La música de todos
Un proyecto de orquestas juveniles que se lleva a cabo en Villa Lugano y Retiro hizo que más de doscientos chicos encontraran en la música el entrenamiento para una vida mejor. Estas son sus historias
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Los músicos –esos tipos que van a tocar Cuadros de una exposición, de Mussorgsky, entre otras cosas– bajan de un ómnibus escolar anaranjado en la puerta de la Casa de la Música, en Buenos Aires. Los músicos –esos tipos que en un rato van a estar enfundados en camisas blancas y pantalones negros– son gente rara. El violinista tiene el pelo amarillo. El cellista, una remera que reza El rock and roll nunca morirá. Y han venido con sus madres.
–Macarena, sacate el pelo de la cara– dice una.
Los músicos llevan de todo: frenillos, remeras de Los Piojos, chicles en las muelas. El bombardino tiene once años; una de las flautistas, nueve. Las orquestas Juvenil e Infantil de Villa Lugano están a cargo de un concierto en el marco de la entrega de instrumentos para orquestas infantiles y juveniles de todo el país que lleva a cabo el Programa Social de Orquestas Infantiles y Juveniles de la Secretaría de Cultura de la Nación. Van a tocar en breve, pero antes, en un salón contiguo, escuchan sus discos de Rodrigo y de Metallica.
Al otro lado, en el salón, las madres de los músicos hacen bollitos con sus faldas. Ellas, que se ocupaban de las cosas de la casa, que escuchaban a Chayanne y Christian Castro, se habituaron ahora a acompañar a sus retoños por conciertos y canales de televisión, a lidiar con atriles, contrabajos, tubas y violines. El salón está repleto de madres, un club de fans multitudinario, invasivo –como todo club de fans– y fervoroso. Cuando sus hijos tocaron en el Colón, en el teatro Coliseo, en ND/Ateneo, y acompañaron a Mimí Maura y León Gieco, allí estaban ellas, viendo al fruto de su vientre trepado a tanto escenario de lujo con músico célebre. Cuando el concierto comienza, muchas se retuercen: lloran. Los chicos de la orquesta, peripintados con gel y camisas tiesas de almidón, tocan perdidos en los acordes. No miran a sus madres. Tocan porque les gusta. Tocan porque es la primera vez, en su corta vida, que han podido elegir algo: la música, el instrumento.
El proyecto
Las orquestas Infantil y Juvenil de Villa Lugano, y la más reciente Orquesta Infantil de la Villa 31 en Retiro, funcionan como parte del Programa de Zonas de Atención Prioritaria de la Secretaría de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Con la coordinación de Claudio Spector, doscientos chicos participan de este proyecto, que pretende "contribuir a la integración sociocultural de niños y jóvenes en situación de vulnerabilidad, mediante la formación de orquestas infantiles y juveniles orientadas a favorecer el desarrollo de sus capacidades creativas y el acceso a los bienes culturales (…) en zonas donde las necesidades básicas y el acceso a los bienes culturales han sido históricamente postergados". Inspirado en el Programa Nacional de Orquestas de Venezuela, donde el proyecto de llevar instrumentos a chicos humildes tiene ya 30 años de existencia de la mano del director venezolano José A. Abreu, aquí la primera convocatoria se realizó en 1998, en Villa Lugano, para chicos de 7 a 13 años.
–El objetivo –dice Claudio Spector– es pelear contra la deserción, la repitencia, el fracaso escolar. Empezamos con 40 chicos, que hoy forman la orquesta juvenil. Después se formó la orquesta infantil. Y, hace un año, la orquesta de la Villa 31 de Retiro. El trabajo orquestal genera en los chicos mucha solidaridad, porque unos toman roles más protagónicos que otros, y es interesante el vínculo con un objeto, el cuidado que tienen que tener con un instrumento, porque se llevan los instrumentos a su casa en comodato, y nunca hemos tenido un problema.
Los chicos siguen siendo bravos, pero no la emprenden con sus compañeros, sino con los compases enredados de Piazzolla. Entrenan la paciencia con diapasones esquivos, flautas que se niegan a sonar, trombones que los dejan mareados. Les duelen las manos por sostener la flauta, el cuello por tocar el violín. Se esfuerzan. Fracasan. Se cansan. De a poco, se vuelven músicos.
