
La nadadora del sueño inmenso
Puro esfuerzo y constancia, lo suyo son las aguas abiertas. Ya cruzó el Río de la Plata. Y en el deporte solitario por excelencia, ella va por más
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Una mujer está sola en medio del río. El agua turbia le cubre el cuerpo. Los brazos y la cabeza sobresalen de la ondanada marrón. Hay silencio, se corta cuando las manos pequeñas, femeninas, entran en el agua y vuelven a salir. La acción se repite, es una constante de sonido. La única. Lejos de ahogarse o de estar perdida, la mujer avanza. Sabe lo que quiere. Se propuso atravesar, brazada a brazada, el Río de La Plata. Noelia Petti es nadadora y el último 9 de marzo cruzó el río más ancho del mundo; de todos los posibles, el del horizonte más lejano. Salió desde Uruguay, de madrugada, con el cielo todavía oscuro, sin luz, y doce horas después llegó hasta Punta Lara, Argentina. Fue un proyecto personal que logró a los 39 años. Una meta, en alguien que siempre se traza nuevos desafíos. Aprendió a nadar con su mamá, a los 3. Pasó por distintos deportes hasta que llegó a jugar waterpolo, a la par de hacer el profesorado de Educación Física y el de entrenadora de natación. A los 22, cuando muchos empiezan a dejar sus prácticas, decidió que quería nadar profesionalmente y en aguas abiertas. Eligió un deporte de soledades, como ella lo nombra, porque se lleva bien con su personalidad, con lo más propio. "Yo insistí –dice Noelia– con esta disciplina que pide fortaleza mental. Entrenar la fuerza de voluntad exige orden y trabajo. Constancia. Hay que tener convicción. Y yo siempre supe que tenía un poco más para dar, un plus, un resto." Cruzar el río tenía como doble propósito recolectar útiles y materiales escolares para la Casa del Niño de Emaús, en Burzaco, de donde ella es; cerca de su casa, el lugar donde empezó el camino hacia el agua.
Las ganas de meterse con el río no llegaron porque sí. Vienen a cuento de ir cada vez un poco más lejos, hacia un nuevo lugar. En 2012, Noelia Petti ganó la medalla dorada en el Campeonato Mundial Master de Natación, en los 800 metros libres en pileta, lejos del hogar, en Riccione, Italia. Desde hace una década participa del Circuito Internacional de Aguas Abiertas Grand Prix, organizado por la Federación Internacional de Natación (FINA). "Llegué al quinto puesto –cuenta–, y fue la mejor ubicación que obtuve a lo largo de los 11 años que llevo compitiendo a nivel internacional." Es para nadadores de todo el mundo, pero no puede participar cualquiera, hay que ser invitado por la organización. Para que eso suceda, es necesario estar en un ranking. Son carreras de largo aliento. Se corren en varios países, con diferentes tipos de aguas, ritmo y temperatura. Abarca ocho competencias, de los 15 a los 88 kilómetros. Son, apenas, de 30 a 35 nadadores, "no hay muchos que quieran participar diez, once horas", dice Noelia. Así suena sencillo. Nadar, rendir, entrar en un ranking. Estar ahí, adentro, con el cuerpo sumergido, significa que hay que prepararse para cada tipo de agua: planchada, con olas. O de clima: frío hasta el extremo de que el rechinar de los dientes adormezca la mandíbula o que el sol en el medio del cielo rebote en la cabeza, a falta de un punto desde donde dar sombra. El circuito en aguas abiertas tiene ocho postas. Arranca en Rosario, sigue por Coronda y termina su etapa argentina en Hernandarias, Paraná. Cambio de condiciones y latitud, sigue por México. Vendrán, después, al decir de los nadadores, las complicadas aguas de Canadá. "Son heladas –dice Petti–, de entre 16°C y 19°C, sin nada, sólo la piel y la malla." Se corren en el lago Saint Jean; luego, en el Magog. El desafío para el cuerpo a esas temperaturas significa que respirar será un trabajo más exigido. "Para esas dos de Canadá hay que tratar de llegar con un poco más de peso, que es lo que ayuda a aislarse del frío. Es difícil aumentar con este deporte que desgasta todo en el agua. Intento ir con tres kilos de más para bancarme el frío y terminar la carrera", dice Noelia. Por último, Macedonia y Capri, Nápoles. El circuito de las ocho carreras cierra ahí, en Italia. Transitarlo fue la base para pensar en lo que vendría después.
El cruce
Si eres sincero, tienes luz y éxito. La perseverancia trae buena fortuna. Es provechoso cruzar la Gran Agua . I Ching. El libro de los cambios.
