“I want to be your china”. La producción millonaria de Hollywood en la Argentina que terminó documentando el funeral de Evita
Directores, guionistas y actores de primera línea de la meca del cine estuvieron en 1951 en el país para realizar una película que contaba, en inglés y en technicolor, una historia con reminiscencias al Martín Fierro
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En 1951 se filmó en la Argentina una ostentosa superproducción de Hollywood en technicolor. Se llamó El camino del gaucho (Way of a gaucho). La película no solo reunía en el país a artistas de primera línea de la meca del cine, sino que, además, buscaba reflejar una historia relacionada con ese emblemático hombre de nuestras pampas que ilustraba su título.
La 20th Century Fox fue la productora que realizó esta ambiciosa apuesta. Pero las razones no fueron meramente artísticas. La política económica del entonces presidente Juan Domingo Perón tuvo que ver con la necesidad de la compañía cinematográfica de filmar aquí.

La política también influyó en la preparación del filme. El ministro de propaganda del peronismo, Raúl Apold, metió mano en los guiones y la producción.
El resultado fue una película costosa y extraña, con escenas muy bien logradas, un gran despliegue de extras, algunos diálogos involuntariamente cómicos y un destino que ninguna película busca: el olvido.
La estadía de los técnicos norteamericanos en el país sirvió para un propósito periférico pero fundamental. En 1952 ellos fueron los que documentaron, en technicolor y para la posteridad, un episodio trascendente de la historia argentina del siglo XX.

Reminiscencias del Martín Fierro y un elenco sólido
El camino del gaucho está basada en un libro homónimo de Herbert Childs, un viajero estadounidense que pasó varios años en la Patagonia argentina. Sin embargo, el argumento también tiene alguna reminiscencia del Martín Fierro, el clásico de José Hernández.
El protagonista es un gaucho que, casualmente, se llama Martín. De apellido, Peñalosa. En un duelo con facones en el que se trenza contra un pendenciero que insultó su honor, el personaje central mata a su adversario.
Para que pueda eludir la prisión, las autoridades le ofrecen al gaucho ingresar al ejército, pero él no resiste el régimen estricto de la milicia y escapa del fortín. Entre sus tantas aventuras en la huida, Martín salva a Teresa, una mujer de clase patricia, que estaba cautiva de los indios.

El enemigo del prófugo será el comandante Salinas, que lo va a perseguir a sol y a sombra. En uno de los enfrentamientos, el gaucho deja manco al militar, que se encarniza aún más en atraparlo.
Para la realización de esta aventura de cowboys criollos, Fox contrató a un director de origen francés, Jacques Tourneur, reconocido por sus obras del llamado cine clase B. Para el papel de Martín Peñalosa se habló de Tyrone Power y Gregory Peck. Pero el elegido fue Rory Calhoun, un actor con pasado de boxeador y ladrón de autos —pasó tres años en prisión— que había trabajado en varios westerns en los 40, aunque sin alcanzar roles protagónicos.

La estrella femenina sería Gene Tierney, una figura de la época, dueña de una belleza prototípica de aquellos años de Hollywood. Salinas, en tanto, fue interpretado por Richard Boone, quien trabajaría, entre otras películas de vaqueros, junto a John Wayne en la legendaria El Álamo.
Los motivos detrás de la superproducción en la Argentina
No cabía duda de que el elenco, dirección y producción de la película eran de primera categoría. Pero el interés de Hollywood por exhibir los paisajes argentinos y contar una historia gauchesca no era 100% espontáneo. El camino del gaucho tuvo, en principio, un motivo económico más que claro.

Resulta que en ese tiempo, por las políticas de Juan Perón, la compañía Fox no podía retirar de la Argentina el dinero que había ganado en el país por la distribución y exhibición de sus películas. Entonces, los popes de la compañía hicieron un acuerdo con el gobierno peronista para gastar, en tierras argentinas, las ganancias obtenidas en las boleterías argentinas. Esa fue la génesis de este filme.
El crítico, guionista y director de cine Diego Curubeto escribió en su libro Babilonia gaucha; Hollywood en la Argentina, la Argentina en Hollywood que el dinero del que Fox disponía entonces en Buenos Aires alcanzaba una suma nada desdeñable de US$ 2,5 millones.
En ese entonces ese monto era suficiente por demás para hacer una producción que no escatimara en actores, ni en extras, ni en animales. También había dinero suficiente para filmar en escenarios naturales de distintas localidades del país. Por eso se eligieron para el rodaje las localidades tan distantes en el mapa argentino como Uspallata y Desaguadero, en Mendoza; Concordia, en Entre Ríos, y Pilar, en la provincia de Buenos Aires.
Un acuerdo con dos ganadores
El autor de Babilonia gaucha le atribuye la gran idea de producir un filme en la Argentina a Philip Dunne, que a la postre sería guionista y productor de El camino del gaucho.
Por parte del gobierno peronista, el organismo indicado para negociar con los estudios Fox fue la Subsecretaría de Informaciones del Gobierno, encabezada por Raúl Alejandro Apold. Este, en verdad, fue básicamente quien planteó las condiciones del acuerdo. Y también iría un poco más allá en el desarrollo mismo de la película.

