
Fue un exitazo como bañero loco, pero quiso cambiar de rumbo y, desde hace una década, busca papeles alejados de la comedia. Miradas y gestos de un actor versátil
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El combo lleva pasión, abnegación y ojos celestes. También calle, claro, y un atorrantismo dúctil que se expande o se repliega de acuerdo con lo que la ocasión pida. Hay talento, cómo no, y una capacidad histriónica -que se manifiesta, sobre todo, en la motricidad fina- que lo fueron convirtiendo, gracias a los papeles que interpretó en la TV, en un consumo cultural casi folclórico de los hogares argentinos, como la milanesa, el vino tinto o la aspirina.
Bermudas blancas, remera gris, mocasines, Guillermo Francella y su sonrisa ingresan en el bar, saludan a las mozas, al encargado, extienden la mano. No es alto (1,75), tiene una contextura normal y parece desprender un optimismo innato inapelable, un hálito de energía que podría explicarse por su condición de artista reconocido o exitoso, pero que en rigor parece provenir de un tiempo anterior, como si en esa cualidad se hubiese sostenido parte de su historia.
A punto de cumplir 59 años y con el estreno reciente de El misterio de la felicidad (dirigida por Daniel Burman y con el regreso de Inés Estévez a la actuación), Francella volvió a sacudir las boleterías vernáculas. Ya lo había hecho el año pasado con Corazón de león y, tiempo atrás, con Papá es un ídolo , Rudo y Cursi y, casi en la prehistoria, con toda la saga de bañeros y extermineitors del mundo.
En todas ellas, lo que siempre queda claro, a lo largo de los años, es que hay un registro Francella, una chispa tierna en su mirada que lo acompaña siempre, incluso en papeles antagónicos. Porque aún en sus personajes más apagados o infelices -sean perdedores o gente común-, Francella maneja cierta vulnerabilidad simpática que provoca complicidad en el espectador. Su personaje de quiebre fue el taciturno y fiel Pablo Sandoval en El secreto de sus ojos ("Un papel hermoso que disfruté mucho"), y la confirmación de ese nuevo registro, el de Juan Marziano en Los Marziano (Ana Katz), un loser crepuscular y suburbano que funcionó como la contracara perfecta de su hermano Juan, un arrogante médico exitoso interpretado por Arturo Puig.
Antes -y también después-, Francella fue, salvando las distancias, el Olmedo del siglo XXI. La comparación podría sostenerse en la capacidad para hacer divertir a las masas, en esa condición a veces resbaladiza de ser un cómico popular. Pero va más allá de eso. Está amparada en el modo de construir el humor, en su fórmula para hacer reír no desde el discurso sino desde la gestualidad, ya sea levantando una ceja -o ambas-, agrandando los ojos, desplazando los labios o mirando a cámara con cara de perro mojado. No es una herramienta nueva, claro. Al fin y al cabo, desde Jerry Lewis hasta Jim Carrey -por nombrar dos colosos de la era color- se han convertido en leyenda gracias a la teatralidad de sus miradas y gestos.

Esa aptitud queda de manifiesto no bien Francella se sienta a conversar, porque mientras escucha una pregunta, uno puede observar cómo su rostro va mutando, incluso varias veces en segundos. Es notable, pero así ocurre: como el efecto de las olas humanas en las tribunas, sus músculos se mueven -desplazan- según el vaivén de las palabras de su interlocutor, los ojos se achinan, se clavan, las cejas se arquean o se trepan por la frente. Su cara es un parque de diversiones. Un manantial de expresiones.
Nacido en Beccar, Francella supo que quería ser actor desde el secundario. Pero a diferencia de lo que les ocurre a muchos aspirantes, nunca creyó que su vocación pudiera verse amenazada, o contaminarse, si en el trayecto debía emplearse en otras profesiones. "Yo siempre quise tener mi autito, mi plata, y no me importaba trabajar de otra cosa para lograrlo. Mis compañeros, no; ellos, si no trabajaban de actores, no querían nada. La verdad, eran medio vagos".
Agreguemos, entonces, una buena dosis de pragmatismo en el combo Francella.
Como ocurre con la historia, la partera de todo esto no fue la comedia, sino la violencia. Porque su primer papel recordable fue el de un advenedizo e inescrupuloso empleado de una financiera cuya tarea era proteger, a punta de pistola y amenazas, los desaguisados del protagonista, Claudio García Satur. Era Historia de un trepador, por Canal 13, y el papel de Francella creció tanto a lo largo de la serie que terminó siendo muy ominoso como capital para el éxito del unitario. "No estaba escrito de antemano en los libros, pero como veían que cada vez funcionaba más, al tipo lo hacían peor y peor".
Para esa época, a mediados de los ochenta, se puso en la piel de un diputado -lo de la piel no es ocioso: el tipo no andaba muy vestido en la película-, en uno de los filmes emblemáticos de lo que entonces se llamó "el destape", una pieza de humor un tanto adocenada y picante que funcionó como combustible de la testosterona de toda una generación: El telo y la tele.
