La calle, ese infierno
Trabaja en el centro o en alguna otra zona "caliente" de la ciudad de Buenos Aires y llega puntualmente a su trabajo? Lo felicito. O tiene algún don -la teletransportación de Star Trek, la bilocación del Dalai Lama- o su reloj atrasa.
Para los mortales comunes -los que transpiramos, encanecemos y tenemos dolor de barriga cada tanto- ir cada día a nuestro lugar de trabajo y volver de él suele convertirse en una odisea, y sin que haya Homero alguno que prometa hacerla canto inmortal.
Reloj en mano, un trayecto de 30 cuadras demora 45 minutos de colectivo, previa espera de otros minutos más hasta que llega, que hay que sumar a los dos -o a veces tres- buses que deben dejarse pasar para poder subir, de desbordados que vienen. Es cierto: sería bueno ir caminando. Pero para hacerlo a paso vivo hace falta calzado y ropa apropiados. Y comodidades para cambiarse (ducha incluida) después.
En muchos barrios (por ejemplo, Once) se permite estacionar y no se respeta el horario de carga y descarga. Ergo: para atravesar una bocacalle hay que esperar 4 o 5 veces el cambio de semáforo.
El subte es una alternativa fuerza-dependiente. Veamos. Hace unos días, una señora de bastante más edad que yo, a quien literalmente desplacé hacia el interior del vagón, me dijo, nuestros rostros enfrentados mientras el convoy ya se desplazaba: "Qué suerte que usted tenga tanta fuerza", a lo que respondí, a los gritos (por el ruido ensordecedor): "Es que trabajo duramente en mis clases de Pilates".
Los subtes, es cierto, llegan hasta más lejos, y eso ofrecería gran alivio, si además de haber alargado los trayectos hubiera más servicios, especialmente en horas pico. Las máquinas perforadoras que abrieron el túnel que une Francia e Inglaterra debajo del Canal de la Mancha demoraron 3 años en extender los casi 40 kilómetros de recorrido submarino. ¿Será posible que aquí se tarde tanto en alargar el subte? De todos modos, soy afortunada: no tengo que viajar en tren. Pero escucho a quienes sí lo hacen. Es curioso. Años atrás, cuando se echaba la culpa de todo a que los servicios eran públicos, en ciertas líneas de ferrocarriles se viajaba mejor que ahora.
¿A quién se le ocurre ir en auto al centro? A millones, que razonan: el transporte público no es suficiente ni eficiente y, además, no hay espacios para dejar el auto antes de entrar en "zona caliente" y viajar en subte o colectivo. Es respetable. "¿Sabe por qué dejan entrar a todo el mundo al centro?", me preguntaba hace unas semanas un taxista, mirándome fijo por el espejito. "Porque así, con el lío, se hacen más boletas y les entra más plata, señora..." Las ciclovías, una reciente adquisición de las calles porteñas, no cuentan con demasiados adeptos. Andar en bicicleta no es un hábito que pueda ponerse en marcha simplemente porque hay ciclovías. En Estocolmo o en Copenhague he visto a señoras muy bien vestidas y con tacos altos montadas en sus dos ruedas, yendo de compras o al trabajo. Estamos un poco lejos, ¿verdad? Por otra parte, dicen los automovilistas, las ciclovías les robaron espacio a los autos, y en muchas calles -además- se permite estacionar.
Los que se fueron a los countries o barrios privados para mirar cielos estrellados y escuchar el canto de los pájaros no pueden evitar recorrer los kilómetros que los separan de sus paraísos por autopistas con embotellamientos dignos de cine. Con sus puntos a favor, claro: sé de un feliz casamiento gestado al compás de la espera, a la altura de la cancha de Vélez.
Entre las personas que andan por la calle sufriendo la congestión del tránsito, las demoras, el apuro, la inseguridad, los empujones, está lleno de diabéticos, hipertensos, cardíacos, ansiosos, fóbicos, deprimidos, con dificultades para ver, escuchar, moverse... ¿Cómo sobrevivir sanos a este infierno?
Un ex funcionario decía en un reportaje: "El poder es una cosa compleja porque te separa del mundo. Porque te espera un auto con chofer abajo, porque cuando te subís al auto la custodia pone música en vez de un noticiero, porque te bajás y se cuadran los soldados y la policía (...). El poder da la posibilidad de alejarse mucho".
Sería bueno que quienes toman decisiones sobre los demás hicieran por un ratito la misma vida de aquellos sobre quienes tienen la facultad -¿la responsabilidad?- de ejercer poder. Por ahí, entonces, se podría barajar y dar de nuevo.
La autora es periodista