La modalidad en que Hollywood filmaba fuera de los Estados Unidos se conoció en ese tiempo como runaway productions. Este modo de hacer cine era ganancioso para ambas partes.
“Para el país anfitrión, las producciones sponsoreadas por Hollywood contribuían a la economía local y ayudaban a la industria cinematográfica (...). En cuanto a los estudios de Hollywood, se trataba de un modo de invertir fondos de otro modo irrecuperables en películas que eran potencialmente vendibles en el mercado internacional”, escribió el cineasta y doctor en literatura Nicolás Suárez en su artículo Los gauchos angloparlantes y la pampa en technicolor.

La intervención de Apold
Hechas las negociaciones pertinentes, la película comenzó a filmarse en octubre de 1951 en Uspallata (en esta localidad, 45 años después, filmaría Brad Pitt escenas trascendentes de Siete años en el Tíbet). El guion, originalmente de Dunne sobre el libro de Childs, fue leído y releído minuciosamente por el mismísimo Apold, que propuso cambios en la escritura.
Según lo que escribió el propio Dunne, la tarea del funcionario argentino en la revisión del libro era la de hacer que no se tergiversara la identidad del gaucho ni se opacara su mística. “El camino del gaucho puede considerarse desde ya eximido de esos desaciertos en los que Hollywood cae al tocar temas argentinos”, dijo el guionista y productor en una entrevista.

Por su parte, el subsecretario de información argentino aseguraba que el filme, especialmente luego de su intervención, era “una grandiosa producción que llevara a la Argentina hasta el último rincón de cada país del mundo”.
En esos años, vale acotar, el peronismo quería imponer simbólicamente la figura del gaucho como el arquetipo del argentino. Y esta película era una oportunidad única en ese sentido.

“Quería meter mano en todo”
Apold, jefe máximo de propaganda peronista, era temido por los manejos autoritarios que ejercía sobre la industria del cine (controlaba la censura y la distribución arbitraria de cinta virgen y subsidios) y los medios de comunicación en general. Todo avalado por los más altos estamentos del gobierno.
Curubeto señala que gente que trabajó con este funcionario aseguraba, por caso, que los periodistas radiales debían presentar a la subsecretaría los textos a leer en sus programas. Solo si obtenían el permiso de esta oficina se podían emitir esos mensajes al aire. Por otra parte, se obligaba a los noticieros, que en esos tiempos se pasaban en el cine, a realizar documentos de propaganda en favor del gobierno.

Si bien durante su estadía en la Argentina la relación entre el subsecretario y Dunne fue amable, el guionista escribió en su autobiografía el fastidio que le producía que lo obligasen a reunirse dos veces por semana con Apold, un hombre que “quería meter mano en todas las fases de nuestra producción”.
El subsecretario y los actores
Los actores principales de la película sufrieron también el asedio de este burócrata peronista. Al día siguiente de llegar al país, Calhoun y Tierne fueron invitados a visitar a Apold, que se sacó una foto junto a ellos escoltado por una imagen gigante de Eva Duarte de Perón.
El funcionario también organizaba tours para que los integrantes de la producción del filme visitaran las distintas obras de la Fundación Eva Perón. Los visitantes estuvieron, así, en el Hogar de la Empleada, la Ciudad Infantil y la Ciudad Estudiantil.

Los estadounidenses “expresaron francamente su admiración por esas hermosas obras de la esposa del magistrado. De ello dejaron constancia en cálidos elogios en los Libros de Oro de dichos establecimientos”, señalaba entonces, con no poca obsecuencia, el medio Heraldo del cinematografista.
La visión de los actores, sin embargo, no coincidía con esta crónica de la revista de cine. Ambos protagonistas manifestaron años más tarde haberse sentido perseguidos por los hombres del gobierno. Mientras Calhoun sentenciaba que en la filmación había espías que los vigilaban, Tierney calificaba al gobierno peronista de dictadura. En su autobiografía, la actriz escribió que vivió como un calvario las instancias del rodaje y los pedidos de Apold de que lo acompañasen a distintos actos oficiales.

Nicolás Suárez en su artículo sobre esta superproducción intuye que la razón de que el nombre del personaje central sea Martín se corresponde con una de las intervenciones de Apold sobre el guion. En el libro original, el gaucho se llama Goyo. Es probable que tanto el nombre Martín como el apellido Peñalosa -como el caudillo riojano Chacho Peñaloza- hayan sido elegidos por el subsecretario como emblemas de lo argentino y como representación de un líder popular.
El subsecretario de información, como se ve, no tenía el mínimo empacho en sugerir ideas, cambios y hasta nuevos nombres a Dunne, un guionista que había trabajado junto a directores de enorme talla como John Ford o Elia Kazan.