Oda a la alegría
Llueve, y con la lluvia la Villa 31 de Retiro es un reguero de espejos que reflejan los cables enredados, las casas enclenques. En una vivienda sin ventanas se apiñan varias madres orgullosas, cinco o seis chicos pequeños y dos mujeres rapaces: Wanda, de 12, que toca el clarinete, y Florencia, de 14, que toca el violín. Llevan las telas ajustadas, los labios reventones. Todos forman parte de la orquesta del barrio, la que reúne a 53 músicos. Silvia Angélica Salinas toca el violín. Sentada en un rincón, callada, dice de pronto que le cuesta mucho ir a los ensayos de los sábados. No es sueño. Es que casi no puede caminar, y tiene 12.
–Yo tengo cuatro operaciones.
Nació prematura, con problemas hepáticos, y esas operaciones le provocaron una discapacidad motriz feroz. Tiene violín propio –que le regaló Patricia Bullrich, recalca– y usa, para caminar, unas valvas roídas por las que su madre no cesa de rogar al PAMI, pero el PAMI no hace caso. Las valvas siguen tan hechas pedazos como las piernas de Silvia, que apenas deja atrás la infancia y ya está por perder las ganas.
–Ya me cansa ir al ensayo caminando, y plata para ir en auto no hay. ¿Quieren venir a mi casa?
La casa es dos por cuatro –cocina, mesa– y un entrepiso. Banderines de fútbol y estampitas de santos, retratos de familia, una cocina y unas pocas sillas. La bruta honestidad de las casas donde se ve todo: cómo se come, cómo se duerme, cómo se piensa, en qué se cree.
–El violín me gustó siempre –dice Silvia–. Pero nunca me imaginé estar en una orquesta. Igual, no me imagino una gran violinista en el escenario. No creo que sea buena. Pero si no puedo tocar el violín, a mí me gusta cocinar.
–¿Más que tocar el violín?
–Es más entretenido. El violín me cansa.
La cansa, pero se lo calza al hombro y toca. No es que toque bien: es que toca con cada pulgada de ese cuerpo lastimado. Como si el violín la vengara de todos los males del mundo: el dolor físico, la pobreza, ese lugar que le tocó. Termina. Mira seca, vacía, y dice como quien informa.
–Es de Beethoven. Se llama Oda a la alegría.
Tocá "La cucaracha"
Es una tarde de sol en Villa Lugano, en el patio trasero de edificios clase media. Allí, sentados en prolijos bancos de cemento alrededor de una mesa de jardín, los trillizos Pieroni –Marina, Hernán y Carla– dicen que van a la orquesta desde que tienen 8 años. Ahora tienen 14. El toca el cello y sus dos hermanas, el clarinete.
–Nosotros crecimos con esto –dice Hernán– . Para nosotros es natural. Tenemos profesores que son de la Orquesta del Colón, de la Sinfónica Nacional, y nos vienen a enseñar gratis. Nosotros no nos damos mucha cuenta, porque es lo que conocemos, lo natural.
Marianela y Macarena de Meis también son hermanas. Marianela tiene 17 y Macarena, 10. Las dos tocan la flauta travesera: tienen una, en comodato.
–Con Macarena a veces nos peleamos un poco, porque cada vez que yo toco ella quiere tocar –dice Marianela–. Para nosotros es como otra actividad más. Cuando tocamos en el Colón no nos pusimos nerviosos porque nunca nos pusimos a pensar "un día quiero tocar en el Colón". Es como que cayó del cielo.
Todos los miembros de la orquesta cumplen la misma rutina: clase de instrumento una vez a la semana, y ensayo los sábados con toda la orquesta, de nueve de la mañana a cuatro de la tarde. Ellos, que protestan contra la física y la matemática, se impusieron una disciplina de dos o tres horas de estudio por día y sacrificaron el sábado entero en pos del ensayo de orquesta. Chicos perfectamente dispersos, o violentos, o egoístas, aprendieron a compartir un instrumento, a conmoverse sin vergüenza por el tórax voluminoso de un contrabajo, a ser pacientes con el error ajeno, a luchar durante interminables minutos con la misma escala, la misma ligadura, a prestar un instrumento, a compartir, a criticar sin rasguñar.
–Lo único plomo –dice Marianela– es cuando viene un pariente de visita. Tus viejos empiezan: "Dale, tocá algo". Y a veces tenés que tocar piezas que vos odiás. O la gente te dice: "Tocá La cucaracha". Y vos le decís que no la sabés. Y te dicen: "Cómo no la vas a saber si tocás eso que es mucho más difícil".
