado aspectos anacrónicos de la profesión, como aquello de que un actor de teatro no hacía televisión, o que cuando grababas un programa el más conocido era el que siempre cerraba el bloque. Todo eso cambió, aunque no todo lo que está pasando es bueno. Por ejemplo, está el malestar de una generación que se vio desplazada por una camada de jóvenes no siempre brillantes.

"Empezaron a funcionar determinados formatos que relegaron la trayectoria y pusieron los roles protagonicos en manos de gente de 15 y 16 años. Parecería que cualquiera puede dar un casting aunque no sepa pronunciar dos palabras con sentido común. La cámara lo quiere... si es lindo.

"Es decir, los valores fueron cambiados por otros: si sos natural y decís la letra, podés actuar. Pero en televisión lo más fácil es ser espontáneo. Lo difícil es lograr un trabajo sensible y a fondo." En la voz de Emilia no hay rencores ni deudas con el pasado. Ahora, menos que nunca. Hace poco, tras el estreno de Juana..., recibió una carta de su padre confesándole entre líneas que está orgulloso de ella. Eso le dio mucha alegría. Después de todo, la historia terminó bien.

Agradecemos a Fx-Stunt Team SA, R, E, D, Fashion, Riki Sarkani.

Peinó: Andrés Polis, para Roberto Giordano. El Mundo de las Pelucas.

Maquilló: Noemí Acevedo a personaje Reina

Los pasos de Emilia

  • Estudió con Agustín Alezzo y Carlos Gandolfo.

  • En teatro, hizo -entre otras- Las brujas de Salem, Corrupción en el Palacio de Justicia, Buscando a Madonna, Romeo y Julieta (según su propia traducción de Shakespeare), Ya nadie recuerda a Frederic Chopin, Juana.

  • En cine: Los chicos de la guerra, Sentimientos... Mirta, de Liniers a Estambul, Sostenido en la menor, El Che, Despabílate, amor.

  • En televisión: Los miedos, Compromiso, Hombres de ley, Zona de riesgo, Poliladron, Verdad Consecuencia, Gasoleros, Los Buscas, Por ese palpitar.

  • Integra la productora televisiva La Palmera.

  • Es dueña de su propia sala teatral, Angel del Abasto.

  • Fue directora ayudante en el célebre Grupo La Zaranda, de España.

  • Es autora de la obra teatral Juana y de la idea original del programa Por ese palpitar, recibió diversos premios. Sólo tiene 35 años.
  • Audaz, polémico y diferente

    Algunos capítulos de Por ese palpitar (lunes, a las 23, por América TV) son más logrados que otros, algunos son más escandalosos y en alguna ocasión muy recordada pareció que el deseo de provocar polémica tenía mucho que ver con la búsqueda de más puntos de rating. Pero lo que salta rápidamente a la vista en esta serie de unitarios de acento erótico es que hay detrás de ellos un buen libro, truco que la diferencia de casi todo el resto de las telenovelas. Por ese palpitar son varios programas en uno: un talk show con historias supuestamente verídicas, la teatralización de esas historias y la vida del grupo de actores que las lleva a la escena. Si el intento de superponer diversos niveles de ficción no siempre es óptimo, al menos constituye un intento, lo cual es mucho decir para la aplastada pantalla chica criolla. Tampoco es que estén siempre tan lejos de la meta. Algunos episodios, como el de la profesora de adultos que se enamora de un alumno, tuvieron a la vez medida, gracia y uso muy efectivo y novedoso del lenguaje televisivo. Con un poquito más de rigor y algo menos de ruido, se podría demostrar con ideas de este tipo que el medio es inocente y que los culpables son los que lo utilizan con incapacidad y con descuido.

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