Tanto en cine como en TV, Francella finalizó los ochenta con interpretaciones del mismo calibre que las de la década siguiente. Papeles cómicos que no guardaban en la sutileza o en la inspiración poética su mayor virtud, sino que fueron roles en los que le sacó lustre a su veta de humorista del costumbrismo. Los pilotos más locos del mundo, Bañeros II, la playa loca, Los extermineitors, De carne somos, Brigada cola, y una larga lista de trabajos sostenidos en el doble sentido y cierta erótica elemental le brindaron el estatus de capocómico nacional. Había alcanzado la fama, holgura económica, el cariño del público. Pero faltaba.
En su interior rumiaba un inconformismo que tenía que ver con su formación genuina: Francella, originalmente, no quería ser un cómico. Francella se hizo cómico porque las circunstancias así se desarrollaron, porque los papeles que fueron apareciendo se lo pedían y porque, evidentemente, él tenía -tiene- una facilidad enorme para hacer eso. No es que no le haya gustado hacer de cómico, sino que se le dio. Se había formado como actor y su intención siempre fue hacer distintos roles y ser alguien lo suficientemente versátil como para conmover desde la emoción y la sensibilidad de sus personajes, sea cual fuere el género. Por eso, mientras él volvía a hacer historia en la televisión gracias a Casados con hijos ( "Una experiencia bárbara, una química increíble que tuvimos entre todos. Los chicos, Florencia, el resto… Bárbaro, bárbaro…" ), iba germinando la idea del salto. El cambio fue gradual, y buscado.
"En los últimos diez años -cuenta, mientras pide un café y un agua-, me han pasado cosas hermosas, deseadas también por mí. Hice trabajos diferentes. Hice comedias musicales en teatro, otro tipo de películas. Desde el 2000, hace catorce años, digamos, hice un cambio, empecé a virar".
Brando: El panorama se abrió y apareció una paleta de colores distinta. ¿Tiene que ver con una suma de factores?
Francella: Con mi búsqueda. Sabía que muchos directores hablaban muy bien de mi trabajo, pero no me convocaban. Y a raíz de una convocatoria masiva para una audición que hizo Alfredo Cuarón (Rudo y Cursi), la cosa se abrió. En ese momento, hice un casting del que participaron decenas de actores de toda América latina, y quedé. Eso me dio la pauta de que por ahí podía ir. Y luego me empezaron a llamar. Juan [Campanella], Ana Katz, Eduard Cortés, Marcos Carnevale y ahora Daniel Burman.
Brando: ¿Hay algo en vos que reniegue de los papeles que hiciste?
Francella: No, porque en cada etapa de mi vida me dio felicidad. Lo cómico, por ejemplo, fue algo muy lindo porque eran películas destinadas a un público más joven. Bañeros, Los extermineitors sé lo que significaron, fue algo muy fuerte. Y me encantaban porque me reía mucho con Emilio [Disi]. Fue una etapa y después empezó otra línea, con otra profundidad: Un argentino en Nueva York, Papá es un ídolo, Un día en el paraíso. Y después las películas más recientes. Son etapas. En un momento, me vi bailando y cantando con Pinti en Los productores, en El joven Frankenstein. Son dos comedias extraordinarias que nunca me imaginé hacer. Después, La cena de los tontos con Adrián [Suar] me encantó. Todo tiene que ver con etapas de tu vida. A medida que pasaban los años me sentía medio gagá. Decía: "Ya está, basta. No voy a volver a hacer el tipo que corre minas por la calle". Me parecía patético, entonces también me empezó a gustar e interesar que algunos personajes tuvieran más profundidad.

Cuando habla, Francella muestra la simpleza de Beccar en las palabras: no hay alardes ni metáforas, pero sí hay un entendimiento profundo de su realidad, como si desde hace un tiempo largo, habitase en él la sospecha de que por más que algo funcione, por más que asegure el éxito, si no está acompañado de satisfacción y plenitud, es mejor revisarlo. Como si hiciera propia aquella frase que afirma que "el confort nos debilita". Repetir una fórmula nos puede llevar al agotamiento y al encasillamiento, que es una suerte de cárcel de oro para el artista.
Brando: Hay carreras en las que pasa a ser más importante el personaje que interpretás que el actor en sí. Es como el tipo que hizo la serie Batman para la televisión, o el que hizo de Tarzán.
Francella: Claro, lo ves de golpe haciendo de policía y decís: "¡Es Tarzán!". Yo también creo eso, por eso me corrí, cambié la careta. Ojo, me podría haber salido como el orto. Pero bueno, lo hice. La verdad es que yo me la paso viendo cine. Me gusta mucho y trato siempre de desentrañar enseñanzas diferentes de los papeles. Eso me ayudó. Me gusta mucho el cine europeo, mucho más que el americano. El cine francés, el alemán, el italiano, ni hablar.
Brando: ¿Eso fue parte de tu formación?
