
Fondo y forma
El fondo y la forma? ¿La forma y el fondo? ¿Qué es lo primero? ¿Cuál de los dos factores es el más importante? Debates, peleas, polémicas, mesas redondas más o menos cuadradas y sesudos análisis no han aclarado esta cuestión.
A primera vista, la forma es la manera de introducir costumbres y usos en una sociedad. La forma indica, por ejemplo, que una familia tiene que tener una cabeza responsable que guíe y proteja a los integrantes más vulnerables del grupo, ya sea por poca o mucha edad, o por razones psicológicas o quebrantos físicos. Esa es la forma que ayuda a encontrar el fondo, que es la integración, la educación y la convivencia dentro del núcleo familiar, para trasladarlo con esos principios a una sociedad compuesta por otras familias con esos u otros cánones de conducta.
La forma de una novela, film u obra teatral es la anécdota que el autor quiere contar, y también el género o estilo elegido para narrar esa historia, y así el drama, la tragedia, la comedia, el musical, la ópera, el ballet o la historieta pueden contar lo mismo usando una “forma” diferente para llegar al “fondo”, o sea, el tema central a tratar, que puede ser, pongamos por caso, la guerra, el amor, la ambición, la venganza, la misericordia, la hipocresía o la corrupción política.
Fondo y forma aparecen indisolublemente unidos de manera tal que difícilmente puedan ser tratados como dos cosas diversas e inconexas.
Por lo tanto, si un país se dice democrático y tiene una Constitución basada en el respeto, en la igualdad ante la ley para todos los ciudadanos –cualquiera que sea su sexo, raza, religión, ideas políticas, condición social o poder adquisitivo–, se supone que todas estas cosas son el fondo y el basamento institucional sobre el que se asientan las formas, o sea, las leyes y ordenanzas específicas que reglamentan esos principios fundamentales. ¿Qué sentido ético, moral, político, tiene entonces la polémica ley de Bush que autoriza la tortura en los interrogatorios a supuestos terroristas so pretexto de que esos métodos repulsivos para cualquier demócrata de forma y de fondo son la única manera de prevenir nuevos atentados? Todos queremos la erradicación del terrorismo porque todos podemos ser probables víctimas, pero, ¿ésa es la forma? ¿Una forma que por una circunstancia eventual niega y anula el fondo sobre el cual se construyó una nación con todo lo que ello implica? ¿Y por casa? Si somos una democracia republicana y federal desde hace más de 150 años, ¿por qué nos parecemos más a una monarquía constitucional con muchos límites, absolutamente unitaria, y con figuras presidenciales absolutistas y personalistas que más que liderazgo quieren hegemonía? ¿Por qué las provincias tienen que mendigar al gobierno central (y esto viene ocurriendo desde que este gerente tiene uso de razón durante dictaduras, dictablandas, democracias, aristocracias, populismos, liberalismos y anarquías variadas) presupuestos para escuelas, hospitales y caminos cuya concreción depende siempre de mediáticos gobernadores con más demagogia que real acción social que, buscando la presidencia y usando fortunas personales, hacen obra provincial para que el voto popular los lleve a la Rosada, desde donde van a ejercer el autoritarismo centralista contradiciendo su origen y su prédica federalista? No son fantasmas ni sensaciones paranoicas; son los hechos que a lo largo de los últimos treinta años han enturbiado la historia nacional desde una continuidad democrática de la misma manera que, décadas atrás, lo hacían las dictaduras. Si la forma no es la concreción del fondo, jamás representará nada realmente útil y valedero. Si la forma es blablá de discurso en fecha patria, más que forma será formulismo hipócrita.
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El autor es actor y escritor







