
LA SAGA DE LOSGETTY
Los millonarios norteamericanos tuvieron una vida tan negra como el petróleo que los hizo ricos. Después de años de dolor y muerte están otra vez en la escena
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Poco antes de su desaparición, en 1976, cuando ya estaba gravemente enfermo, J. Paul Getty escribió su autobiografía, As I see it (Como yo lo veo). Se trata de un texto extraño, en el que el multimillonario, famoso por su perspicacia para los negocios, intenta demostrar el amor que siente por la familia. Llega incluso a ofrecer consejos sobre cómo mantener unas buenas relaciones. Nunca sabremos si fue la vergüenza, el remordimiento o la proximidad de la muerte lo que impulsó a Getty a presentarse como hombre amante de su familia y experto en relaciones humanas. La triste verdad es que Getty murió en la soledad más absoluta de su inmensa mansión.
Getty fue un hombre de negocios brillante toda su vida. Previó que el petróleo iba a regir la economía norteamericana. Amasó acciones de compañías petrolíferas durante la Gran Depresión -cuando nadie se atrevía a invertir- y consiguió beneficios enormes cuando el mercado del crudo resucitó. Intuyó la importancia estratégica de las reservas de petróleo en los territorios árabes. Construyó el primero de los superpetroleros, fue pionero en las adquisiciones empresariales... y así sucesivamente. En todos estos asuntos, Getty carecía de escrúpulos: era despiadado, de una mezquindad patológica y enteramente desagradecido. En sus relaciones personales actuaba de la misma manera.
Tuvo cinco esposas, cinco hijos y 16 nietos, pero tan sólo unos pocos podrían decir que los trató bien en algún momento. Su crueldad y sus constantes infidelidades impulsasron a todas sus mujeres a divorciarse de él. Entre otros agravios, tenía la costumbre de abandonar durante meses a sus esposas, casi todas adolescentes, en cuanto ellas quedaban embarazadas. Ignoraba a sus hijos durante la niñez y se negaba a darles todo lo que no fuera la manutención básica. Durante la infancia y adolescencia de sus hijos, sólo en una ocasión Getty dejó que se conocieran entre sí, en un intento mal disimulado de contentar a su madre antes de que ella muriera. Sus padres, escandalizados por su conducta, lo castigaron. El padre, en secreto, redujo la considerable herencia de Getty a una cantidad mínima.
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A George y Sarah Getty les había afectado profundamente la muerte de su hija, que sucumbió al tifus en 1890. Dos años después nació J. Paul, y lo aislaron de los demás niños, supuestamente para impedir que sufriera el mismo destino. Eran devotos metodistas que no aprobaban la bebida, el tabaco ni los bailes. Observaban valores puritanos, como el trabajo duro y la honradez, e incluso condenaban cualquier tipo de demostración emotiva. Criado como hijo único en la remota región del Medio Oeste de Estados Unidos, se dice que Getty no recibió jamás ninguna muestra de afecto, ningún regalo de cumpleaños ni de Navidad, y que su único amigo era su perro Jip.
En 1903, su padre empezó a comprar terrenos ricos en petróleo en Oklahoma y se hizo millonario prácticamente de la noche a la mañana. Eso permitió que la familia se trasladara, cuando Getty tenía 14 años, desde Minneápolis, donde había nacido, a la soleada Los Angeles. Una vez allí, sus notas en el colegio empeoraron; se había transformado en un soñador que deseaba explorar el mundo. También se convirtió en un mujeriego incorregible. Aunque no era especialmente guapo, era alto, rico, encantador y tenía buen tipo. En Hollywood se hizo tan notorio por perseguir a doncellas que los padres les prohibieron a sus hijas que salieran con él. A su propio padre, tan beato, le disgustaban la holgazanería y el comportamiento inmoral de su hijo. Sin embargo, cuando retó a J. Paul a que demostrara su valía en los negocios, éste salió del paso admirablemente. A los 23 años ganó su primer millón de dólares especulando con tierras en las que hallaron petróleo. Al morir, en 1930, el padre de Getty era un hombre muy rico. Su fortuna, valorada en 10 millones de dólares, se debía, en parte, al notable espíritu empresarial de su hijo. No obstante, en la lectura de su testamento, Getty sufrió un golpe humillante: no recibió más que un cuarto de millón de dólares. Además, todo el control del próspero negocio familiar pasó a manos de su madre. Según sus biógrafos, Getty nunca se recobró de esta bofetada paterna.
