Globo rojo: de adulta, un dibujo de 2do. grado la inspiró para patear el tablero
Aferrada a la escritura, encontró en el humor de las historietas su lugar en el mundo, y persiguió el sueño hasta que lo hizo realidad
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Respiró y exhaló hondo, como quien toma carrera para decir algo difícil. “Bueno, la nena está perfecta. Ya está totalmente fuera de peligro. No hay ninguna secuela física y en unos días ya puede hacer vida normal”, dijo el Jefe de Pediatría del Hospital Garrahan nervioso. “Eso sí. Le hicimos un análisis de sangre y el valor de optimismo se disparó a niveles desorbitados. Esto puede traerle algunas dificultades para adaptarse al mundo real. Lo que intento decirles es que el mundo no va a ser fácil para ella. Pero confío en que va a saber manejarlo. Llévenla a hacer alguna actividad artística, teatro, danza, canto, pintura, algo en qué canalizarlo, y va a estar todo bien. Ya puede volver a casa”. Feliz por la noticia, su padre bajó para comprarle un osito de peluche. Pero no lo consiguió y, en su lugar, la mimó con un globo, de color rojo.
Tenía 20 meses cuando una meningitis bacteriana puso en riesgo su vida. Los médicos pensaron que no iba a sobrevivir. Pero la vida tenía otros planes para Camila Levato. Criada en el barrio de Monte Castro, en la Ciudad de Buenos Aires, aunque no tiene registros de aquel traumático episodio, sí recuerda con claridad los días felices de su infancia. Acompañada por primos, tíos y abuelos, en su casa siempre sonaba la música y tenía libros.
“Cuando era muy chica después del almuerzo familiar infaltable de los domingos en lo de mi abuelo, agarraba el diario y leía las tiras. De chica escribía mucho pero no dibujaba, siempre quise ser escritora pero no me imaginé nunca que iba a terminar haciendo humor gráfico. En segundo grado empecé a hacer el dibujo de una nenita en palitos con un globo rojo, como garabato, al costado de los apuntes de las clases. Seguí dibujándola de grande hasta que me la tatué. El globo rojo siempre significó para mí el optimismo y esta idea de no perder los sueños de la infancia”.
La escritura era para ella, desde épocas tempranas, su cable a tierra, refugio y conexión con lo más profundo de su ser. “Recuerdo la alegría que me daba cuando en el colegio había dictado, o cuando nos pedían que escribiéramos una historia, un cuento o una poesía. Me volvía loca con la tarea y escribía sin parar. De adolescente estudié canto y escribía canciones, después empecé a adentrarme en el mundo de los cuentos. Siempre leí mucho y me fascinaba crear personajes e historias. Empecé estudiando publicidad con la idea de ser redactora publicitaria porque pensaba que eso me iba a dar mayor salida laboral y en paralelo estudié en talleres de escritura creativa. Ahí reconecté con la escritura de cuentos y volví a sentir la necesidad de escribir para vivir”.
Abrazar el cambio

Con esa formación, el deber ser, quizás también la presión social por seguir los caminos culturales ya trazados por y para las mujeres, la llevaron a trabajar tres años en diferentes agencias publicitarias. Corregía la ortografía de piezas de comunicación y escribía, cuando tenía suerte, algún que otro guión para comerciales de tele y radio. Cada vez que arrancaba en una agencia nueva tenía la expectativa de trabajar en campañas que le gustaran y escribir guiones y filmar. Pero las oportunidades reales fueron muy pocas, por momentos no había nada o muy poco para hacer y sentía que estaba desaprovechando su potencial e ideas. “Con mi dupla éramos dos mujeres y en esa época la mayoría de las personas que trabajaba en el sector de creatividad eran hombres. En la última agencia de hecho éramos las únicas mujeres contratadas como creativas. Notábamos las diferencias que había en cuanto a asignación de trabajos y de marcas, y el ambiente publicitario en sí era muy machista”.
El ritmo de trabajo era intenso y extenuante. La organización de la jornada laboral era prácticamente imposible. Entraba a trabajar a las diez de la mañana pero no sabía cuándo volvía a su casa. “Había fines de semana enteros que nos teníamos que clavar en la agencia y lo que más bronca me daba era saber que era por falta de organización y no de tiempo, por tareas que nos podrían haber dado antes”. Quedarse a trabajar hasta tarde estaba bien visto, era parte de la cultura publicitaria. “A los veinte tenés energía para eso, pero a medida que crecés y te das cuenta de que te estás perdiendo cosas con tus amigas y tu familia por un trabajo que ni siquiera te representa un desafío personal ni te llena de alguna manera, te empieza a sonar la alarma de que es hora de un cambio”.

