Expectativa vs. realidad: cómo es ser argentino y vivir en el extranjero

Para muchos, vivir en lugares como Barcelona les da más libertad que quedarse; cuáles son las contras de argentinos que viven en Europa
Para muchos, vivir en lugares como Barcelona les da más libertad que quedarse; cuáles son las contras de argentinos que viven en Europa Crédito: Shutterstock
Nadina Fornara
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16 de mayo de 2019  • 18:44

Una vez alguien me dijo una frase que se me grabó para siempre: "uno es más libre en el extranjero". No sé si ese alguien la sacó de algún lado porque la busqué por todo Google y no la encontré, al menos tal cual, pero aplica lo mismo si estás de viaje simplemente o si te vas a vivir a otro país. Esa libertad se siente muy fuerte, cuando te ves con la posibilidad de ser una nueva persona sin que nadie te recuerde cómo te perciben ellos, cuando ves que ya no tenés una agenda cargada de compromisos por delante, cuando las nuevas relaciones no te condicionan tanto y te das cuenta de que si decís que no a un plan, nadie se ofende, nadie pide explicaciones, nadie insiste. Sos libre, no del todo, se entiende, pero sí mucho más libre.

Siempre que uno hace un cambio fuerte en su vida, hay repercusiones para bien y para mal. Estar lejos de la familia , los amigos y los lugares que hacían que nos relacionáramos con soltura no es fácil. Por eso le pedí a cinco argentinos, que viven en cuatro ciudades de Europa, que me cuenten un poco cómo les resulta ser extranjeros y conocer algo de sus vivencias como expatriados. Quizás, quienes no hayan pasado por la experiencia pueden usar los siguientes párrafos para entender qué implica y si lo que se imaginan se cumple o no.

Barcelona por Juan Irigoyen (38)

Sabía por otras experiencias de haber vivido en algunas ciudades europeas que se puede vivir mejor con menos, así que hace 8 años me mudé de Buenos Aires a Barcelona con mi mujer, que es catalana. Quería reinventarme profesionalmente y saberme sin la mirada o las opiniones de mi entorno. Eso me dio mucha libertad para hacer cambios en mi vida.

En lo social perdés el sentido de pertenencia hasta en las cosas chicas: a pesar de que hablamos el mismo idioma para relacionarnos, hay que aprender (o empezar a usar) palabras que en Argentina no se usan para hacerte entender mejor. Entonces cambiás subte por metro, remera por camiseta, diario por periódico. Cuando volvés a la Argentina de visita nunca falta el que te corrige cuando decís metro y te dicen que ya hablás como español y acá pasa al revés: te dicen que hablás como si hubieras salido hace dos días de Ezeiza.

Con respecto a lo social, la dinámica de grupo que hay allá, acá no se da, eso de charlar y gastarse con confianza o estar en una juntada con muchos amigos, no es usual. Los amigos son más de bar, charlas uno a uno. En el laburo tomé confianza con el tiempo y ahora, porque ya llevo años y me conocen, me siento cómodo, pero al principio me cuidaba porque la corrección política está muy instalada y no podía apelar al humor al que apelamos muchas veces en nuestro país para vincularnos con otros.

Renania del Norte por Agostina Rufolo (28)

En Alemania cuesta hacerse amigos pero una vez que sucede, muchos dicen que es para toda la vida
En Alemania cuesta hacerse amigos pero una vez que sucede, muchos dicen que es para toda la vida Crédito: Shutterstock

En Alemania si sabés hablar el idioma, estás en tu salsa, pero sin saberlo, se hace difícil. Ya viví en tres ciudades distintas de este país, ahora mismo en Renania del Norte y me cuesta sentirlo mi lugar. Planeo volver a Londres, primera ciudad a la que me mudé cuando me fui de la Argentina en 2016 porque lo sentí verdaderamente como mi casa. A muchos inmigrantes les pasa; me acuerdo que una vez un taxista turco me preguntó si me había hecho amigos alemanes. Yo tengo algunos porque los conocí a través de mi novio, a otros trabajando en una ONG. Pero él me decía que con los alemanes cuesta entrar; me contó que tiene amigos rusos, polacos, etc., pero alemanes no. A veces pienso que soy yo que no le estoy poniendo suficiente onda, pero después me encuentro con que a muchos les pasa lo mismo. Eso sí: dicen que una vez que te hacés amigo de un alemán, te lo hacés para siempre.

Berlín por Alejandro Simkievich (46)

Me fui de Buenos Aires en 1998 y viví en muchos lugares. En ese sentido, llegar a una nueva ciudad es algo que ya experimenté varias veces y eso facilita las cosas. Esta última mudanza, a Berlín, vinimos a instalarnos con mi esposa y nuestros chicos, que no hablaban el idioma; de hecho todavía están aprendiendo.

Si bien en Alemania en general me siento muy integrado porque ya viví varias veces acá, hablo el idioma de forma fluida y el pasaporte europeo me da derechos similares a los de los nativos, también siento que no soy nativo. No es algo que me hagan sentir, sino que yo siento. Calculo que era algo parecido a lo que le podía pasar a mi abuelo que llegó a Argentina con 17 años de Polonia. A pesar de que se adaptó, nunca perdió el acento al hablar español y por ese motivo las personas sabían que era extranjero. Creo que la primera generación muchas veces siente eso.

Barcelona por Andrea Carballo (36)

Del momento en que llegué no me acuerdo demasiado, sí que tengo registrado que al principio la ciudad me fascinó y que el tiempo estaba como en pausa para mí. Vine con un trabajo por corto tiempo y pensaba que enseguida iba a estar insertada, pero esa expectativa no se cumplió pronto porque los trámites de documentación son mucho más largos y complejos de lo que parecen.

Sé que esta idealizado vivir en otro país, pero después de un tiempo (ya llevo aquí ocho años) la vida es parecida a la que tenías, de alguna manera. Armé mi familia, me hice mi círculo íntimo, mis rutinas en Barcelona, pero nunca termino de estar preparada para "no estar" en Buenos Aires en momentos buenos o malos.

París por Thelma Contino (44)

Formar parte de las comunidades argentinas en el exterior es fundamental para el primer momento pero después conviene acercarse a locales para no perderse los códigos
Formar parte de las comunidades argentinas en el exterior es fundamental para el primer momento pero después conviene acercarse a locales para no perderse los códigos Crédito: Shutterstock

Lo primero que me impactó cuando me mudé a París hace seis años fue que los departamentos fueran tan chicos y los alquileres tan caros, y que vivir en un edificio sin ascensor, y subir 5 pisos por escalera todos los días, sea completamente corriente.

En el plano de las amistades se pone difícil al principio y lleva más tiempo de lo que parece posible, pero una vez ganada la confianza y el cariño, los franceses son amigos para toda la vida. Ser expatriado e interactuar solo con personas de tu propia nacionalidad no te permite integrarte realmente y aprender, más allá del idioma, los códigos internos y el lenguaje no verbal. La diversidad cultural, étnica y religiosa se traduce en una experiencia tan inesperada como enriquecedora. No es algo excepcional, sino parte de lo cotidiano y se da en el conjunto de la sociedad y en todos los ámbitos.

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