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Florece, que no es poco (más allá del calendario)

Fabiana Fondevila
Fabiana Fondevila PARA LA NACION
Crédito: Miriam-Pösz
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21 de septiembre de 2018  • 13:29

Y un buen día, el zorzal madruga más que nadie y estrena su canto de primavera. No necesita calendarios; el mundo le anunció la llegada del equinoccio hace rato. Las yemas de los árboles ya despuntan las primeras hojas. Las flores del diente de león alumbran como soles en cada esquina. Las ranas despiertan. Los nísperos maduran. Las torcazas aprontan sus nidos. El aire vuelve a pertenecerle al jazmín.

El llamado de la primavera es irresistible. Pasó el frío, pasó la oscuridad –parece decir-, la Tierra gira, seguimos vivos y el corazón se despereza. Aun con el país sumido en su enésima zozobra, la savia susurra su dulce aliento.

En esta eclosión de pujanza y vitalidad, es fácil olvidarnos de algo, un dato tan sencillo como incómodo: ni la más mínima parte de este renacer podría estar ocurriendo de no haber hecho el invierno, a tiempo y sin reparos, su trabajo impecable.

No nos gusta pensar en este aspecto de la vida. Amamos los nacimientos, los despertares, los floreceres de todo tipo. Abominamos los declives, los ocasos, los cierres de telón. Vemos a la muerte como un fracaso, una injusticia, casi una indignidad. Creamos conjuros para alejarla, distracciones para no pensarla, estrategias para derrotarla, como si, de ponernos todos de acuerdo, pudiésemos borrarla de la faz de la tierra, como hicimos con tantos predadores. No solo por miedo o angustia existencial; también porque pensamos que combatir a la muerte es celebrar la vida. "No entres dócilmente en esa buena noche, –exhortaba el poeta británico Dylan Thomas, a mitad del siglo XX-. Que al final del día debería la vejez arder y delirar; / Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz".

No hallaremos reflejos de este sentir en las tradiciones de sabiduría de Oriente. El budismo, el hinduismo y el jainismo se erigen sobre la idea de la impermanencia (palabra que, curiosamente, no recibe todavía el aval de la RAE, que en cambio supo hacer lugar para el término papichulo). El budismo considera al concepto de anicca ("impermanencia", em pali), una de las tres marcas fundantes de la experiencia, junto con la vivencia de dukkha (el sufrimiento, o dolor) y anatta (no-yo; la idea de que no existe un Yo permanente en cada individuo).

Para esta tradición de más de dos milenios, es una verdad esencial que todos los sucesos, físicos y mentales, emergen, se despliegan y desaparecen. Las prácticas contemplativas son instrumentos creados, en parte, para poder observar ese devenir, a la vez que recalamos en aquello que permanece constante por detrás de todo cambio: la conciencia.

Pero, aunque jamás hayamos meditado, la naturaleza se encarga de recordarnos a cada paso de la ciclicidad de todo lo que vive. En las yemas de los árboles que hoy eclosionan nacen al mismo tiempo las nuevas hojas y las cápsulas que portarán las futuras semillas. En seis meses las hojas caerán y abonarán la tierra, mientras que las cápsulas se abren para sembrar una nueva generación de retoños. La vida vive de la muerte. O vive de la vida, que es decir lo mismo. Y así es con los astros en el cielo, los peces en el océano, los insectos en el aire, las lombrices en sus túneles de barro. Y así, también, nuestra piel y nuestros huesos; nuestros pensamientos y nuestras emociones; nuestras dudas y nuestras certezas.

"La impermanencia es un principio de la armonía – dice la maestra y autora budista Pema Chödrön-. Cuando no luchamos contra ella, estamos en armonía con la realidad". Y aclara el monje vietnamita Thich Nhat Hanh: "No es la impermanencia la que nos hace sufrir. Lo que nos hace sufrir es querer que las cosas sean permanentes, cuando no lo son".

El hecho es que, enfurecidos y maldiciendo o serenos y agradecidos, todos moriremos a nuestro tiempo e iremos, como las hojas, a abonar nuevos nacimientos. ¿Es menos bella la vida por ser finita? ¿Lo es más aún?

"¿Ves esta copa?", pregunta Achaan Chaa, venerado maestro tailandés. "Para mí esta copa ya está rota. La disfruto; tomo de ella. Contiene mi agua de manera admirable, incluso a veces refleja el sol en bellos patrones. Si la golpeo, produce un sonido encantador. Pero cuando guardo mi copa en el estante y el viento la tira, o mi codo la roza y cae al piso y se hace añicos, digo: ‘Por supuesto’. Cuando entiendo que la copa ya está rota, cada momento con ella es preciosa".

No necesitamos pelearnos con la muerte para celebrar la vida. Y aunque hagamos lo posible por seguir aquí, entre los grillos y las madreselvas, podemos aspirar a vivir (lo que queda del día, de la estación, de la vida) ejercitándonos en el arte del soltar. ¿Cómo? Respirando profundo, haciendo pie en el corazón y procurando –como instruye Mary Oliver, la poeta del asombro- "amar lo que es mortal / abrazarlo // contra tus huesos sabiendo / que tu propia vida depende de ello; / y, cuando llegue el tiempo de dejarlo ir, / dejarlo ir."

¿Será este el saber secreto que lleva al zorzal a entonar serenatas en la oscuridad?

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