Grandes historias al ritmo de Rubén Rada

De múltiples personalidades artísticas, el uruguayo nunca se aleja de una plataforma ancestral: el candombe
De múltiples personalidades artísticas, el uruguayo nunca se aleja de una plataforma ancestral: el candombe Crédito: Juan Pablo Soler
Humphrey Inzillo
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22 de septiembre de 2019  

Cuando un médico acerca su estetoscopio al corazón de cualquier persona, lo que escucha es esto: lub-dub, lub-dub, lub-dub. Cuando el doctor ausculta a Rubén Rada , en cambio, lo que oye es: borocotó, borocotó, borocotó, ¡Chas! ¡Chas! El ritmo del candombe está (omni) presente en el ADN de este percusionista, cantante y compositor, uno de los artistas más emblemáticos de la música popular uruguaya, que el sábado próximo presentará su espectáculo Parte de la historia, en el teatro Ópera. Se trata de una mirada retrospectiva a su obra, centrada en El Kinto, Tótem y Opa, tres grupos que marcan la génesis, la explosión y la proyección al espacio sideral del candombe beat, el estilo que él inventó en su cruce mágico y maravilloso con Eduardo Mateo, a mediados de los 60. Desde entonces, Rada ha construido un repertorio ecléctico, diversificado a través de varios estilos, pero con una plataforma ancestral: el candombe.

"El candombe es algo que no tiene nada que ver con pensar. Es algo que está dentro de mí desde chiquito. Y me remite a mi familia: mi madre era prima lejana de los Silva. Y Juan Ángel Silva sacaba la comparsa Morenada. Y yo, ya de pequeño, salí con ellos. Tendría unos diez años, y gané el premio al mejor artista del carnaval cantando «No tengo ni zapatitos, tan pobre soy, me llaman este negrito de corazón». Y me apodaron Zapatito porque tenía diez años y calzaba 43. Un disparate. El candombe es algo que me sale fácil, que ni siquiera lo pienso. Y es más, cuando me pongo a analizar mis canciones, como por ejemplo "El rock de la calle", me doy cuenta de que, en el fondo, es un candombe. Aunque trate de llevarlo al rock & roll, todo lo que hago vuelve al candombe".

LA VIDA CIRCULAR. Se puede escuchar la charla con Rubén Rada y un repaso de las canciones de sus grupos El Kinto, Tótem, Opa y S.O.S., además de un adelanto exclusivo de su nuevo material, en un episodio especial de La vida circular, por la nación Podcast, conducido por el autor de esta entrevista.

Rubén Rada presentará el sábado próximo su espectáculo Parte de la historia, en el teatro Ópera.
Rubén Rada presentará el sábado próximo su espectáculo Parte de la historia, en el teatro Ópera. Crédito: Juan Pablo Soler

Distinguido en 2011 con un premio Grammy a la Excelencia Musical por la Academia Latina de Artes y Ciencias de la Grabación, Rubén Rada acaba de soplar 76 velitas y ostenta la misma energía y vitalidad que lo han acompañado toda su vida. Señalado por otro héroe uruguayo, Jaime Roos, como el mejor cantante de Iberoamérica, sus múltiples personalidades artísticas lo han posicionado como un artista transversal. A lo largo de su extensa carrera fue actor de cine, conductor de programas de televisión y, en ámbitos privados, se ha ganado una alta reputación como cocinero (sus chimichurris son legendarios). También fue el anfitrión montevideano de Mick Jagger, cuando llegó a la casa de su amigo Lobo Nuñez, otro gran músico y luthier del Barrio Sur. "Estábamos en lo del Lobo y supuestamente iba a caer Bernard Fowler, el corista de los Stones. Yo ya estaba cansado, me quería ir. Hasta que un poco después de la medianoche, golpean la puerta y aparece Bernard. Pero atrás suyo, venía Mick Jagger. Cuando lo vio el Lobo, le dijo: «Miguelito, bienvenido a mi cumpleaños». Jagger no entendía nada, pero lo abrazó. Tocamos 'Satisfaction' y el tipo estaba emocionado con el ritmo del candombe. El Lobo lo llevó para el fondo y le mostró dónde fabricaba los tambores, pero no sé en qué idioma le habló. Allá volvió el Lobo y Jagger pidió algo para tomar agua. Como no teníamos agua envasada para darle, el Lobo fue a la canilla del baño, sacó agua, le puso un poquito de hielo y Jagger se la tomó sin ningún problema. No le pasó nada. A la semana o a los quince días apareció un tipo que quería vender el agüita del Lobo. Increíble."