–¿Ustedes se sienten músicos?
–Yo no –dice Marianela–. Si me preguntan, yo digo que toco la flauta.
Y entonces, un chico callado, abrazado a un cello, mira y dice que él sí: "Yo sí. Yo me siento músico".
Mi cello es mío
Juan Pablo Zauner tiene 12 años y es cellista. Empezó a ir a la orquesta a los 8, y un día, después de haber tomado varias clases, le dijo a su madre: "¿Sabés qué? Yo voy a ser un gran músico". El departamento donde vive con su madre, su padre, una hermana y su hermano Hernán, un violinista de 14, queda en un piso alto de un edificio de Villa Lugano.
–Cuando empecé a ir a la orquesta, elegí el cello y el clarinete, porque había que elegir dos instrumentos –dice Juan Pablo. También me gustaba el violín, pero como mi hermano también quería, lo dejé para él. Al fin, mis pulmones no daban para el clarinete, así que me quedé con el cello. Y el cello es carísimo. Cuando el dólar estaba uno a uno, costaba 695 dólares.
Por eso Juan Pablo no tiene su propio cello, sino uno en comodato, que cuida con afán.
–Yo quiero ser concertista y hacer lo que hacía Pappo. Era músico. Pero también hacía autos. A mí me gustan mucho los autos. Músico tengo asegurado que soy. Hay que ver si soy bueno. Si no soy bueno, soné. Pero me dicen que puedo ser buen cellista. Cuando toco siento una mezcla de sentimientos. A veces me emociono, a veces me pongo nervioso, y a veces, cuando me sale mal, me da risa. Pero hay temas que me emocionan mucho. El Bolero de Ravel. La Danza húngara número cinco. Vos te vas imaginando cosas mientras tocás.
Juan Pablo saca su cello; Hernán, su violín. En el cuarto hay música, los perros curiosos de la familia, una madre que mira el día, el cielo azul. Que abre las ventanas.
Un trombón para la niña
Aledia vino de Perú hace años. Tiene tres hijos –Luciano, de 11 años; Valerie, de 13, y Jaime, de 26– y vive en la villa de Villa Lugano. La casa son dos cuartos: uno con una mesa, el otro con tres camas. Por delante, rejas. Aledia, que fue paracaidista en su país, acá es madre tiempo completo, señora por hora, vendedora ambulante, y voluntaria de la orquesta.
–Acompaño a los chicos cada vez que se presentan, ayudo. No es justo recibir y no dar nada a cambio, y éste es mi modo de devolver lo que el proyecto hizo por mí. Nunca pensé que mis hijos iban a estar tocando esta música, por el lugar del que venimos.
Jaime, el hijo más grande, estudia medicina y trabaja como repositor en un supermercado. Se fue de la villa, harto de que lo asaltaran y le robaran libros a punta de pistola. Ahora vive afuera y en la casa de ese hermano mayor, Luciano y Valerie tienen televisor, juguetes.
–El es como un papá para nosotros –dice Valerie– . Nos regala cosas, nos da de todo. Yo no salgo mucho por el barrio. Hago los mandados y nada más. Yo voy al colegio Mariano Acosta. Queda lejos, pero es bueno y quiero seguir estudiando veterinaria, así que necesito preparación.
Valerie tocó dos años el trombón en la orquesta juvenil, pero ahora optó por el contrabajo.
–Como mis compañeros de trombón me molestaban, me fui. Y el profesor me dijo que no dejara la orquesta, que probara con otros instrumentos. Mi profesor de contrabajo me recibió tan bien que me dio pena decirle que no me gusta el contrabajo.
Pero ella no ceja: para sus 15 no quiere fiesta ni torta ni vestido. Para sus 15 Valerie quiere un trombón.
–Lloraba ella cuando veía su trombón en manos de otro –dice Aledia–. Ahora voy a ver en una casa de música, si pagando de acá a que cumpla quince años le puedo comprar uno.
Luciano, el hijo de once, quería tocar el violín, pero cuando llegó a anotarse ya no había, y terminó con un instrumento cuya existencia desconocía: la tuba.
– Se llama tuba, o bombardino. Está viejito, pero yo ya le conozco las mañas.
–¿Escuchabas música clásica antes?
