La rescató de un depósito y la llevó a su casa pero atacaba a las visitas, hasta que alguien entendió qué pasaba: “Muchas veces falla la comunicación”
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Le habían dado el ultimátum. El animal tenía que salir del depósito en el que se escondía ese mismo día. No había opción de negociación. El mensaje había sido claro: en ese lugar los gatos no eran bienvenidos. De otro modo, la sacarían a la calle y la dejarían a su suerte. Pero ella no estaba dispuesta a perder la oportunidad de cambiarle la vida.
Le costó agarrarla. La tuvo que distraer y envolver en una manta para que, de algún modo, se sintiera segura. Aunque tenía tan solo tres meses, ya había conocido la crueldad de la calle. Por eso mordía y atacaba a quien se le acercara. Finalmente, luego de varios intentos fallidos, la atrapó. De inmediato, y con la ayuda de una compañera, se subió a un taxi rumbo a su casa.

“No era una opción dejarla en la calle”
Los primeros días fueron de mucho estrés para la gata. Era evidente que tenía mucho miedo. Luego de la consulta veterinaria -en la que le indicaron un baño por única vez para sacar pulgas, desparasitación y alimentación adaptada a la especie-, quedó literalmente agotada. Pero el cansancio pudo más que el miedo y esa primera noche se durmió en el sillón del departamento que ahora sería su hogar. “Yo estaba recién mudada a capital. Llevaba poco tiempo en el trabajo nuevo donde se había escondido la gatita. Siempre había convivido con gatos y no era una opción aceptar que la dejaran en la calle. Por eso me hice cargo de ella”, recuerda Salomé Petrillo.

Con el pasar de los días la gatita empezó a jugar, a subirse a la cama y a estar más cerca de su humana. Poco a poco empezó a demostrar más afecto y a entender que en ese lugar podía sentirse segura. Sin embargo todavía se mantenía a la defensiva. Cada vez que Salomé recibía visitas, la gata se ponía muy nerviosa y, en algunas oportunidades, atacaba a las personas.
“Te juro que es buena, pero tiene miedo”
Por eso no fue fácil que estuviera tranquila ante la presencia de Federico, la pareja de Salomé. “La primera vez que entré a la casa se quedó mirándome. Yo me había relacionado con gatos anteriormente, pero que eran muy tranquilos y se dejaban tocar sin problemas. Ese no fue el caso de Mut. Cuando quise acercarme, lo hice como siempre lo había hecho. Pero enseguida entendí que con ella iba a necesitar tiempo y paciencia. Cuanto más cerca estaba, más me gruñía y atacaba”.
Las semanas siguientes fueron de tensión en esos encuentros. “Yo veía el amor de Salomé hacia ella. Y la escuchaba que me repetía: te juro que es buena. Es puro amor, pero tiene miedo. Así que decidí investigar sobre el comportamiento felino. Leí artículos y estudios y miré atentamente videos con recomendaciones. Además fui conociendo datos interesantes sobre el lenguaje de los gatos”, asegura Federico.

Finalmente el esfuerzo dio sus frutos. Mut y Federico empezaron a llevarse cada vez mejor. “Yo dejé de ser una amenaza. Le demostré confianza y respeté todos sus espacios. Me moví de formas diferentes, la dejé que investigara mi olor, mi forma de desplazarme y que se sintiera segura ante mi presencia”.
“Su especialidad es repartir amor”
Poco tiempo después la gatita les dio una gran alegría cuando empezó a frotarse contra las piernas de Federico para dejarle su olor. También se animó a subirse a su falda y dejarse acariciar. “Ahora, si voy a la cama o al sillón, viene corriendo. Hace nido y se queda conmigo. Creo que finalmente pudo superar sus temores”. Hoy, cada vez que la pareja recibe amigos o visitas, Mut se muestra tranquila y sociable. No ataca a nadie. Es literalmente otra gata.

“Al igual que sucede con nosotros, los humanos, muchas veces lo que falla es la comunicación. Ella sentía amenazas porque había sido maltratada y eso, quizás, era lo único que había conocido. Los movimientos más lentos, no invadir su espacio, no tocarla si no estaba disponible o con ganas, fueron las claves para ganar su confianza”, dice contento Federico.

En los momentos de estrés o situaciones tensas, recurrió a otras herramientas como hacerla jugar con soguitas o juguetes específicos. Eso generaba distracción, le permitía cambiar sus emociones, gastar un poco de energía y poner el foco en cosas más divertidas o relajantes. “Hoy puedo decir que Mut es una gata súper sociable, buena y que su especialidad es repartir amor de forma ilimitada. Es muy perceptiva e inteligente”.
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