
La condición humana del fuego
Algunas reflexiones sobre lo que somos, pero a partir de episodios relacionados con el fuego. Hay fuegos y fuegos. Algunos encarnan censura y muerte. Otros multiplican la solidaridad y le ponen semblante al pan de cada día
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Pregunta para poner en remojo y al sereno: ¿Hay algo que se parezca más a las contradicciones de la condición humana que el fuego?
Dudo de entrada: ¿me meto o no me meto a reflexionar sobre el Fuego? Pero dejo mi duda a un costado cuando me recuerdo que estamos en la vida para algo más que hacer la digestión y para algo más que enrejar nuestro leve bienestar. Soy del parecer de que cada uno aprende la Vida a través de sus experiencias con el fuego. Este Caminante Quieto ahora va a compartir momentos de ese aprendizaje crucial.
El fuego y una pesadilla
Resulta que hoy me levanté extenuado. Tuve que alzar mi cuerpo como si fuese de otro. No era para menos, venía de una densa pesadilla que ahora comparto: algo parecido a un misil, arma inteligente, comete un pequeño error, colateral: un puñado de casas crepita en llamas. De pronto un niño de piel amarronada sale de entre esas llamas caminando muy lentamente. Lo estoy viendo: avanza hacia mí el niño con una corona de fuego. Avanza, lo tengo ahí, a un metro. Me señala con un dedo de la mano del brazo que le queda, me dice: "Señor, deme un vaso de agua. Usted tiene sed". No me salen las palabras ni los pasos. El niño me repite: "Señor, deme un vaso de agua. Usted tiene sed". Desperté escuchando esa vocecita en un idioma desconocido, pero eso me decía: que le diera agua a él, porque yo tenía sed.
El fuego, su nacimiento
¿Cómo habrá sido el primer fuego conseguido? Imaginemos. Un hombre fornido, peludo, en cuclillas, ensimismado en su ocio golpea dos piedras; juega. Se produce una chispa. Deslumbrado con el hallazgo, insiste, y de sucesivas chispas brota una llamita que contagia a unas hojas resecas. Es el fuego. El hombre intenta atrapar con sus dedos lo que todavía no tiene nombre y con un alarido aprende que eso no se hace.
La ocurrencia sobre el nacimiento del fuego nos viene machista, para variar. Por un casual, ¿no habrá sido una mujer la que consiguió el primer fuego? Imaginemos. Ella a la sombra de un árbol, con varios críos alrededor. El día sucede. Ella quisiera alejarse, saltar, correr, atravesar el bosque. Pero está como atada; claro, los críos. Mientras espera el regreso de su hombre entrechoca dos piedras planas; juega. El hombre se demora, no llega, no llega. Ella siente el diablo en el cuerpo, y golpea y golpea piedra con piedra. Una chispa y otra, y la llama que contagia a unas hojas resecas. La mujer va a atrapar con los dedos esa lengua ondulante, pero se frena. No necesita quemarse para aprender. Salta de alegría la mujer porque su instinto adivinador le avisa que eso que no se toca aliviará los fríos y dorará las carnes de la cacería del hombre que justamente ahí viene llegando, por fin, por fin.
El fuego y cierto zapato
No conozco a nadie que no haya visto un incendio en su niñez. Cuando yo andaba por mis cinco años, frente a la plaza de Luján de Cuyo se incendió una tienda y zapatería. Las mangueras y los baldazos del vecindario no sirvieron de nada. Cuando llegaron los bomberos las llamas se recortaban contra la noche, gigantescas. Era la víspera del carnaval, pleno verano. Desde la vereda de enfrente, una casi multitud miraba cómo el fuego se comía las vigas, hasta que el techo se derrumbó. Muchos vecinos se trajeron sillas y banquetas para sentarse a mirar lo inevitable. El tonto del barrio saludaba a los sentados: "Feliz Navidad" le iba diciendo a cada uno. Esa noche mis primos se quedaron en mi casa. Nos dormimos cuando ya amanecía; a tres cuadras sentíamos el sabor del humo.