Es de noche todavía cuando Noelia Petti se impulsa para entrar al río. Tendrá que nadar una hora para que el sol se levante del horizonte. Hay olas. Viento. El líquido marrón se encrespa. Ella avanza. A su lado van dos embarcaciones: un semirrígido y un crucero con su entrenador, Javier Baridó; Nacho, el novio de Noelia; una médica, un guardavidas, un árbitro que fiscaliza la prueba, tres timoneles y otro entrenador. Nueve personas y una última en tierra a cargo de la coordinación de la ruta. El sol se trepa al cielo y le da de lleno en la cabeza. Desde el bote, y cada 15 minutos, le acercan agua. También algo de comer: una banana, alguna que otra cosa de rápida digestión para el cuerpo que está sumergido y exigiéndose. ¿Qué piensa un nadador en las distintas etapas por las que pasa en todas esas horas? ¿Adónde va la mente? ¿Cómo se está con los pensamientos en medio del silencio? Petti asegura que encontró su deporte, una forma que va con ella. "Cuando nado en aguas abiertas –dice– me transporto. Se da un nivel de concentración tan adentro que pueden pasar cosas afuera del agua y no me entero. Cuando se nada, el tiempo no es el real. Se pierde la noción del tiempo. El agua es estar metido en uno." Sumergida, a mitad de camino entre una y otra orilla, tal vez recuerde el día en que para ella todo empezó. Nada desde que tiene memoria. La memoria arma el relato de un recuerdo alrededor de los 3 años. Por esos días en que muchos niños todavía usan pañales, Noelia entró por primera vez a una pileta de la mano de su mamá, que era instructora de natación. "Desde chiquita tuvo buena flotación. Perfecta. Yo sabía que ella algo con el cuerpo iba a hacer", dice María Cristina de Urquiza, madre de la nadadora. Noelia es la segunda de cinco hermanos. Tenía 10 años cuando le propuso a su mamá abrir la librería por la tarde –negocio que manejó su madre durante años–, para que la hermana que acababa de nacer pudiera tomar la teta tranquila, a la hora de la siesta. Noelia –acompañada de la señora que ayudaba en la casa– iba a abrir la librería a las 15, y se quedaba hasta las 17, cuando llegaba su mamá. Tuvo el sí. El valor de la confianza. "Estamos muy conectadas con Noelia cuando nada. Ella me cuenta que a veces tiene que pensar en cosas que la sostengan en ese momento. Llega un punto en que la soledad de este deporte es fuerte, más que luchar contra el cansancio, es contra eso, la soledad. Ella piensa en mí y yo en ella", dice la madre, que el día del cruce llegó a Punta Lara a las 12 del mediodía y se quedó frente al agua esperándola seis horas, hasta que la vio llegar.

La mujer que desde siempre se supo autónoma no para de avanzar. Trabajó mucho para llegar al desafío. Se entregó a las propuestas que su entrenador, Javier Baridó, pensó especialmente para el cruce: entrenamientos voluminosos que apuntaran a la resistencia aeróbica. Llevan doce años de trabajar juntos. "Noelia es la frase persevera y triunfarás . Es un ejemplo como nadadora. Siempre va a dar lo máximo. Le puede ir muy mal, y fueron pocas las veces que considero que le fue mal, pero deja todo aun en el peor estado", dice Baridó, que va en el bote, al lado, viéndola camino a una nueva marca personal. Pero él no se asombra. La conoce. Arma y planifica la rutina de entrenamiento con la que Noelia empieza cada día, a las 7 de la mañana, en la pileta del club Almirante Brown, en Adrogué. Entrena tres horas, y después va a dar clases en distintas escuelas como profesora de educación física, y vuelve al club, más tarde, a formar nadadores. Su día empieza y termina en la pileta.
Cuando el alumno esté listo, el maestro aparecerá , dice la frase que no circula con el nombre del autor, pero que se adhiere, tranquila, a los posibles maestros que la vida presenta. Baridó es apasionado como Petti. Los domingos a la mañana va a la pileta. Solo. En silencio, piensa. Despliega dos pizarras donde arma esquemas y rutas de trabajo. Anota, en papel, algo más o menos así: tantos metros de pileta nadada esta semana, acá va a hacer un consumo de oxígeno, y siguen los esquemas. Técnico. Pensado. Día por día, planificación para seis meses. "Mi casa está llena de cuadernos A4 cuadriculados –dice Baridó–, pero llenos, eh. Aunque se planifique, el nadador puede fallar. En ese caso, el que más se hecha culpas soy yo. Soy capaz de pedirle disculpas a mi nadador. Con Noelia, para el cruce, no era una duda para mí que llegara. Cuando salió del río hablaba normal, con resto. Yo sabía que iba a pasar eso. Fue una experiencia única. Cruzar el Río de la Plata es un emblema."
