
Dos hermanos se subieron a una camioneta Ford y salieron desde Los Ángeles para surfear todas las costas del Pacífico, hasta el sur de Chile. Diario de viaje de una aventura.
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1. Lo más difícil fue tomar la decisión. Decir: "vamos". Desde hacía mucho tiempo pensábamos agarrar un auto y bajar por las rutas, buscando olas para surfear, conocer gente y distintas culturas. Cuando nos pusimos de acuerdo, estábamos trabajando con mi hermano Julián en Los Ángeles. Yo volví a Buenos Aires y él se quedó allá. Fueron varios mails de ida y vuelta. Compró una Ford F 150, modelo 2001, 4x4, y yo conseguí algunos sponsors que nos dieron ropa. Finalmente, viajé para allá. Y con mil quinientos dólares que, sabíamos, no nos iban a alcanzar para mucho, el 8 de julio de 2010, arrancamos hacia la nada.
2. Salimos con poco. Una camioneta, un bidón con treinta litros de agua, siete tablas, dos bidones de nafta de repuesto, ningún mapa, dos sillas plegables, un cajón para la comida, dos cajones más para la ropa, muchas, pero muchas, bolsas, una parrilla, un juego de cubiertos, una cacerola y una sartén, una cocinita de nafta, carpa, bolsa de dormir, y nosotros, los hermanos Julián y Joaquín Azulay, viajando por Estados Unidos, México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Colombia, Galápagos (papá vino en Navidad con mamá y nos compraron los pasajes de avión), Ecuador, Perú, Chile y Argentina.
3. Cuando empezamos el viaje, yo tenía 23 años y mi hermano, 24. Pasaron 403 días. Ahora tenemos 25 y 24, pero eso no fue lo único que cambió. Aprendimos a descubrir lo que nos gusta. Aprendimos que estamos dispuestos a vivir lejos de la ciudad, con menos cosas, sin el bombardeo constante del marketing que te hace sentir que necesitás televisores, equipos de música, tarjetas de crédito y muchas otras cosas. Nos dimos cuenta de la libertad que uno puede conseguir si le interesa tenerla.
En Centroamérica, dejábamos la carpa a las cinco y cuarto de la mañana. Hacíamos mate o café instantáneo. Uno iba a surfear, el otro filmaba. Dos horas cada uno, todo el día en el agua.
Una buena pregunta es si se puede mantener esta vida durante mucho tiempo (el viaje duró un poco más de un año). Creo que no. Creo que, en ese caso, uno se aislaría demasiado.
Cuando llegábamos a un pequeño pueblo, después de días y días en el desierto, nos dábamos cuenta de que no soportábamos las bocinas, los ruidos fuertes ni la aceleración de la ciudad. Ojo: no somos hippies. Creo que hay que buscar un equilibrio: ni la soledad total ni el pantano de cemento.

4. En los 60, papá (Jorge Azulay), Daniel Gil y sus amigos arrancaron con el surf en Argentina. A la edad en que los chicos empiezan a aprender a leer, nosotros barrenábamos con la Morey Boogie. A los 9 años, ya surfeábamos.
A veces, cuando le preguntan lo que siente, papá se plantea cómo explicar una pasión. Suele quedarse sin palabras. A mí me pasa lo mismo.
5. Antes del viaje, cuando hablábamos con las empresas para que nos ayudaran, encontrábamos una misma respuesta: "¿Plata? No". Con suerte, algo de ropa.
Muchos piensan que los surfistas son unos vagos que están todo el día fumando porro debajo de una palmera. Para nosotros, el surf es mucho más que eso; es un estilo de vida.
Buscando sponsors, conseguimos trajes de baño, remeras y buzos. Pero en la playa, ¿cuánta ropa podés usar? ¿Tres remeras en un mes? Las usábamos un poco y después las vendíamos en algún pueblo. En las estaciones de servicio, cuando íbamos a cargar nafta, abríamos el baúl de la camioneta y exhibíamos la mercadería. O hacíamos como esos pibes que caminan y caminan por la arena con un baúl lleno de bikinis, así íbamos nosotros.
El problema es que los dos medimos uno ochenta y cinco. Nuestra ropa no le queda bien a nadie. Pero la costa mexicana tiene dos mil kilómetros de extensión y mil quinientos dólares no alcanzan para vivir tres meses, así que, a pesar de que allá todos son bastante petisos, diríamos achaparrados, vendíamos. A los pueblos no llegan las marcas y les encantaba tenerlas. Lo que les podía salir cincuenta dólares en un negocio de la ciudad, se lo vendíamos a diez. Les quedaba enorme, pero ellos se iban contentos y nosotros podíamos cubrir la nafta.
Trabajamos de cualquier cosa. Sin tener la más mínima idea de cómo se hacía, ayudamos a una mujer a pintar con cal una construcción enorme; nos sumergimos durante tres horas con tanques de oxígeno y limpiamos el casco de un barco; arreglamos tablas y las vendimos; sacamos fotos a turistas que surfeaban; llevamos a otros en la camioneta hasta playas alejadas; compramos hamacas en Nicaragua y las vendimos en Costa Rica; por diez dólares, le alquilé mi computadora a un australiano durante dos horas. No sólo fueron oficios, aprendimos a sobrevivir.
Duramos hasta agosto, en el sur de Chile. No teníamos plata, no había gente ni nada para vender y la vuelta se hizo inevitable.