Alegre caballero

Para Rada, la música es un entretenimiento. "Dentro de la música clásica, mis favoritos son Ravel y Debbusy", dice. "Me gusta la palabra impresionismo. Me gusta cantar 'Georgia on My Mind' y que la gente llore como loca y de repente arranco con se come la mandanga. Quizá por eso me costó tanto llegar. La gente pensaba que era un payaso cantando 'Guantanamera', hasta que entendieron que no hay dónde colocarme. No hay una batea donde colocarme. Si vos tenés que comprar un disco de Rada en cualquier parte del mundo, ¿dónde lo buscás? ¿En Rock and roll? No sabés dónde ponerlo. Y nos pasó con Opa. Cuando grabamos con Opa en Estados Unidos, estábamos en Los Ángeles, fuimos a Tower Records a ver discos de Opa y buscamos por todos lados y no estaba en ninguno. ¿Dónde lo encontramos? En Jazz brasileño. ¿Sabés por qué? Porque estaban Airto Moreira y Flora Purim. No teníamos lugar, hasta que apareció el término World Music, que es lo que nosotros hacemos: música del mundo."

Crédito: Juan Pablo Soler

-¿Qué lugar ocupan El Kinto, Tótem y Opa en tu vida?

-Siempre digo que lo más importante de mi obra no es mi carrera solista de Rada, sino la de Kinto, Tótem y Opa. También, proyectos como La Banda, S.O.S., Confidence y todos los grupos en los que estuve, porque ahí me ciño a los compañeros y con la ayuda de ellos logro discos mucho más serios. Todos mis discos generan una confusión total: es como un engaño al público. Eso sentían muchos rockeros, por ejemplo, que esperaban un disco de rock y se encontraban con algo distinto. Yo toco músicas del mundo, como Wayne Shorter, como Milton Nascimento, como Egberto Gismonti, como Astor Piazzolla. A Piazzolla no lo consideraban tango, pero para mí era un tanguero maravilloso, que estaba dentro de la World Music. Es muy importante para mí lo que hice en esta carrera; y con la ayuda de ellos, de Hugo Fattoruso, de Eduardo Mateo, de todos los integrantes de Opa, logré aprender un montón de cosas. Yo nunca estudié música, estudié a los músicos.

-Con Mateo se conocieron por la calle, inventaron sin querer el candombe beat - cruzando la tradición afro de Montevideo con el sonido global de los Beatles- y, además, se hicieron hermanos. ¿Cómo lo recordás ahora?

-Yo recuerdo al Mateo persona. Nosotros festejábamos nuestros cumpleaños con pan y mortadela: no teníamos un mango. Durante tres o cuatro años, nos juntábamos en su casa a componer canciones. Nos pasábamos todo el día así. Pero no teníamos ni lápiz, ni papel, ni grabador. Así que cuando al día siguiente volvía a su casa y le decía "Mateo, ¿cantamos la canción que hicimos ayer?", ninguno de los dos se la acordaba. Entonces, hacíamos una nueva. Hemos compuesto más de cien canciones. Y quedaron grabadas, con suerte, treinta canciones de El Kinto. Y que hayamos hecho juntos deben ser siete u ocho, nada más. Después, me fui a trabajar a Perú con el tecladista Mike Dogliotti y cuando volví, en 1969, pasé por el teatro El Galpón y Horacio Buscaglia me invitó a cantar una canción. Esa tarde fui a la Rambla y compuse "Las Manzanas", que fue la canción más importante que hice en mi vida. A mí me nombran otra, como "Montevideo" o "Biafra", y yo pienso en Chico Novarro. Él hizo millones de temas increíbles, pero en las notas jamás habla de "El orangután". Y yo, igual que un montón de otra gente, lo conocí a él por esa canción. Y eso para mí es muy importante.

-O sea que le debés tu mejor canción a Horacio Corto Buscaglia, el papá de Martín y de Paolo.

-¿El Corto? Lo más grande. Tenía un talento increíble, un luchador, un creador de cosas locas. Entre tema y tema, el tipo contaba historias loquísimas. Decía cualquier disparate: fue periodista, escritor, publicista, director de teatro. En los últimos años me acompañó haciendo Rada para niños. Él fue el que me dijo: "Rada, los niños necesitan que vos les cantes". Y yo le dije: "No, les tengo terror a los niños. Los amo, pero sé que a los niños, cuando no les gusta algo, se ponen a llorar, gritan. No me quiero meter con los niños". Pero él me enseñó, porque traía la experiencia de Canciones para no dormir la siesta, un grupo bárbaro y muy exitoso. Entonces armamos un superhéroe que atacaba a los malos, con cohetes. Todos los niños cantaban, hacían ruido de flatulencias y se divertían como locos. Y nosotros también nos divertíamos como locos. El Corto fue algo increíble, gran amigo de Mateo; juntos hicieron "Príncipe azul", el tema más famoso de El Kinto. Se lo extraña horriblemente.