Francella: Absolutamente, eso fue lo que yo consumí. Ettore Scola, Luchino Visconti, Vittorio De Sica, Michelangelo Antonioni, Giuseppe De Santis, Pietro Germi, esos fueron los que a mí me marcaron. También me gustaba el humor de Peter Sellers, que era la antítesis del humor italiano. Su economía de recursos.
Brando: En ese sentido me imagino que te criaste en una época dorada en donde había un cine muy popular, con comicidad, con contenido social, más interesante.
Francella: Seguro, era un cine que me encantaba. Películas como Feos, sucios y malos, y todo el neorrealismo italiano.
Brando: Volvamos a tus películas. En El secreto de sus ojos hay una absoluta transformación. Casi no hay ningún guiño de lo que vos habías hecho.
Francella: Sí, no hay absolutamente nada. Un papel precioso.
Brando: En tu última película ( El misterio de la felicidad, en la que compone al propietario de un local cuyo socio desaparece), pareciera querer responderse una pregunta que nos hacemos todos: "¿Qué habría sido si…?".
Francella: "¿Qué habría sido…?". Es muy linda esa frase. Qué habría sido si yo no hubiese estudiado teatro, por ejemplo, o si a esa chica no la hubiera dejado, o cuando me ofrecieron ese trabajo, por qué dije que no? Bueno, el tipo este es "¿qué habría sido si…?".
Brando: En Corazón de león, tu película anterior, tu personaje mide 1,36. ¿Qué querías demostrar? ¿Querías hablar de los prejuicios?
Francella: Sí, hablaba de los mandatos sociales, paternos, maternos, de la legislación, de la mirada de los otros, de la ironía. De todo, del destino. Que hay veces que te enamorás de alguien distinto.

Brando: Es interesante porque aparece esta cuestión de que todo lo que se sale un poco del formato de lo que está aceptado socialmente incomoda, genera preguntas. Lo relaciono con una frase inquietante del escritor Fabián Casas que dice que el tipo común, el de barrio, es de derecha, pero no de derecha ideológica, sino que es conservador. Que lo distinto lo incomoda, lo pone nervioso, tiene que ver con que todo lo que se sale de esa lógica incomoda.
Francella: Tiene razón. Hay algo en la gente que es así, al común denominador de las personas los asusta.
Brando: ¿Llegás a dimensionar lo que significa que una película la vean más de dos millones de personas? ¿Vos te das cuenta de lo que significa eso?
Francella: Es algo muy grande. Yo, gracias a Dios, tuve varias películas que llevaron mucha gente. A Un argentino en Nueva York la vieron 1.650.000 espectadores; a Papá se volvió loco, 1.670.00; a Papá es un ídolo, 1.430.000; a Corazón de león, 1.720.000. Y El secreto de sus ojos llevó 2.500.000 personas al cine.
¿Qué significa más de un millón de espectadores en el cine? Yyyyy, es mucho. Además, ahí no solo se nota que la vio todo el mundo, sino que la han visto más de una vez. Lo que ayuda es el boca en boca, y va a verla gente que no suele ir al cine.
Brando: Lo del Oscar en el caso de El secreto de sus ojos, además, se vivió casi como un Mundial de fútbol. Primero la preselección, después la selección, después la final…
Francella: Sí, y fue hermoso. Acá, primero hubo una eclosión. Adonde fuera, la película estaba. Y tuve la suerte de poder ir a Hollywood, de subir al escenario. Eso no me lo olvido jamás. Fue maravilloso.
Brando: ¿Ahí sentiste algo especial? Esas cosas que se dicen: ¿te pasó un poco la vida por delante de tus ojos?
Francella: Sí, todo. De hecho, me preguntaban si alguna vez había soñado con eso, y sí, toda la vida. Desde chiquito que veía la ceremonia y me quedaba viéndola, en febrero, en casa. Y lo veía tan pero tan lejano llegar ahí… Y se dio y, encima, se dio con una película divina y con un personaje maravilloso. Así que fue hiper, hipersignificativo para mí.
De Beccar a Hollywood: ese fue el viaje de este hombre sencillo cuyo pulso vital, luego de un período largo de flotar cómodo en las aguas de la comicidad, pareciera ponerlo en estado de movilidad permanente. Un hombre que, al menos aquí y ahora, no parece albergar ínfulas de estrella, un hombre que, mientras moja una galletita en su café, mientras se interesa por el origen colombiano de la moza que nos atiende, mientras habla de su hijo actor, del país contradictorio y encrespado en el que vivimos, mientras menciona que a muchos chicos les falta pasión o coraje para llegar, mira por la ventana y, como desmenuzándose, confiesa: "Todo esto me llena de felicidad. Vivo de lo que amo y eso es muy movilizante. Y busco ser productivo siempre, porque todo esto es de un cosquilleo y de una emoción… Yo nunca vivo nada de paso. Soy humilde y eso es lo que hace que a mí nunca se me enerve la pasión. Y me llena de felicidad. Cuando amás lo que hacés, te genera esto de lo que estamos hablando".
Brando: Como que el combustible de la pasión es simplemente el hecho de saber desarrollarla.
Francella: Exactamente. ¿Estamos?






