La Argentina feminista de hace cien años, según Katherine Dreier

Mentora del dadaísmo norteamericano, temprana activista por los derechos de la mujer, su paso por nuestro país, hace cien años, no pasó inadvertido
Mentora del dadaísmo norteamericano, temprana activista por los derechos de la mujer, su paso por nuestro país, hace cien años, no pasó inadvertido
Mariano Vespa
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11 de agosto de 2019  

Apenas estaba oscureciendo. Los pocos faroles de la avenida estaban rotos. Desde su piso en el hotel solo veía sombras. Pese a las advertencias de los empleados, decidió salir a la calle. No insistieron: entre las peculiaridades de esa mujer, fina, corpulenta, y norteamericana, resaltaba su intransigencia. Buenos Aires no tenía la pomposidad del Centenario que otros viajeros habían podido transmitir.

En su tercer mes de visita, Katherine Sophie Dreier, pintora, mecenas y activista, vivió la atmósfera plomiza y espectral que envolvía la ciudad, teñida de sangre por la represión a los trabajadores de los talleres metalúrgicos Vasena. Su actitud frente a la Semana Trágica, una curiosidad distante, pero a la vez inmersiva, se mantuvo durante toda su estadía, cinco meses intensos, apenas recordados.

Itinerario cinestésico

La familia de Katherine Dreier provenía de Alemania: su padre trabajaba en la industria del acero y el hierro, y su madre era activista social. Las estructuras eran rígidas y progresistas: los cinco hijos tuvieron educación particular. El único varón, Edward, continuó el legado paterno. Margaret y Mary, dos de sus tres hermanas mayores, impulsaron reformas laborales e igualdad de género con un activismo manifiesto. Dorothea y Katherine, formadas en Europa, optaron por las expresiones artísticas. La inclusión de algunas de sus pinturas en el Armory Show, primera exhibición de arte moderno en Estados Unidos, le dio impulso a su obra. A fines de 1916, participó en la fundación de la Sociedad de Artistas Independientes, junto con Walter Arensberg, Walter Pach y Marcel Duchamp, que se había mudado a Nueva York un año antes.

Ya considerada una eximia coleccionista y mecenas, el empuje de Dreier posibilitó exhibiciones de Brancusi y de Picasso en tierra norteamericana. Si bien el motivo oficial del viaje de Dreier a la Argentina fue la escritura de unos artículos para International Studio, una publicación de arte, el singular magnetismo que tenía con Duchamp, que había arribado junto con Yvonne Chastel un mes antes, en septiembre, fue otro de los estímulos. Las crónicas que escribió Dreier fueron recopiladas en el libro Five Months in The Argentine From a Woman's Point of View, en 1920. Su circulación en español es insólitamente tardía. En 2006, Graciela Speranza había desarrollado una lectura atenta de la biografía de Dreier en la reconstrucción de la estadía de Duchamp por Buenos Aires en el ensayo Fuera de Campo (Anagrama). El mismo año, Raúl Antelo también tuvo en cuenta su impronta en el ensayo María con Marcel (Siglo XXI). Otros fragmentos dispersos aparecieron en el catálogo de la muestra sobre Duchamp en PROA, en 2008. Recién en 2016 la editorial chilena Cuarto Propio publicó el volumen completo.

Lucas Mertehikian, investigador, poeta y editor, descubrió a Dreier a partir de una nota al pie en un libro de Beatriz Sarlo, La máquina cultural, inscrita en un ensayo sobre Victoria Ocampo. Por entonces, estudiaba a distintos viajeros que visitaron Argentina hacia fines del siglo XIX y principios del XX, desde los más ilustres, como Anatole France, hasta los desconocidos, como John Foster Fraser. En 2015, publicó algunas traducciones en la revista The Buenos Aires Review (disponible on line). El ojo entrenado de un investigador-detective produjo el hallazgo: "Tanto en ese texto como en Una modernidad periférica, Sarlo habla de lo que se esperaba de una mujer a principios de siglo XX en una sociedad como la porteña. El tipo de capital cultural al que podía aspirar una mujer aun siendo de clase alta. En sus cartas, Victoria Ocampo se queja de lo estrecho de su círculo social, una mirada decorativa de la cultura. Sarlo encuentra en Dreier esta constatación en una mirada extranjera".

