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Lorena está sentada con un libro en la mano. Lleva unos anteojos rojos de carey que le dan un aire de modernidad inesperada, una blusa clásica y una falda corta que deja ver sus piernas bien torneadas. Cada tanto hace pequeñas anotaciones en los márgenes del libro con un lápiz, cuya punta mordisquea como si fuese una niña de colegio secundario y no la mujer que es. En el barcito soleado se beben las últimas cervezas del verano. Cuando llego a su lado, sin decir una palabra, apenas una sombra que interrumpe el calor de los rayos del sol, Lorena levanta la vista por encima de sus anteojos, sonríe y dice estás más guapo que nunca. Está hermosa, con ese aire de interrogación y vulnerabilidad que, aunque no lo haya sabido jamás, hizo que tantos hombres se enamorasen de ella. Nos damos un beso, y nos retenemos el uno al otro en un abrazo largo. Quiero saberlo todo, digo. Ríe, y cuando entrecierro los ojos regreso a la oficina de paredes descascaradas donde conversábamos largamente sobre el amor y la desdicha. Eran los hombres, no era yo, dice con picardía, y en esa frase resuenan sus amoríos truncos, sus desepciones en el sexo, su abatimiento sentimental sin retorno. Alejandra, dice de pronto, y los ojos se iluminan como sólo sucede cuando estamos enamorados. Conoció a Alejandra en una reunión de amigos. Una muchacha algo menor que ella, en pareja con un arquitecto, bonita y risueña. Lo primero que me enamoró de ella fue ese derroche de vitalidad, la fuerza de su juventud, el ansia por devorarse la vida; sólo mucho tiempo después descubrí su belleza física, dice Lorena, su cuerpo de mujer apasionada, entregada al deseo físico, libre de cualquier pudor, y cuando descubrí su cuerpo descubrí también el mío, hasta entonces prisionero de los hombres, un cuerpo sexualmente sin vida. Tomo un sorbo de un capuccino. Lorena me mira en esa pausa, abre su bolso, toma un cigarrillo y lo enciende. Debiste haber probado conmigo antes de tomar una decisión, dejo caer la frase con una sonrisa tenue, algo cínica y también una demorada (inútil, ya) declaración de amor. O de deseo. Sólo por jugar, o por intentar llegar al fondo de las cosas, le pregunto si antes había tenido fantasías sexuales con mujeres. No de modo consciente, sólo una vibración extraña cuando entreveía un cuerpo femenino en la piel desnuda en el tajo de una falda, o ese abismo fugaz que se abre a la mirada deseante cuando una mujer se entrecruza de piernas. Perversa, digo con complicidad, casi un gesto de aprobación, y Lorena vuelve a reirse. Dice que lo hubiera hecho conmigo alguna de esas tardes lluviosas en que la deriva de la conversación nos condujo a hablar de sexo. Me gustaban tus manos, agrega, pero a tus manos no les gustaba mi cuerpo. Nada de eso es cierto, lo sabemos los dos. Es casi mediodía cuando ella debe irse. Prometo llamarte, retomar nuestra vieja conversación. Nos damos un beso, esta vez un beso nuevo que trae el aliento de una boca desconocida. Por los viejos tiempos, dice ella mientras se va, contonea las caderas, da vuelta la cara para mirarme por una última vez. Por lo que vendrá.
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