Habrán pasado un par de días. Una siesta sigilosa, con mis primos, el Nené y el Chiche, nos aventuramos por entre los escombros inundados de la tienda-zapatería. Recuerdo asomando una caja a medio quemar: un zapato, el derecho, desfigurado por el fuego; al lado, el otro, intacto. Qué destino el de ese zapato. Salvarse, ¿para qué? Todo zapato nace para ser de a dos, para caminar deletreando la inmensa espalda del mundo. ¿Qué sentido tiene la vida de un zapato suelto?
El fuego y cierto poeta
Esta que ahora refiero es una historia difícil de creer, pero es real. Su desenlace sucedió entre el septiembre y el noviembre de 1969. Con su protagonista, Víctor Hugo Cúneo, compartí infinidad de conversaciones al compás del luminoso vino oscuro. Cúneo nació en San Juan, caminó mundo hasta que finalmente hizo pie con su hambre y con su sed en Mendoza. Poeta de un solo libro publicado, lo demás lo fabuló y expectoró en la fugaz eternidad de los cafés. Era muy flaquito, bastante pendenciero, y tosía tanto... Ganaba su alimento y su vino vendiendo libros usados en un pequeño quiosco callejero. El caso es que rostros que no dan la cara una madrugada le prendieron fuego al quiosquito. Lo rehízo. Mientras tanto anotaba sus poemas. Escuchémoslo: "Ved el origen de la campana/ cuando la piedra es arrojada a un lago".
Unos meses más y los defensores de las buenas costumbres, en el medio de otra noche -la noche se presta para el coraje de la impunidad-, le incendiaron otra vez el quiosquito porque atesoraba "libros peligrosos". Cúneo lo rehízo, lo pobló de más libros. Y, mientras se mordía el bigotito irónico, siguió apuntando poemas. Escuchémoslo otra vez: "Tú eres el que existe, el que lleva el viento adentro./ Te contemplo desde un hombre. Todo mi cuerpo es un ojo abierto".
Seguía comiendo de vez en cuando, y no más que los gorriones y menos aún que los ancianos hastiados. Los zapatos le quedaban cada vez más grandes; podía dormir adentro de ellos.
Los incendiarios, eternos dueños de la verdad, insistieron: le quemaron el quiosquito por tercera vez. Cúneo había cumplido los 43 años de su edad, cuando, el 25 de septiembre de 1969, con los pajaritos cantando y los verdes enarbolados, en el centro de la plaza Independencia de Mendoza empapó con querosene su cuerpo entero y encendió un fósforo y se prendió fuego él...
Ardió, corrió, su grito fue alarido, aulló, rodó en llamas por el césped... La primavera se tapaba la cara para no mirar. Fue tan larga su agonía.
En algún momento, cuando recuperó lo que para nosotros es el conocimiento, le preguntamos: "Cúneo, ¿por qué te prendiste fuego?" "Para desvestirme", casi sus últimas palabras. Desvestido, todo su cuerpo era un ojo abierto.
¿Habrá que decir que Cúneo le ganó de mano al próximo fuego?
El fuego y cierto teatro
Retrocedamos para avanzar. La memoria no es retroceso, al contrario, puede semillar el futuro. Año 1981. Para variar, dictadura en la Argentina. El miedo en nosotros, pero también, filtrándose, un hilito de esperanza. Una esperanza fruncida, desconfiada, módica, sí, pero, después de todo, una esperanza que desde el espanto empezaba a desperezarse. El teatrista Osvaldo Dragún me contaba: "Estábamos en un bar, había que hacer algo y lo decidimos con Tito Cossa y con Carlos Somigliana, así, espontáneamente, en un momento de cerrazón ideológica. Pronto nos ofrecieron la sala Del Picadero para hacer Teatro Abierto. Acordamos: obras breves, 21 autores con 21 directores. Nadie dijo no, la democracia de los iguales funcionó como nunca".
Y Teatro Abierto arrancó en la flamante sala Del Picadero. Se pensó en un máximo de 6000 espectadores. De pronto, en la madrugada del 6 de agosto del 81, un incendio decidió terminar de cuajo con el milagro. Adiós Picadero. Pero en cuestión de horas 17 salas se ofrecieron para reemplazarlo. Y el ciclo continuó en el Tabarís de la calle Corrientes. Los 6000 espectadores esperados fueron más de 25000. Nuestra propensión a los episodios épicos, aquella vez, con Teatro Abierto, tuvo una matriz sin precedentes: la consigna fue "trabajar sin cobrar un solo peso". Lo pequeño, sumado, se convirtió en un océano.