Curiosidades del rodaje
Los actores argentinos que participaron del rodaje, y que extrañamente no aparecen en los créditos del filme que puede encontrarse hoy en YouTube, contaron a Curubeto algunas curiosidades de la producción.
Por un lado, señalaron la displicencia con la que se gastaba el dinero. Los escenógrafos pintaron de nuevo uno de los interiores porque decían que el color oscuro que tenía el lugar “deprimía” al elenco. O también levantaron un fortín de tamaño real en madera en Desaguadero solo para filmar “un puñado de escenas”.

Raúl Astor, intérprete argentino que estuvo en la filmación, describió otra cosa común en relación al presupuesto y cómo los locales se aprovechaban de la dispendiosa actitud de los estadounidenses: “Les vendían las cosas a precios altísimos. Yo descubrí varios asuntos totalmente irregulares, pero se lo dije a Philip Dunne y no me hizo caso. Parece que no querían tomar ninguna medida que llamaba la atención”.
Pero también había detalles positivos. Otro de los actores criollos, Néstor Yoan, contó la minuciosidad con la que se hacían las tareas: “Me sorprendió su manera de filmar. Cada técnico ocupaba un puesto específico. Había un hombre cuyo único trabajo era mirar el cielo a través de una lente ahumada para ver cuándo venían las nubes. El tipo miraba por la lente y decía: ‘Próxima nube, dos minutos’. Eso es todo lo que hacía”.

Grandes borracheras y frases risueñas
En el lado B de este particular rodaje, son muchos los testigos que aseveran que el director, Jacques Tourneur, junto a parte del equipo, solía protagonizar grandes borracheras. “Se emborrachaban asquerosamente y al día siguiente, a las cinco de la mañana, ya estaban listos para trabajar como locos. Yo creo que para ellos pasar una noche divertida era terminar totalmente en p..., tenían una psicología distinta a la nuestra”, contó otro argentino del elenco, Enrique Grounauer.
El resultado final de tanta inversión fue una película que, prácticamente, pasó por los cines sin pena ni gloria. Según algunos críticos, dejó escenas memorables del paisaje argentino, una gran coordinación de decenas de extras y pocas cosas más.


Entre los elementos más risueños de El camino del gaucho se encuentran las mezclas del inglés con el lenguaje de las pampas criollas. En especial, cuando la protagonista enamorada le dice a su héroe: “I want to be your china”. O cuando alguien que señala una pelea de Martín con otro paisano asevera: “He’s very gaucho”. Escenas que provocarían hoy la risa franca de los espectadores. Aunque involuntariamente.
Eleodoro Marenco, artista argentino que fue contratado como asesor costumbrista para recrear los detalles gauchos, fue bastante duro con el resultado del filme: “El peor defecto de la película es que no resiste un serio análisis. Los actores no tuvieron aclimatación con lo gauchesco. A Calhoun le dieron un traje de gaucho y casi no le dijeron más. El productor quería que los gauchos llevaran la mano a cada rato al revólver, lo que es una barbaridad porque las armas de fuego eran algo casi desconocido para un paisano”.

Funerales en technicolor para la posteridad
El camino del gaucho, que también se llamó en algunas versiones Martín el gaucho, se estrenó en octubre de 1952. Los paisanos angloparlantes y la historia de amor de Martín y Teresa tuvieron un moderado suceso en la Argentina y otros países de Latinoamérica. Pero no mucho más. En palabras de Curubeto: “La producción de Dunne no tuvo méritos suficientes para que los historiadores y teóricos del cine se ocupasen de ella”.
Pero la presencia de los hacedores del filme en el país tuvo un costado muy ligado a la historia del país. Justamente en 1952.
El gobierno nacional, a través de Raúl Apold, le encargó al equipo de filmación de El camino del gaucho que registrara, en technicolor, uno de los eventos masivos más contundentes de la década: el funeral de Eva Perón, que ocurrió entre los días finales de julio y la primera decena de agosto.

De modo que ese único documento en colores de ese momento tan significativo para la historia del movimiento peronista que hoy puede verse en las redes fue realizado por el mismo equipo de El camino del gaucho. “En medio de la multitud vi de repente que sobre un camión de filmación estaban los camarógrafos con los que había trabajado en la película. Me dieron ganas de saludarlos pero aunque el camión estaba cerca, yo no podía avanzar entre la gente y no estaba en situación indicada para ponerme a gritarles ‘¡Hola!’“, dijo, para el libro de Curubeto, el mencionado Grounauer.
Este western gauchesco producido por Hollywood en la Argentina hoy representa una curiosidad para la historia del séptimo arte nacional. Como un reconocimiento a esa (rara) fusión entre un estudio de cine estadounidense y las autoridades locales, en el comienzo mismo del film una placa reza: “Esta película fue filmada en escenarios naturales de la Argentina. Fox agradece la asistencia y cooperación del gobierno argentino”.

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