6. Para ahorrar, intentábamos prender la cocinita lo menos posible. El tanque, de un litro, duraba una semana. Lo usábamos a la noche. Durante el día, en el desierto comíamos frío, pescábamos mucho. Buscábamos mejillones y caracoles en las rocas, los hervíamos o los cocinábamos en la parrilla.
Los pescadores, después de hablar un rato, nos regalaban pescados: langostas, atunes amarillos de ocho kilos. Al mediodía, ceviche; a la noche, la otra mitad a la parrilla. Heladera no teníamos, tampoco necesitábamos.
En América latina hay gente que no tiene luz ni agua potable. Viven en caseríos aislados con piso de tierra y buscan agua en un aljibe o un pozo común, pero al verte llegar preparan pescado. Capaz no tienen para comer al día siguiente: no importa. Hoy se pescó, comemos todos. No se pescó, no se come. Nos sorprendió el nivel de solidaridad que encontramos en la ruta.
Acampamos. Uno a la bolsa de dormir, el otro al auto. De 402 noches, sólo pasamos siete en hoteles. Quizá llegábamos a una ciudad, tarde, y nos decían que era peligroso. En Nicaragua, vivimos mucho en restaurantes. Eran seguros porque tenían un guardia que se quedaba toda la noche. Y, además, siempre había algo para la cena.

7. En un momento del viaje, decidimos viajar liviano. Porque cada cosa que sumás, pesa y ocupa lugar. Necesitás menos. Sólo la carpa y el auto. Ni luz. En la ciudad, si no tenés una linterna o una lamparita, estás a oscuras. En el campo o el desierto, ves igual. Te acostumbrás a pasar días, quizá semanas, sin una ducha de agua dulce. Lo que más molesta es la humedad y la sal en la cabeza, el pelo se vuelve nido.
Acá, abrís una canilla y el agua sale. En la ruta, las necesidades cambian. El agua te marca la ruta. Quizá pasábamos días y días manejando, sin ver a nadie, hasta llegar a una playa increíble, tras atravesar un desierto: el paraíso. Cuando se acababa el agua, había que volver. Racionábamos. Comíamos fideos con agua de mar. Saladísimos. Y era peor: nos daba más sed.
No le dábamos mucha bola a la comida. Estábamos haciendo lo que nos gustaba, aunque en las fotos, nos vemos ahora, estamos demasiado flacos. A veces, incluso nos sentíamos débiles. Entonces tratábamos de comer mejor, y buscábamos frutas y verduras.
Teníamos bolsas de arroz, comimos cactus, nopal, una especie de verdura extraña, sin demasiado gusto, comida al fin. Pero el agua, cuando se acababa el agua, no quedaba otra que volver.
8. Demoramos la salida de Los Ángeles porque estábamos esperando una cámara para filmar debajo del agua. Teníamos ganas de grabar varias escenas de un viaje que, sabíamos, seguramente no podríamos volver a hacer. Al principio, enfocábamos sólo las olas; luego, los paisajes. Y pensamos: ¿por qué no la gente, sus opiniones y sus charlas?
Decidimos hacer un documental y, luego de descartar lo que pensamos que no servía, conseguimos veinticinco horas de material. Cada toma, clasificada con nombre y país. Ya tenemos un hilo conductor, una voz en off. Le faltan retoques, sonidos, unirlo todo, pero la idea es que esté listo para abril. En diciembre de 2012, arrancamos otro viaje: por la costa argentina hasta el fin del mundo.

9. Me lastimé la cabeza. Cosas que pasan. Dolió un poco. Nada comparado con lo de Ecuador. Nos habían prestado una cabaña, una playa hermosa, con olas tremendas. Estábamos eufóricos. Salí del agua, contento, me puse a cebar mate. Estaba haciendo tortas fritas cuando le pegué con el brazo al mango de la sartén. El aceite hirviendo en el brazo, chorreando hacia abajo, transformando la piel de la rodilla en ampollas. Grité, como si sirviera para algo. Tres horas hasta el hospital local. Quemaduras de segundo grado. Un mes sin exposición al sol ni contacto con agua salada.
Para peor, mi hermano se había caído en la arena, fuerte. Tenía un enorme moretón sobre las costillas. Aunque no todo fue negativo: después de tantas pálidas, llegamos a Montañita, un pueblo muy turístico, donde pudimos trabajar bastante y juntar plata para seguir.

10. Definíamos adónde ir de acuerdo con lo que decía la gente, que muchas veces no sabe, pero ha escuchado y comenta. En México y Chile, después de días y días por lugares inhóspitos, encontramos playas aisladas, increíbles.
La costa, vacía; kilómetros y kilómetros de arena, sin más que el ruido del viento y olas furiosas que, incansables, estallaban contra la rompiente.
¿Dónde quedan? No puedo decirlo. Para surfear con gente está Malibú. Si descubrís una playa, tenés que guardarla, compartirla sólo con tus amigos, para que no se llene de gente.
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