Intensidad

Sería prudente revisar cuán satisfechos nos sentimos con nuestras dosis habituales de entusiasmo y entrega
Eduardo Chaktoura
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6 de julio de 2014  

Fuente: LA NACION - Crédito: Alma Larroca

In (hacia adentro) – tensus (extendido) – dad (cualidad).

¿Cuán profundos, sentidos y expansivos podemos llegar a ser? ¿Cuál es el grado de compromiso y entrega? ¿Cuál el alcance de nuestros dichos, de nuestros actos, de nuestros sentimientos? ¿Podremos transmitir todo eso que pensamos, sentimos, deseamos? ¿Podrá el otro comprender y aceptar tanto o tan poco?

Así como la intensidad de la luz, del color y del sonido es un desafío interesante (y por demás saludable) también lo es tomar registro de los índices cotidianos de intensidad e intencionalidad de nuestro mundo emocional. Sería algo así como medir el agua y el aceite de nuestra actitud, motivación, fuerza, intencionalidad, energía vital.

Metáforas mediante, el desafío de la auto-regulación es recurrente, vital. Y la intensidad es una buena excusa para quien se dispone a experimentar en busca de la mejor pincelada, la mejor tonalidad.

En el infinito espectro del blanco y el negro, ¿cuánto de gris será oportuno y conveniente?

En la universalidad del color, ¿cuándo es que corremos el riesgo de tener una vida decolorada?

Ni tan blanco ni tan negro. Colores primarios y secundarios. Fríos y calientes. Ambos.

No todo es igual de urgente, necesario o importante.

¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Cuánto? ¿Cuándo es que algo falta; cuándo satura? ¿Cuál es el brillo que no encandila; cuál, la sobriedad que no opaca o lo diluye todo? ¿Cómo ponernos en la piel (o en la tela) de los otros sin dejar de ser fieles a eso que dice (o calla) nuestra obra? ¿Cuán crítica o flexible es nuestra mirada, cuántos colores tiene nuestra paleta?

Tenemos ciertas estructuras, rasgos y formas. Tenemos un estilo, un modelo aprendido de expresión y comportamiento. Cada día definimos nuestro arte existencial.

Sin ánimo de ir en contra de nuestra naturaleza, sería prudente, insisto, revisar cuán satisfechos nos sentimos con nuestras dosis habituales de entusiasmo y entrega. Así como, por otra parte, ser verdaderamente concientes de cuánto nos satisface (o cuánto sabemos observar) la intensidad de los otros.

No se trata de ir por la vida, regla en mano, midiendo (y reclamando) cuánto nos ofrecen o retribuyen; sino de entender cuán necesario es poder decir, esforzarnos más, estar más presentes, besar, abrazar, callar, evitar, salir y soltar lo más a tiempo y en forma posible.

La intensidad es un juego en el que habrá que permitirse ser y sentirse uno mismo; en el que habrá que entender que no todos sentimos el frío y el calor de la misma forma. Sin embargo, no por ser (o creernos) más o menos fríos o calientes estamos imposibilitados de ser complementarios.

Probablemente nunca sabremos qué, cómo y cuándo es lo preciso o lo apropiado. La obra ya es obra en el intento. Nunca sabremos si lo estamos haciendo del todo bien o mal; jamás podremos saber si esta será nuestra mejor manera, nuestra mejor posibilidad o producción. Pero sepamos que, siempre, en las grandes obras, si hay algo que queda en evidencia es la grandeza de quien pinta con las mejores intenciones.

¿Cuán intensa es tu intención? Ojalá no dejes de intentarlo.

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