Crédito: Juan Pablo Soler

-Antes de El Kinto, fuiste integrante de los Hot Blowers, una banda de jazz que también incursionaba en el rock. Supongo que también habrá sido una gran escuela.

-Claro, me enseñaron muchísimo. Me enseñaron muchísimo Bachicha [Lencina, trompetista], Cacho de la Cruz. También tocaron Hugo y Osvaldo, antes de armar Los Shakers. El pianista Pelo De Boni y otra cantidad de músicos increíbles. Ahí fue donde aprendí a escuchar la música, porque ahí fue donde Hugo me preguntó: "Radita, ¿qué está haciendo el bajo?". Hasta ese momento, cuando escuchaba música, solo le daba bola al cantante, al trompetista o al saxofonista. Escuchaba al solista. No sabía escuchar lo que hacían el baterista o el bajista. Ahí aprendí a separar a los músicos, a entender qué estaba haciendo cada uno. Mucha gente escucha una canción, le encanta, pero no escucha qué están haciendo los músicos o qué hace la guitarra, o si es un contrapunto con el bajo, con el piano. Ahí aprendí a escuchar a los músicos y a disfrutar.

-También tuvieron momentos muy divertidos...

-Hubo una gira por Chile que fue increíble. Bueno, nosotros éramos unos ignorantes totales. Pasamos por Antofagasta y nos metimos en el desierto de Atacama, donde están las minas de Chuquicamata. Cuestión que caminando por el desierto pateamos un cráneo. Como el clima es tan seco, estaba el cráneo con piel y todo. Lo levantamos, como si fuera una broma, y lo subimos a la camioneta. Y a las cuatro o cinco horas empezó a oler terrible, porque lo habíamos sacado de su hábitat. Entonces, lo envolvimos y lo llevamos al hotel. Lo pusimos en la mesita de luz, con una vela al lado y, cuando entraba la señora que limpiaba, le decíamos: "Por favor, dale de comer, este muchacho se murió porque la novia lo dejó, y por lo menos queremos llevar el cráneo a Montevideo". Cualquier cosa, era un desastre. Me da vergüenza contarlo. Pero en ese momento nos divertimos mucho. Después, cuando salimos del país, leímos en un diario chileno que andaban buscando a unos profanadores de tumbas. Podíamos haber ido en cana para toda la vida.

-¿Recordás alguna otra gira memorable?

-Con S.O.S. trabajamos en un crucero que llegaba a la Antártida. Maravilloso. Me reí tanto. Por ejemplo, cada diez días cambiaba el contingente y se llenaba de mujeres increíbles. Mujeres casadas que llegaban al barco con su marido y, a los tres días, se separaban. Entre los marineros, el capitán y el mar, se volvían locas. Nosotros estábamos ahí tocando y cuando pasábamos por el Cabo de Hornos, el trompetista, Gustavo Bergalli, se ponía a vomitar. Entonces con el resto de la banda nos juntábamos al lado de la cama y le decíamos: "Loco, mirá, escuchame, bajate, no queremos trabajar más contigo porque vivís vomitando, estás robando la plata". Y él decía: "No sean malos, somos amigos". Y lloraba. Pero cuando se despertaba y estaba bien, arrasaba con todo. El saxofonista, Finito Bingert, jugaba al ping-pong con nenes de diez años y se enojaba cuando perdía. Y a mí, en un barco que estaba lleno de comida, se me dio por hacer régimen y adelgacé como 15 kilos. En la Antártida, a la gente le decía: "Cuando estén perdidos, búsquenme a mí que soy el punto más claro acá".

Crédito: Juan Pablo Soler

-Musicalmente, también fue una gran etapa S.O.S.

-Fue maravilloso. Yo estaba en Montevideo y me fue a buscar Finito Bingert. Estaba armando una banda y me vine para acá, y compuse la mayoría de los temas. Esta banda les arrancaba la cabeza a todos, era tremenda. Y las compañías no querían saber nada con eso, como siempre, ¿no? No era comercial el disco, y bueno, un día tocando en el Sheraton, baja Tom Jones y me quiere llevar a cantar con él. Era 1973. Le dije que no, que me encantaría, pero que no podía, porque con esta banda estaba haciendo mi música, que era un honor que tremendos músicos le dedicaran tiempo a mi música, y que estaba por salir el disco, que no podía ir. Siempre que aparecía algo así importante, no podía irme. Ahí surgió lo del crucero y fuimos dos meses. Antes de subir al barco me dieron tres mil dólares y se los di a una novia que yo tenía. No la vi nunca más. Nos morimos de frío, pero nos reímos como locos. Y ahí compuse "African Bird".

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