No estaba instalada en el lugar de la queja, sino que busca ampliar sus horizontes, abrazar el cambio. “Amaba pensar ideas y proyectos, sentarme a escribir guiones. Tal vez si me hubieran dado mejores trabajos todavía seguiría trabajando como redactora en una agencia. Pero de pronto empecé a no tener ganas de ir a trabajar, sé que es lo que le pasa a la mayoría de la gente, pero hasta ese momento yo me levantaba con muchas ganas de ir a la agencia y un día eso dejó de suceder. Me sentía muy desmotivada, el trabajo que me daban era siempre el mismo, ya lo sabía hacer y se había vuelto rutinario, me pagaban muy, muy poco y, para rematar, un día mi jefe se fue de vacaciones y me dejó a cargo de una campaña para un aceite de autos”.
Fue la gota que rebalsó el vaso. Todo se dio rápidamente en esos días. “Una de las personas que tenía un cargo alto en la agencia me hizo presentarle el trabajo que había hecho. Cuando lo hice me maltrató, me dijo que ese era un trabajo para hombres, que yo no entendía nada, que tenía que escribir como los titulares de la revista. Acto seguido me mostró un aviso que había escrito yo. Lo que esa persona no sabía era que yo trabajaba para esa marca desde que había entrado a la agencia y sabía todo sobre ese aceite y sobre el cliente. Me dio mucha bronca e impotencia. Cuando fuimos finalmente a presentarle a la marca esta misma persona, mientras contaba las ideas y leía los titulares, me criticó frente al cliente y me volvió a subestimar en la reunión. Al cliente le encantó lo que yo había hecho. Esta persona en cuestión terminó dando vuelta el discurso. Ahí dije basta, yo acá no puedo seguir”.
Mientras duró el proceso, Camila Levato se había refugiado, una vez más, el la escritura. En los tiempos muertos de trabajo, y como no podía estar sentada en una silla haciendo nada, se puso a escribir. Fruto de su esfuerzo, en 2015 publicó las primeras tiras de un personaje al que bautizó Cami Camila. “La página que había creado hacía un tiempo por idea de una amiga y que tenía a la nena con el globo rojo como marca de identificación @camicamilain), empezó a crecer de un día para el otro, me empezaron a contactar las marcas y me di cuenta de que estaba trabajando para mí, haciendo algo que me apasionaba, cobrando muchísimo más y desde la comodidad de mi casa, con mis tiempos. Siempre digo que se me alinearon los planetas. Ahí dije me la juego, me voy, y renuncié”. Tenía 25 años y toda una carrera por delante.
El camino del globo rojo

La transición no fue fácil. Al principio le costó poner un corte a las horas de trabajo. Pero también le fue difícil entender que, por más que estaba apasionada por lo que hacía, tenía que aprender a administrar las horas del día. De otro modo, iba a terminar reclutada como en la agencia, pero en su casa. Tuvo suerte, reconoce a la distancia. Fue privilegiada desde el primer momento y nunca paró de trabajar. Organizarse en lo económico también fue un aprendizaje. Estaba acostumbrada a tener un ingreso fijo y cobrar siempre lo mismo. Pero una vez que se fui acomodando y empezó con proyectos personales pudo gestionarse el sueldo ella misma.
Cami Camila, el personaje de la tira que la hizo famosa entre un público que se mantiene fiel a sus producciones la llevó por caminos poco transitados para su historia personal. “Siempre intenté volcar a las tiras lo que fui aprendiendo en la vida. Detrás de un gran privilegio, que es trabajar de lo que me gusta y tener llegada a mucha gente, hay una gran responsabilidad y es un compromiso que asumí. Creo que lo que más aprendí es la cantidad de realidades diferentes que hay y lo importante que es ser consciente de eso. Aprendí a usar el humor y a las redes como dos grandes herramientas para mostrar mi manera de ver el mundo e intentar construir desde mis reflexiones, mis observaciones, mis propias contradicciones como mujer, escritora y humorista, y también desde la inclusión y el amor, y no desde el odio que a veces lamentablemente en las redes es un lugar común”.
Este año, además, la tomó por sorpresa. La firma Avon la convocó para formar parte de la campaña de lanzamiento de su nueva fragancia Herstory. “La representación en la publicidad es muy importante. Me hubiera encantado ser chiquita, caminar por la calle y encontrarme con una campaña como esta, con mujeres en las que identificarme y reconocerme. El humor en general y el gráfico en particular fue históricamente un rubro masculino, salvo algunas excepciones como la enorme Maitena o como Ale Lunik, pero eran las menos. Hoy no soy solo yo, somos muchísimas mujeres historietistas y humoristas en las redes y ojalá que para muchas chicas que seguro están teniendo los mismos miedos y dudas que tuve yo, mi historia y la de tantas otras las inspire para ir para adelante y que ocupen el espacio que quieran ocupar”.
En perspectiva, Camila asegura que con Cami Camila encontró su lugar en el mundo. Desde chica sintió que debía encontrar ese camino que aquel médico en el hospital había anunciado para ella. ¿O había sido simplemente un sueño demasiado parecido a lo que hoy era su realidad? “No tengo recuerdo para nada de ese episodio pero sí cuando me lo contaron de chiquita fue todo un tema para mí, me hizo pensar mucho en por qué me quedé acá y cuál era mi misión en la vida. De grande entendí que soy mi propio instrumento para encontrar la razón por la que estoy acá. Y no hace falta haber sobrevivido a algo para buscarlo, solo hace falta vivir”.
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