Doce horas de nadar sin parar. La flotación. La mitad de un día con el cuerpo estirado, salvo cuando se hidrata. Ahí, Noelia para, vuelve a la posición vertical por apenas cinco o seis segundos. Desde el barco que navega a su lado, le acercan líquido. Un palo largo; en la punta, un vaso atado con una gran arandela se acerca lo más posible hasta el cuerpo de Noelia. El juez que controla el cruce está ahí para dar cuenta de que ella no toque el bote. No puede hacerlo. La situación se repite cada quince minutos. Es decir que durante el cruce paró cuatro veces por hora para hidratarse. Por cada hora cortó, promedio, treinta segundos. De las doce horas que duró el cruce dejó la posición horizontal del nado apenas seis minutos. En un deporte solitario, la acción del cruce del Río de La Plata tiene una hinchada mínima. Debajo del agua no se escuchan gritos. Ni se ven los gestos. El punto de comunicación entre ella y el bote es la lectura. En una pizarra blanca con letras grandes escritas con fibrón, cada tanto Noelia levanta la cabeza y lee: Frecuencia de brazadas por minuto: 68 . Regula el ritmo. Enfoca en la pizarra y vuelve a leer: Vamos, Noe, que venís muy bien . Nace una brazada que es la primera de las últimas, la que se acerca al sueño. La orilla aparece. "No fueron doce horas para mí. Se me pasó más que rápido", subraya.
Los pies vuelven a apoyarse en la tierra. Noelia Petti llega a Punta Lara. Sobre una cortina de aplausos, detrás del cuerpo que chorrea agua, una toalla blanca que ganaría todos los desafíos de la blancura, cubre desde la espalda hacia adelante el cuerpo de la nadadora. "Nos miramos y fue como volverla a meter dentro mío. La envolví con la toalla, la abrigué, la tuve un ratito. Vi que estaba bien y la solté para los otros", dice la mamá, la persona que la inició en la natación. Noelia habla con la gente. Extiende la mano para saludar. Está con resto. Entera.
La mujer que cruzó el Río de la Plata en 12 horas es esbelta. Angosta y fibrosa. El viento le despeina fácil el pelo fino y lacio como pasado por agua que le llega a los hombros. Los hombros son el talón de Aquiles de los nadadores. No están abajo para soportar el peso del cuerpo, pero son el punto con el que el cuerpo avanza a través del agua. Cuando Noelia habla, los mueve hacia adelante, van con ella y sus palabras. Habla pausado, piensa lo que va a decir y se detiene; después suelta todo hasta que frena en un punto. Se revela, en ese gesto, su oficio de solitaria, de haber aprendido a estar con ella. "Mi vida es el antes y después de entrenar. Sufro tanto en el agua que todas las cosas que están fuera me parecen sencillas. Entreno en pileta, como la mayoría de los nadadores de aguas abiertas. Es muy solitario este deporte. No se puede hablar. Hay que estar todos los días en el agua, solo, en silencio. Inmerso."
La mujer de cuerpo esbelto tiene grandes sueños. Desea alto. Hace rato que eso sucede. Cuando a los 22 era jugadora de waterpolo y decidió nadar y competir, vivía en Burzaco con sus padres e iba todos los días a las 5 de la mañana, en tren, hasta Palermo, para entrenar en GEBA. Al principio, sus entrenadores no le tenían fe. No creían que a esa edad pudiera arrancar una carrera deportiva, pero ella siguió. Salía última en una competencia, y al otro día volvía a entrenar. El deseo era amplio, esa palabra que se usa pegada, siempre, para hablar del mar, del océano, de la inmensidad del agua. A estar en sí, también se aprende. Lento. Petti repite que pueden pasar cosas fuera del agua y no se entera. "En el cruce, cuando estaba por llegar –me faltaba un kilómetro y medio o dos–, me vinieron a acompañar personas en kayak. Me estremecí. De tanto nadar sola, de escuchar el ruido de mi mano cuando entra en el agua, de escucharme por adentro, y mis pensamientos. Acostumbrada a ver un único bote que me acompaña, me dio el indicio de que estaba llegando."
Cuando se le pregunta por su fuerza de voluntad, Petti asegura que "pasa por el grado de compromiso que uno tiene con lo que hace. Por la educación y el ejemplo. Toda la vida vi trabajar a mi papá, que es arquitecto. Tenía tres hijos, todavía no se había recibido y él insistía con lo que quería. Ahí está el tema. Somos cinco hermanos y no nos dieron las cosas servidas. Había que trabajar para conseguirlas". Esa claridad de saber qué se quiere y salir a buscarlo encontró un estimulador que iba a la par. Javier, el entrenador, que también es amigo, le acercó un punto de vista adicional a la propuesta de trabajar objetivos puntuales. Se formó como instructor, entrenador. Fue nadador y eso lo hace comprender. "No por hablar todo el día de natación –dice Baridó– cuando nos tiremos a la pileta vamos a nadar mejor. Somos obsesivos en el agua. Noelia dependía del entrenamiento, le condicionaba el día. Esto recién lo resolvió hace cuatro años. Suelo pedirle que se permita a veces tener una etapa mala. No quiero que deje de encontrar el goce en lo que hace. Ni siquiera por una cuestión económica; pierde plata. Ella ama esto. En eso trabaja un entrenador."
