La mentira lastima: por qué la honestidad y la transparencia son la mejor opción
Quien miente tiene una intención deliberada de engañar u ocultar algo, mientras que la verdad, aun cuando pueda provocar conflicto, al final conforta
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Desde el punto de vista psicológico, una persona miente con dos objetivos: para evitar un dolor o para obtener un beneficio o un placer. Por ejemplo: “Llegué tarde porque había mucho tránsito”. Algunos también lo hacen para sentirse más inteligentes o astutos que los demás. Incluso hay personas que lanzan rumores con el fin de destruir o desprestigiar a alguien, o por envidia.
Estas son las dos principales motivaciones que nos llevan a mentir. Ahora bien, definamos el concepto de mentira. Quien miente tiene una intención deliberada de engañar u ocultar algo, pero no todo ocultamiento es una mentira. ¿Por qué? Porque podemos pensar nuestra vida en tres niveles:
a. Íntimo: son las cosas que sabemos solo nosotros mismos y, tal vez, alguien cercano. Pero, por lo general, pertenecen al mundo de nuestra intimidad.
b. Privado: algunas personas pueden participar de él.
c. Social: sabemos que, cuando lo privado se hace social, ya no podemos volver atrás.
Entonces, hay áreas que pertenecen solo a uno mismo (el ocultamiento del mundo íntimo), otras que son privadas y otras que son sociales. Una autora estadounidense, la doctora Pamela Meyer, en su libro Detección de mentiras dice que mentimos entre 10 a 200 veces por día.
La verdad es el pegamento afectivo de nuestros vínculos. Es por ello que debemos premiar la honestidad, pues es sobre ella que construimos confianza. En la pareja, coexisten aspectos íntimos y privados que quizás no se comparten con el otro; pero algo muy diferente es la intención deliberada de engañar al otro.
La verdad siempre construye. Muchas veces duele, pero siempre resulta liberadora. La mentira no solo produce estrés en aquella persona que la dice, ya que necesita de una nueva mentira para sostener la anterior, sino que también le genera culpa. Por esa razón, se suele decir que “las mentiras tienen patas cortas”.
Freud dijo que el cuerpo no miente; el estrés, la angustia, el agotamiento, etc. se almacenan en el cuerpo. Los demás tienen derecho a saber la verdad. Por supuesto, esto no justifica a quienes lastiman con la verdad y expresan: “Yo soy muy frontal y te digo las cosas como son. Engordaste unos kilitos, ¿no?”. Aun cuando lo que digan sea verdad, utilizan las palabras para lastimar. “Eso te queda mal. Te lo digo para que no pases vergüenza”. En realidad, son seres humanos con un bajo nivel de empatía que no saben cómo transmitir una verdad sin herir.
Escojamos siempre la verdad y, sobre todo, no nos mintamos a nosotros mismos. No minimicemos por el otro, no decidamos por los demás. Si bien no es fácil pararnos en la verdad, esta nos hace libres. En ocasiones nos puede incluso angustiar; pero, aunque nos cause algún problema, siempre es la mejor opción. Se necesita la verdad en la construcción de las relaciones interpersonales. Todos deseamos escuchar la verdad de boca de nuestra pareja, de nuestros hijos, del médico, del jefe. La verdad, aun cuando pueda provocar conflicto, al final conforta. Cuando viajaba por el país dando charlas, solía decirles a las parejas: “Coloquen las cartas sobre la mesa y no se mientan nunca. Porque, aunque sea más difícil de construir, el edificio será verdadero y perdurable”.
Decidámonos siempre por la verdad, por la honestidad, por la transparencia, ya que estas nos brindan el ingrediente de la confianza en nuestras relaciones.
En la antigüedad, cuando confeccionaban las vasijas de barro y alguna se rajaba, para no tener que desecharla, le colocaban cera y luego la pintaban. Cuando se echaba agua en ella o se colocaba al sol, la cera se derretía y se podía quebrar. Entonces, el orfebre, cada vez que hacía una vasija de una sola pieza, escribía en su interior: “Vasija sin cera”.
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