Las crónicas que escribió Dreier fueron recopiladas en el libro Five Months in The Argentine From a Woman's Point of View, en 1920. Recién en 2016 apareció publicado en español, por la editorial chilena Cuarto Propio
Las crónicas que escribió Dreier fueron recopiladas en el libro Five Months in The Argentine From a Woman's Point of View, en 1920. Recién en 2016 apareció publicado en español, por la editorial chilena Cuarto Propio

Mertehikian, que está realizando un doctorado en Harvard, prepara una edición cuidada con material de archivo, que Dreier donó a la Universidad de Yale. Si bien Five Months. no escapa a las regularidades de todo diario de viaje, hay particularidades que lo hacen valioso. Sus primeras experiencias son fallidas: le cuesta que la admitan en un hotel por estar sola, no puede concertar cita con pintores, se sorprende de que en Florida muchos hombres de clase alta piropean. Buenos Aires, a sus ojos, muestra una fachada que intenta lucir parisina, pero en la cotidianidad se evidencia su atraso abismal. "Me interesaba su modernidad absoluta -continúa Lucas-, combinado con los convencionalismos de la época. Su militancia sobre el voto femenino, mezclada con una mirada sobre por qué América Latina es como es por los efectos de la conquista española, que no privilegiaba a la familia sino a los hombres solos, "aventureros". En cambio, los pilgrims en Estados Unidos viajaban con sus familias, lo que hacía una sociedad más horizontal entre hombres y mujeres. En torno de Dreier confluyeron muchos personajes, no solo por su apoyo económico. Me interesó su disparidad como artista y el tipo de arte que coleccionaba. Cuando leí sus conferencias en Yale, vi que sus gustos eran muy modernos, pero las interpretaciones estaban en sintonía con tradiciones anteriores: espirituales, con ideas de creador, de genio".

Dos lienzos cómplices

Una de las lecturas cabeceras de Dreier, Lo espiritual en el arte, de Kandinsky, de algún modo, está inscrito en el retrato abstracto que hizo sobre Duchamp, en 1918. La composición y la articulación de los colores, en sus palabras, rememoraba la personalidad de su amigo: "A través de los equilibrios de curvas, ángulos y cuadrados, a través de líneas discontinuas o rectas, o armoniosamente fluidas, a través de la armonía del color o la discordia, a través de tonos vibrantes o tenues, fríos o cálidos, surge una representación del personaje que sugiere claramente la persona en cuestión, y aporta más placer a aquellos que entiende, que un retrato ordinario que representa solo la figura y la cara". Calvin Tomkins, biógrafo de Duchamp, sugiere que las personalidades de ambos eran contrapuestas. Lo ilustra con una pequeña escena: con frecuencia Dreier solía tomarlo del brazo, pero él automáticamente se zafaba. Henri Pierre Roché la definió como boche ("muy" alemana) pero a la vez naíf. Aun así, en la oposición había complementariedad. Como en la mayoría de sus incursiones, se desenvolvió con intuición y firmeza: notó la incomodidad de su camarada y le encargó una pintura para instalar por encima de su biblioteca. Así nació Tu m', un lienzo compuesto después de cuatro años de silencio, que refleja gran parte de su obra precedente. No bien terminó, se embarcó hacia Buenos Aires junto con Yvonne Chastel.

La inclusión de algunas de sus pinturas en el Armory Show, primera exhibición de arte moderno en Estados Unidos, le dio impulso a su obra
La inclusión de algunas de sus pinturas en el Armory Show, primera exhibición de arte moderno en Estados Unidos, le dio impulso a su obra

