Hombres bien vestidos

En términos de elegancia, Adolf Loos admira a los ingleses. Dice que se ríen de la obsesión de los alemanes por lo bello. Una pintura de Boticcelli es bella. Pero, ¿un par de pantalones?
Cecilia Absatz
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4 de mayo de 2014  

Adolf Loos fue un arquitecto nacido en Viena hacia fines del siglo XIX. En pleno auge de la corriente Arte Nouveau, Loos se caracterizó por un estilo radicalmente austero puesto que deploraba los adornos. De hecho escribió un libro llamado nada menos que Ornamento y delito, donde afirmaba: "El ornamento no es sólo un símbolo de un tiempo ya pasado. Es un signo de degeneración estética y moral". Pero más allá de su filosofía arquitectónica –que influenció, entre otros, a Le Corbusier– era un hombre de un gusto exquisito y prestó especial atención a la ropa. Otro de sus libros se llama Por qué un hombre debe estar bien vestido, con ideas tan modernas y provocativas que Google, tal vez inadvertidamente, las reproduce hoy mismo. Observa por ejemplo la forma en que se visten los vagabundos, y la define como la vestimenta primitiva: los vagabundos en Tigris, Chicago, China y Ciudad del Cabo, dice, van vestidos todos del mismo modo, el mismo uniforme que usaba el mendigo en los tiempos de Semíramis y actualmente –1908– el de algún condado del estado de Nueva York. Y en Google, unas semanas atrás, se viralizó la imagen de un vagabundo cuya ancestral elegancia inspiró varias colecciones de marca en Europa.

Loos es condescendiente con lo folklórico: es ropa que se estacionó en una forma particular y dejó de evolucionar. Esto es siempre una señal, dice, de que la gente que la usa ha perdido toda esperanza de mejorar su situación. Es la representación última de la resignación. Se refiere a los campesinos: según él, las máquinas y la industria mejoraron su aspecto pero sólo en lo exterior. En lo interior, señala, el campesino sigue sintiéndose inferior al hombre de ciudad, que fue su amo y patrón durante siglos: un sistema de castas que tomará más tiempo derogar.

En términos de elegancia, Loos admira especialmente a los ingleses. Dice que se ríen de la obsesión de los alemanes por lo bello. La Venus de Medici, el Panteón, una pintura de Boticcelli son bellos. Pero, ¿un par de pantalones? Los alemanes de clase alta se parecen a los ingleses: la cuestión es estar bien vestido, la belleza no forma parte de la ecuación.

En cuanto a lo moderno, Loos afirma: Una prenda de vestir es moderna cuando es posible usarla dondequiera y no provoca una indeseada atención. Por este mismo camino aflora su profundo desprecio por el dandy. Un dandy es una persona que utiliza la ropa con un solo propósito: sobresalir entre la multitud. Y niega terminantemente que sean los dandies quienes establecen la tendencia de la moda. Es un honor que no merecen: el sentido de la moda de un dandy ni siquiera es moderno. Él usa lo que los demás creen que es moderno.

Como es lógico en cualquier persona elegante, Loos se ocupa especialmente de los zapatos. Los fabricantes de zapatos, aclara, observan los pies de las clases dominantes. Los caballeros de la Edad Media, por ejemplo, pasaban la mayor parte del tiempo a caballo: por lo tanto tenían los pies más pequeños que el hombre común. El pie pequeño, entonces, era lo moderno. Cuando aparece el burgués de tierra como clase poderosa, se pone de moda el pie grueso del patricio con su andar relajado. El paso del tiempo cambiará incluso la manera de caminar. Las civilizaciones más avanzadas, dice Loos, caminan más rápidamente. En Nueva York, por ejemplo, uno siempre tiene la sensación de que hubo un accidente en alguna parte.

Aunque se enorgullece de su generoso guardarropas, Loos defiende la frugalidad: tanto en la ropa como en los muebles desconfía de "la renovación" y pone el énfasis en la nobleza de los materiales. Una idea, en realidad, que podría aplicarse prácticamente a todo lo demás.

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