Estaba deprimida por la muerte de su hijo; un posteo en Facebook la ayudó a recobrar fuerzas y dejar atrás la culpa
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Apatía, miedo, llantos imprevistos y aislamiento social fueron algunos de los síntomas que Elsa comenzó a advertir en sus rutinas. Tendida en la cama, se dio cuenta que le faltaban las ganas de vivir y le sobraban los motivos para no levantarse. Sentía su cuerpo partido en pedazos y simplemente no sabía cómo recomponerlo.
Su infancia había sido de carencias materiales pero repleta del amor de su madre, sus cinco hermanas, sus amigos y maestras. De personalidad tímida, siempre había sido la mimada de la familia, escribía poemas de amor y componía temas musicales acompañada de su guitarra. En su juventud, como toda joven y por mandato social, había soñado con conocer al príncipe azul, casarse y tener hijos. Tuvo tres, dos biológicos y una sobrina e hija del corazón. "El primer hijo, con quien aprendí el oficio de ser madre, ya tenía una hermana de dieciocho meses que llegó a mi hogar dos meses antes de su nacimiento. Al año siguiente nació mi hija y de pronto, la casa se llenó de pañales, mamaderas y papillas. Llegaron como trillizos, porque la diferencia de edad entre ellos era de entre 13 y 18 meses de vida. Criarlos, educarlos, verlos jugar y crecer fue la etapa más maravillosa de mi vida. Fueron creciendo y cada uno formó su propia familia. Mi vida transcurría entre el trabajo, el gym, salidas con amigas, visitas a los nietos. Cuando pensaba en la muerte, sin duda lo hacía desde un pensamiento fantástico: por ley natural, los padres parten antes que los hijos. En mi cabeza no cabía otra posibilidad", aclara.
Pero la vida se encargó de estamparla con la velocidad de la luz contra la realidad, según recuerda. Corría septiembre de 2015 y una voz desconocida al teléfono que le heló la sangre le avisaba que su hijo estaba en terapia intensiva: había tenido un accidente de tránsito. Fueron dos meses de rezar y pedir que se recuperara. Sin embargo, a punto de cumplir 39 años, con dos chicos de 13 y 9 años, el hijo de Elsa falleció. "No supe cómo transitar el dolor, pero me mantuve fuerte por mí y por los demás. Regresé al trabajo y en 2017 me jubilé. Al poco tiempo me di cuenta que no tenía ganas de nada. Estaba completamente vacía y así pasaron como tres meses".

Un día, navegando en el celular, se encontró leyendo reflexiones en una página de Facebook de un coach ontológico. Hizo un comentario en ese posteo y recibió una respuesta de Wanda Estivariz, la profesional responsable de la publicación. "¿Alguien que no me conocía era capaz de cambiar mi estado de ánimo? Comencé a seguirla en su página, le mandé mensajes por privado que ella respondía con amor, empatía, sabiduría y compasión. Me llamó la atención su lenguaje, ese cuidado de las palabras, sin juicios ni consejos de botica. Decía cosas que llegaban a lo más profundo de mi ser, invitándome al cambio".
Decidió que era hora de hacer algo por ella y comenzó a trabajar junto a la especialista que había modificado su forma de ver las cosas. Pudo indagar sobre la profunda tristeza que llevaba en su mochila desde hacía años. "Aprendí que hay una tristeza sana cuando lloramos de vez en cuando al recordar los instantes dolorosos como la partida de mi hijo, el velatorio, el entierro, el mirar el retrato con su foto. Pero también aprendí que si esa tristeza permanece las veinticuatro horas de todos los días de mi vida, es porque mis pensamientos están distorsionados".

Pudo también perdonar y eliminar la culpa: "como toda madre que sufre la partida de su hijo, siempre sentí que me faltó darle más abrazos, decirle más te amo. Me sumergí en la ira contra la policía que había encajonado la causa y no me había dado aviso del accidente mientras yo buscaba a mi hijo desde la mañana hasta la noche, durante quince días".
Mirar hacia dentro dio sus frutos. Dejó de decir lo primero que se cruzaba por su mente y comenzó a pensar y elegir cada una de las palabras que pronunciaba. Entendió la importancia del compromiso, de darle prioridad a lo que uno elige y de mantenerse confiable para uno y los demás. "Ahora puedo reír sin culpas, festejar cumpleaños, divertirme con mis hijas y mis nietas y nietos, hacer chistes, apuntalar a las personas que necesitan ánimo. Doy abrazos, digo te amo a mis seres queridos, legitimo al otro, lo acepto como es. No pongo culpas en el otro porque yo cambié mi mirada de la realidad".
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