Cuando murió su madre, en 1941, Getty tenía 48 años. Había contraído cuatro tortuosos matrimonios en 10 años. En cuanto sus mujeres aceptaban su propuesta de matrimonio, Getty parecía perder el interés y se apresuraba a pasar a su siguiente conquista. Ni siquiera la muerte prematura de su hijo Timothy por un tumor cerebral, a los 12 años, cambió su actitud. Seguía prestando escasa atención a sus otros cuatro hijos, George, Ronald, Gordon y J. Paul II.
Getty como galán, en 1960
Casado o no, Getty nunca dejó de ser un seductor empedernido. Fascinado por las bellezas europeas, vivió una existencia nómada entre sus hoteles favoritos de Nueva York, Londres, Berlín y Roma, además de su piso de soltero en París. A los 62 años, presumía de haber tenido cien amantes. Se vanagloriaba de ser sensacional en la cama. ¿Cómo consiguió Getty imponer sus deseos sobre los demás? Además del poder magnético de su riqueza sin precedentes, en el sector privado gran parte de su éxito se debió a su capacidad de transformarse, como un camaleón, con arreglo a cada situación. Asombró a sus adversarios con su capacidad casi sobrehumana de concentrarse con tal intensidad en el tema de discusión que podía pasar horas sin comer, beber ni ir al baño. En cambio, cuando quería seducir a las jóvenes, se mostraba dulce y educado. A medida que fue envejeciendo, incluyó entre sus transformaciones la de teñirse el pelo (con un tinte barato color marrón) y tres liftings no demasiado afortunados.
Aparte de su afán por triunfar, tanto en su imperio como con las chicas, Getty estaba obsesionado con la idea de impresionar a la sangre azul europea. Pero le salió bastante mal; la mayoría lo consideró un norteamericano vulgar. Presionó a los políticos para que le concedieran un cargo diplomático, pero sus simpatías hacia Hitler convirtieron su candidatura en inviable. Intentó formar parte de la nobleza británica al comprar una mansión del siglo XVI cerca de Londres, pero su ruindad lo traicionó. Para consternación de sus invitados, se negó a calentar suficientemente su mansión, obligándolos a llevar sus abrigos dentro de sus propias habitaciones. Para colmo, llegó a instalar un teléfono que funcionaba con monedas, hecho que fue publicado con escándalo por la prensa internacional.
Su mezquindad se manifestó también en su famosa colección de arte. Numerosos especialistas criticaron sus adquisiciones, incluyendo el gran historiador del arte Bernard Berenson. Otros amigos suyos con importantes colecciones, como el barón Thyssen-Bornemisza, le suplicaron que dejara de comprar basura. Creó una colección destacable, pero muy incongruente, e ideó un fantasioso proyecto en el que gastó 17 millones de dólares. Cuál fue su sorpresa y disgusto cuando, al abrir las puertas del museo en Malibú, en 1974, los críticos ridiculizaron el museo. Getty dejó la mayor parte de su inmensa fortuna al museo. Tal vez lo que motivó esta herencia maliciosa fue el desencanto que Getty llegó a sentir hacia sus cuatro hijos.