–No. Ahora sí. Igual mucho no puedo, porque tenía una radio chiquita, pero se me averió.
Aledia, Luciano y Valerie salen para tomarse fotos en los pasillos. En la esquina, un hombre fuma al sol. Mira el contrabajo y dice:
–Fa. Qué violinazo.
La banda de los Juárez
–Vos te equivocaste.
–No, nena, vos te equivocaste.
–No, vos.
Los Juárez son una banda de tres y pelean seguido. Axel, de 10, toca el trombón. Jessica, de 14, el contrabajo, y Melisa, de 12, el corno. Todos están en la orquesta de Villa Lugano desde hace dos años, y el único que tiene su propio instrumento es Axel: las chicas lo recibieron en comodato.
–Dejaron la catequesis por hacer música –dice Norma, su madre, esposa de Julio, un uruguayo que hace changas de mecánico y que mira silente, pleno de grasa y ojos azules–. Yo estoy agradecida que mis hijos puedan hacer esto, para que los saque del entorno.
El entorno es la villa de Lugano, que está a dos cuadras, y a esta casa, del Fonavi, la familia Juárez pudo mudarse hace poco. Los Juárez son una máquina de tocar. Estudian, compiten, se pelean, pero el resultado es bueno: organizan serenatas que espeluznan al barrio: el perro de la casa, cuando la orquesta toca, aúlla imparable y muy desafinado.
–Yo había visto el papelito donde llamaban para la orquesta en la escuela –dice Axel, el primero en llegar al proyecto, un chico que tiene, en el colegio, algo parecido al diez de promedio–. Era un sábado y le dije a mi papá que me llevara a la escuela porque había unos señores que estaban sorteando instrumentos. Cualquier cosa entendí. Y mi papá me decía: "Mirá si un sábado la escuela va a estar abierta". Pero estaba. Ahí entré y no salí más.
Jessica y Melissa llegaron después, tras los pasos del hermano menor. Jessica quería tocar el cello, pero ya no había vacantes.
–Me dijeron que podía tocar el contrabajo, que era un poco más grande, pero cuando lo vimos no lo podíamos creer. Era gigante.
Melissa, la del medio, una belleza espigada, se quedó con el corno, un instrumento sinuoso.
–A veces terminamos medio mareados –dice–, tanto soplar. Pero es lindo. Ahora está bien, pero más adelante puede pasar cualquier cosa. Me puede atropellar un auto, qué sé yo.
La casita tiene un solo cuarto, una cocina, un baño y el living. Pero es de material, y eso es tanto más de lo que tenían antes. Julio, el padre, se refriega las manos y los ojos.
–Mirá lo que hacen y dónde están –dice, señalando las ropitas pobres colgadas en los balcones vecinos– . Yo me emociono cuando los escucho. Jamás en la vida había ido al Colón.
Axel, aferrado a su trombón, se seca las lágrimas. Su padre lo mira con un hilo de corazón.
–Estuvimos meses para comprarle el instrumento al hombre. Pero él lo quería –dice.
Axel sopla en la boquilla. Se ríe. Llora sin vergüenza.
–Yo soy llorón. Lloro por cualquier cosa. Cuando toco me siento… emocionado. Pienso en mi mamá, pienso en mi papá, pienso en la música.
Después, en un rato, los Juárez bajan y tocan en la calle. Siete chicos corren a sentarse en los escalones de un quiosco. Cinco madres se juntan, cadera con cadera, en el alféizar de una ventana. Desde los balcones, se asoman las vecinas con los pulóveres arremangados y las manos espumosas de jabón. Nadie nunca ha visto eso en el barrio. Axel toca como si el trombón fuera un chorro de sus propios huesos. Jessica cierra los ojos y apoya la boca en el corno retorcido. Melissa se pega como una lapa al vientre del contrabajo. La música sube como un rayo y después gotea sobre las casas de cuartos pequeños, sobre la ropa colgada, sobre los trabajos y la falta de trabajo y las fatigas. Nada es mejor, pero por un rato parece, porque los Juárez tocan como si Lugano fuera el mundo y esa calle tranquila la cubierta de un buque suntuoso que les lame los zapatos. Desde el balcón de la casita del Fonavi el perro aúlla. La banda ríe.
La banda sigue tocando.
Para saber más:
www.cultura.gov.ar
www.buenosaires.gov.ar