Algo ligado con el naufragio merodeaba la cabeza de Duchamp. Una adaptación de la novela Impresiones de África, de Raymond Roussel lo había movilizado. La historia seguía a un barco con destino a la Argentina que había encallado en África. En sintonía, alguna vez había declarado: "El artista tendría que estar solo. Cada cual consigo mismo, como un naufragio". Sin esperanzas y sin desesperar, buscaba renovar los aires creativos. Fue un viaje anónimo. Los registros son anónimos, un tanto misteriosos. Dreier no lo nombra en ningún momento en los artículos, pero se intuye que visitaba seguido a Duchamp y a Chastel, tanto en el atelier de calle Sarmiento -hoy Centro Cultural San Martín- como en su casa de Alsina 1743. En una de las cartas que envía a Arensberg le traslada el disgusto por lo mal que la pasan sus amigas, expuestas a machismos recurrentes. Dreier toca las puertas del ambiente artístico local, sin ningún resultado. "No hay pintura contemporánea en Buenos Aires", dice. Duchamp prefiere el ostracismo. En su estadía, de nueve meses, se refugia en la creación de las estereoscopias, y el Pequeño Vidrio. El espíritu nómade renace con la visita al Museo Antropológico de La Plata. Dreier se maravilla de conocer al director, el Dr. Lehmann-Nitsche, germánico, que le transmite un entusiasmo que no había encontrado en ningún otro contexto. No hay registros oficiales de la visita. "Era bastante normal que los viajeros visitaran el museo, era parte del circuito de instituciones a ver en el mundo urbano rioplatense. Las instituciones científicas y académicas de La Plata eran objeto de excursión, destino frecuente de las excursiones del Partido Socialista. Para 1919, el Museo Nacional (hoy Bernardino Rivadavia), está prácticamente clausurado. Era muy difícil visitarlo", dice Irina Podgorny, directora del Archivo Histórico del Museo platense. En el libro María con Marcel, Raúl Antelo incluye a Duchamp en el encuentro e hipotetiza la influencia que se desenvolvió en su arte posterior.

Mentora del dadaísmo norteamericano, temprana activista por los derechos de la mujer, su paso por nuestro país, hace cien años, no pasó inadvertido
Mentora del dadaísmo norteamericano, temprana activista por los derechos de la mujer, su paso por nuestro país, hace cien años, no pasó inadvertido

Comunidad de lucha

La vehemencia con la que abren las puertas de madera no la desconcentra. Todavía resuena en ella las palabras de Julieta Lanteri, que había pronunciado un discurso para dos mil personas en Plaza Flores. "Cómo puede ser la candidata en un país donde la mujer vale lo mismo que un menor", se preguntará más adelante en su diario. Un roce la interrumpe: es Alicia Moreau, su acompañante, que le señala al fondo del vagón. Como sobremesa, Lanteri había formado un pequeño mitin sufragista en el mismísimo subte. Pese a que la mayoría de las actividades públicas estaban cerradas, sea por la huelga y la represión, pero también por los resabios de una pandemia, Dreier intenta investigar sobre la situación de la mujer y sus luchas con ahínco. Por influencia de Margaret y Mary, que impulsaban reformas laborales e igualdad de género, participa en discusiones sobre participación electoral de la mujer en el Madison, en 1907. Doce años después, las mujeres podían votar. Ver la templanza de Lanteri, y la de otras mujeres ilustres de las que se rodeó, como Moreau, Alfonsina Storni o Carolina Muzzilli, entre otras pioneras, la entusiasmó.

Reunirse con mujeres librepensadoras la retrotraía a una escena lejana, que vinculaba su costado religioso. En una Navidad, en Roma, le habían regalado una estampita de Santa Rosa de Lima, primera patrona latinoamericana. El recuerdo fue un designio: ese itinerario misionero la llevó a interiorizarse por la situación de las mujeres argentinas más desfavorecidas en Buenos Aires, se preocupó por los niños abandonados, por la formación en escuelas técnicas, por las víctimas de la llamada "trata de blancas". La emancipación civil y política era el faro de estos pioneros, pero la escasa resonancia que tenían las discusiones planteadas las invisibilizaba. "No quiero dejar la impresión de que Argentina carezca de hombres y mujeres admirables, pero están tan aislados y tan rodeados de envidia y avaricia, que su suerte es mucho más dura que la de los espíritus semejantes en Estados Unidos o en Europa". Esa apatía, falta de espontaneidad y alegría que apuntó Dreier, "sensación de estar viviendo en otra época", fue un contrapeso, pero no obstaculizó a su hiperactivismo. A su regreso, fundó la Société Anonyme junto con Duchamp y Man Ray.

Continuó viajando, con expectativas renovadas. De Argentina le quedó una cacatúa, Coco, y la certeza de que el encuentro con otras mujeres generaba un brío para ejercer cualquier tipo de reacción.

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