Hacer docencia
Es un viernes de fines de marzo en Adrogué y la humedad pega las primeras hojas caídas del otoño a la vereda. Noelia Petti está en la pileta cubierta del club Brown, donde enseña natación y entrena a nadadores jovencísimos. Es el día más caluroso del mes, y debajo del cerramiento a rayas azules y blancas se respira olor a cloro. "Vos, pecho; vos, crol; vos, mariposa", le dice Noelia a cada uno de los jóvenes antes de dar el pitido. La zambullida en el agua refresca a las madres que miran, desde afuera, cómo sus hijos de 5, 6 años, aprenden a nadar por los andariveles menos transitados. Noelia les controla el tiempo a los adolescentes que entrena. Los junta y le dice a cada uno qué tiene que modificar. No está en traje de baño; se mueve con delicadeza adentro de un vestido azul, corto, sin mangas. Mira el cronómetro. Va y viene por el borde angosto de la pileta y pasa delante de una foto enorme de ella misma. Sucede todo el tiempo, Noelia Petti pasa a Noelia Petti. No se va detrás de su propia imagen en el río; sigue ahí, en los otros. "Me gusta mucho dar clases –remarca Noelia, y abre los brazos al contarlo–, trabajo de esto. Les enseño sobre la importancia del camino de hormiguita. Los chicos quieren resultados rápidos. Siempre les digo que tienen que empezar por un punto, y después por otro, otro, y así. Es difícil. Todo el mundo quiere ganar, ser exitoso, pero no se banca hacer el camino. Yo de chica no era buena ni ganaba medallas, nada. Llegué a lo que soy porque hice el camino de hormiguita."
Cuando cruzó el Río de la Plata, en marzo, Noelia propuso recaudar útiles para los chicos de Emaús, la institución benéfica francesa que tiene su lugar en la Argentina. En Emaús Burzaco fue profesora de Educación Física ad honórem, durante seis años. Tiene un vínculo cercano. Su mamá es la directora de la institución. Noelia sabe del enorme trabajo que hacen en la Casa del Niño. Ahí van los chicos a contra turno de la escuela para aprender, jugar, hacer deportes; a tener un lugar de aprendizaje hasta la hora de la merienda, que también la comparten ahí. Por eso en el club Brown, muy cerca de una urna de cartón, se lee escrito a mano: Útiles para Emaús.
Empieza a pensar en su próximo proyecto. En septiembre vuelve a viajar. Puede ser que vaya con Nacho, su pareja. Ella dice que durante años, sólo fue la natación. Se levantaba muy temprano, entrenaba, no iba ni a cumpleaños ni salía hasta tarde. Encontró un punto medio, pero el trabajo de hormiguita pide tiempo y energía, que le dio, también, la autonomía para aprender a sostener su deseo. "Aposté a esto. No tengo casa, por ejemplo. Pongo plata para poder viajar a competir. Hay tanta gente que vi quedarse en el camino porque decía que nadar y trabajar no se podía. No seguían. Y yo pude. Para viajar genero la plata. Hice de todo: rifas, vendí remeras, mermeladas. Desde hace nueve años organizo un torneo por equipos de natación. Participan 500 nadadores. Todos vienen para ayudarme."
Noelia Petti logró todas esas cosas que se propuso. Trabajó para que sucediera. Para contestar a la pregunta sobre cuál es su próximo objetivo, se toma un tiempo. Tiene 39 años y piensa en proyectar una familia, tener un hijo. Nacho, su pareja, también es nadador. Fue su alumno. Una vez más para Noelia, todo empezó por el agua. "Le daba clases –dice, riendo–. ¿En qué otro lugar iba a conocer a alguien yo? Se trata de encontrar un equilibrio. Relegué muchas cosas de mi vida personal por esto. No tengo un hijo, por ejemplo, no porque no lo quiera, pero no me gustaría que me queden cosas en el tintero."
Los alumnos salen cambiados y con olor a crema de enjuague. Pasan y la saludan. Noelia está sentada al sol, de cara al cerramiento transparente que climatiza la pileta. Mira lo que sucede entre los que nadan. No habla. Se oyen los chapuzones de los nenes al caer al agua.
Asistente de fotografía Lucas Perez Alonso Maquillaje y pelo Peluquerias Glow/Hernan abruzzesi AGRADECIMIENTOS Perú Beach, Escuela Perú Beach