Ahora recupero unas hebras de la columna que escribí en 1981 en la revista Siete Días. Yo venía de 6 años sin poder hacer periodismo en la Argentina; estaba exiliado, pero adentro. Confieso que la escribí con el corazón (y algo más) en la garganta. No había heroísmo en aquello: algo en el aire nos empujaba, por fin, hacia la imprescindible imprudencia. Empezábamos a salir del limbo del infierno. El título de aquella columna fue: No hay incendio que por bien no venga. Para nombrar a los criminales de Estado que violaban las vidas y violaban las muertes y afanaban criaturas desde la placenta, uno, periodista, recurría a un tembloroso eufemismo y los mencionaba como "extraños en la noche". Aquí van algunos párrafos:
"No hay mal que por bien no venga. No hay incendio, de teatro, que por bien no venga. De la noche a la mañana, se prendió fuego el Picadero. Hace días otro teatro ardió en Tucumán. Pura casualidad. Casualidad contagiosa. El azar del fuego parece tener debilidad por los teatros."
Al final, con el miedo en el pulso, escribía: "Un teatro se quemó pero brotaron otros. Porque las llamas nunca podrán con la primordial llamita".
¿Qué quería decir uno con eso de la "primordial llamita"? Para responder me remonto a la última noche, al epílogo de Teatro Abierto: Alfredo Alcón abrochó con un poema de González Tuñón. El escenario de pronto se pobló hasta cubrirse de actores, autores, escenógrafos, hacedores. Estamos ahí: el público aplaude con un entusiasmo furioso. El aplauso se prolonga, la pesadilla cruje. De pronto se escuchan gritos inquietantes, crecen, se corporizan: cientos de personas que no pudieron entrar ahora ingresan de prepo, son un aluvión que rebasa los pasillos. ¿Para qué entran si ya terminó la función? Para aplaudir. Todos nos aplaudimos, todos: los que colman el escenario y los que, incontenibles, llegaron desde la calle. La pesadilla empezaba a trizarse. Por la trizadura, la luz solar. No lo sabíamos: estábamos haciendo una cesárea. Pero desde adentro. Después, en el 82, la desguerra de Malvinas convirtió la trizadura en rajadura. Se empezaba a consumir la interminable eternidad de la dictadura. Asomaba la democracia, esta democracia. Otra cesárea desde adentro.
Aquel milagro de Teatro Abierto no nos cayó del cielo. Fue un milagro sembrado. El incendio del teatro Picadero nos demostró que se puede sembrar hasta en el abismo. Y que no hay incendio de teatro que por bien no venga.
El fuego y cierto librito
¿Qué se siente cuando a uno le queman un libro propio? Viví la experiencia con mi primer librito de leves poemas, Pautas eneras. Editado por la Biblioteca Pública General San Martín de Mendoza, fue prohibido y, a continuación, quemado. Naturalmente, durante un gobierno de facto. Era el mes de junio del año 1962, expulsado el presidente Arturo Frondizi, Mendoza fue intervenida. Mi obrita de tapas rojas nació con 48 páginas, abrochadas, con el índice en la contratapa. Impaciente, fui a la imprenta y me adelantaron un paquetón con 50 ejemplares. Al otro día bajó la prohibición y al siguiente se concretó la orden oficial, de un ministro de apellido Argumedo, de quemarlos. Eso se hizo en un tacho, detrás de la Casa de Gobierno. Cuando todo se había consumado, un linotipista, romántico y anarquista, me mostró las cenizas. Y me dio un abrazo con estas palabras al oído: "Pibe, no tengás miedo. No dejés de escribir".
Semanas después me paró en la vereda don Gildo D’Accurzio, imprentero venerado por Julio Cortázar, editor de los primeros libros, entre tantos, de Antonio Di Benedetto, Jorge Enrique Ramponi y Tejada Gómez. Me sacudió con una palmada en la espalda y me dijo: "No se aflija, amigo, pronto vamos a sacar una segunda edición". Y la segunda edición de Pautas eneras salió el 24 de diciembre de ese mismo año, con un prólogo mío, furioso, para "canosos mentales y queroseneros intelectuales".