George, hijo mayor de Getty y su heredero elegido, luchó sin éxito durante años para satisfacer las exigencias de su padre en Getty Oil. Es difícil de comprender el duro tratamiento que recibía de él, puesto que fue el único hijo que había demostrado cierto instinto para los negocios. Entre otros puestos importantes, fue director del Bank of America. En apariencia era un hijo modelo. En 1971 se casó con su segunda esposa, la bella heredera Jacqueline Riordan, pero no pudo satisfacer a su padre. Dos años después, a los 48, se suicidó con sedantes.
El segundo hijo de Getty, Ronald, se veía forzado a soportar la ira de su padre hacia su madre, Adolphine (Fini). Cuando Getty la abandonó para casarse con Ann, Fini detuvo el proceso de divorcio y luchó por una pensión mayor. Como venganza, Getty desheredó a Ronald. En consecuencia, hubo una época en la que J. Paul II y Gordon recibían 1,2 millón de dólares cada tres meses, mientras Ronald tenía que conformarse con la ridícula suma de 3000 dólares al año.
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Gordon fue uno de los dos hijos que Getty tuvo con Ann. Era poeta, pianista y compositor, y no parecía estar preparado para el frenético mundo empresarial. Sin embargo, Getty lo empleó en la compañía. Y él, lejos de exhibir gratitud hacia su padre, discutía por su sueldo y criticaba sus proyectos. Sin duda, lo que colmó la irritación de Getty fue la demanda que éste presentó contra él con el fin de obtener más dinero del fondo de Sarah. El pleito duró siete años; Gordon perdió y Getty se vengó. Le impidió el acceso al negocio y declaró que no quería volver a verlo. Luego, tras varios desencuentros con sus otros hijos, Getty cambió de opinión y le dio grandes poderes sobre la fortuna familiar. Evidentemente, no sospechó qué haría Gordon con su adorada Getty Oil tras su muerte.
La conflictiva relación de Getty con J. Paul II, su otro hijo con Ann, se debió, en gran parte, a que los tiempos habían cambiado. A principios de siglo, Getty fue respetado por sus triunfos petroleros, pero en los años sesenta se lo detestaba por atentar contra los recursos naturales de la tierra. La actitud desafiante de J. Paul II hacia su padre reflejaba el espíritu de la era, dispuesta a "acabar con el establishment".
Sensible e inteligente, J. Paul II demostró una gran afición a las artes y la literatura. Al principio, Getty le dio trabajos humildes, como empleado en una de sus gasolineras. Luego, inesperadamente, lo nombró director de la nueva sucursal italiana de Getty Oil, un puesto que sobrepasaba con creces su experiencia. No obstante, J. Paul II aceptó el reto y en 1958, con 25 años, se fue a Italia con su mujer, Gail (con la que tuvo cuatro hijos: J. Paul III, Aileen, Mark y Ariadne). Pronto, las cosas fueron mal: su padre lo despidió y su matrimonio se desintegró. Aun así permaneció en Roma, donde, en 1966, se casó con Talitha Pol, una belleza exótica. Inspirados por el ambiente, se convirtieron en unos hippies convencidos. Guapos, ricos e impetuosos, escandalizaron a Getty cuando aparecieron fotografiados con ropa psicodélica en las revistas de moda. Provocaron otra vez su furia en 1968, cuando bautizaron a su hijo con un nombre claramente inspirado por las drogas: Tara Gabriel Galaxy Gramophone Getty.
Pero quizá lo que más mortificó a Getty fue ver cómo derrochaban su dinero. En Marrakech compraron una decadente morada principesca y en ella celebraron fiestas extravagantes para personajes del jet set, incluidos sus amigos Mick Jagger y los Rolling Stones. Pero cuando terminaron enganchados a la heroína, su estilo de vida despreocupado se derrumbó. Asustada, Talitha regresó a Londres y pidió el divorcio. Cuando J. Paul II le rogó que lo pensara, ella voló a Roma para hablar con él. Murió al día siguiente, de una sobredosis, a los 31 años. Getty reaccionó con rabia a la tragedia de J. Paul II eliminándolo del testamento y dejándole la insultante cantidad de 500 dólares.