¿Qué se siente cuando a uno le queman un libro de poemas adolescentes? No sé decirlo. Estuve como atolondrado; lloraba en la mitad de la noche, lloraba pero sin miedo. ¿Tanta era la congoja que no había espacio para el miedo?
Cuando la segunda edición estaba por salir don Gildo me dijo: "Mi amigo, no se me vaya a quedar enculado con el fuego. A media cuadra de esta imprenta hay una panadería, iremos enseguida... Ya verá que el fuego no es malo, nos dora el pan".
Fuimos a la panadería y nos asomamos al horno. Don Gildo me dijo entonces:
-Lo noto preocupado. ¿Qué le anda pasando?
-Don Gildo, es que... voy a tardar en pagarle esta edición.
-No se aflija, mi amigo. Usted me compra un kilo de pan de esta panadería y así me paga mil ejemplares.
-Pero es que la edición es de dos mil.
-El mes que viene me compra otro kilo de pan y así me paga los otros mil. Y quedamos a mano, amigo.
Yo no lo sabía entonces, pero estaba aprendiendo que hay otro fuego, el fuego bueno que le pone semblante al pan nuestro de cada día y de cada noche.
Debí darle un abrazo a don Gildo D´Accurzio. No me animé, la timidez: mis brazos se quedaron en silencio.
El fuego y cierto niño
La vida alguna vez me hizo estar, como padre, en la sala infantil del Instituto del Quemado de Buenos Aires. 18 camitas, 18 criaturas con quemaduras de diversa gravedad. Allí, el dolor en carne viva. Y la muerte merodeando. Recuerdo a un pibe pampeano, Ramoncito. No tendría más de diez años. Iba con su padre, peón campesino, en un tractor; el tractor se prendió fuego. El padre murió antes de la semana en la sala de quemados adultos. El chico quedó allí, luchando, en la última cornisa de la vida. Muy espaciadamente lo venía a ver una hermana mayor, extremadamente pobre. Allí todos los chicos siempre tenían, al lado de sus camas, algún familiar, día y noche. Las quemaduras de Ramoncito mordían sus brazos, su pecho, su páncreas, tenía el rostro totalmente vendado, con apenas las aberturas para sus ojos, su nariz y boca. Para alimentarse y tomar el cóctel de medicaciones que todos los chicos rechazaban, él usaba una pajita. Se bebía los remedios como si fueran golosinas, helados. Asombraba su furiosa decisión de vivir.
Por las noches dormía y puteaba en voz alta. Cuando se despertaba se ponía a rezar un padrenuestro que nunca concluía. Puteaba porque se olvidaba. Yo lo veía a tres camas, en diagonal. Una noche me gritó: "¡Qué hacés ahí con tu hijo! ¡Te venís conmigo vos!" Y añadió varias sonoras puteadas. Me senté a su lado y reanudó su forcejeo con el padrenuestro. Después un silencio largo. Hasta que arqueándose empezó a gritar con renovada furia: "¡Fuego mierda! ¡Fuego mierda! ¡Laputamadre yo quiero ser feliz! ¡Yo quiero ser feliz!"
Posdata
Está claro que el fuego, a veces, es intolerante, fascista, impiadoso, criminal, aterrador.
Y que el fuego sirve, antes y después, para alumbrarnos y para darle semblante a nuestro pan de cada día y cada noche.
Claro está que, a veces, al fuego la destrucción le sale por la culata y desata la solidaridad. Sol y dar y dad.
Por todo lo anterior uno concluye que el fuego, en su obediencia debida, en sus contradicciones, se parece demasiado a la condición humana.
Tan pronto podemos decir "perdón por el fuego", o decir "gracias por el fuego".
Al final de cada jornada, al volver a casa, antes de besar a nuestros queridos debiéramos preguntarnos qué hicimos ese día con el fuego.
Confieso que llego a la última línea sin saber qué me quiso significar aquel niño del sueño que, emergiendo de entre las llamas, señalándome con un dedo de la mano que le quedaba, me dijo: "Señor, deme un vaso de agua. Usted tiene sed".