En 1973, los Getty sufrieron otro duro revés. En uno de los secuestros más famosos de los tiempos modernos, J. Paul III, de 16 años e hijo de J. Paul II, fue raptado por miembros de la mafia calabresa. Pidieron 16,7 millones de dólares de rescate, que su abuelo se negó a pagar. Getty regateó durante meses, para desesperación de la madre del chico, que actuaba como intermediaria. Hartos, los captores le cortaron una oreja al joven y la enviaron a un periódico italiano; luego, amenazaron con cortarlo en pedazos. Por fin, Getty aceptó pagar 3,2 millones de dólares.
Getty murió no mucho después, amargado, el mismo día en lo que se cumplían tres años del suicidio de su hijo George. No podía imaginar la terrible sucesión de acontecimientos que su cruel legado iba a provocar todavía en la dinastía Getty.
Para empezar, la angustiosa experiencia de J. Paul III no había terminado. Después del secuestro, sufrió pesadillas, además de otros graves trastornos psicológicos. Para escapar de sus problemas, consumía barbitúricos y bebía en exceso hasta que, una noche de 1981, cuando tenía 25 años, entró en coma profundo. Cuatro años más tarde otra tragedia golpeó a la familia. Su hermana Aileen, de 28 años y con un largo historial de drogas y crisis nerviosas, descubrió que tenía SIDA (en esa época estaba casada con Christopher Wilding, hijo de Elizabeth Taylor, pero el matrimonio estaba ya abocado al divorcio por la conducta autodestructiva de ella). La situación desesperada de los dos hermanos se agravó cuando, inexplicablemente, su padre se negó a hacerse cargo de las facturas médicas. Según los amigos de la familia, J. Paul II estaba repitiendo inconscientemente lo que su propio padre había hecho con él. Además, estaba inmerso aún en una depresión profunda y en sus adicciones. Con el fin de obligarlo a pagar, Aileen y J. Paul III (por medio de su madre, Gail) lo demandaron ante los tribunales.
En la actualidad, los Getty se han transformado en una familia distinta. Posiblemente las tragedias y la espectacular cascada final de demandas tuvieron un efecto catártico en sus vidas. J. Paul III ha mejorado espectacularmente en los últimos 17 años. Su hermana Aileen, aunque está muy enferma, ha abandonado las drogas y ha recuperado el respeto por sí misma gracias a la ayuda de su ex suegra, Elizabeth Taylor (Taylor es presidenta de la Fundación Norteamericana para la Investigación sobre el SIDA). Ofendida por la idea de que para su familia podía parecer más respetable que muriera de una sobredosis que de SIDA, Aileen ha llegado a ser activista y da numerosas conferencias sobre esta enfermedad. Su coraje y sinceridad han ejercido una influencia positiva en una familia que ha cargado durante demasiado tiempo con el lastre de la desconfianza y el secretismo.
Otra mejora significativa de los Getty es su empeño en hacer buenas obras. J. Paul II, tras su rehabilitación, ha llegado a ser el principal mecenas de las artes en el Reino Unido. En los últimos 15 años ha donado más de 250 millones de dólares a la National Gallery. Otra paradoja de su vida: donó grandes sumas de dinero para la compra de dos de los tesoros artísticos del Reino Unido (la Crucifixión, de Duccio, y Las tres gracias, de Canova), con el fin de impedir que el museo californiano de su padre las sacara de allí. Mark, hijo de J. Paul II, conduce Getty Communications. La compañía ha lanzado una campaña multimillonaria para comprar las principales agencias de fotografía; entre ellas, el famoso archivo gráfico de la BBC. El joven empresario, de 38 años, prevé digitalizar su colección de 25 millones de imágenes para su utilización en Internet.
Cuatro décadas después de que su abuelo se consolidase como el hombre de negocios más rico del mundo, parece que la historia vuelve a empezar. Mark compite con éxito con quien ocupa actualmente este puesto, Bill Gates. En sólo tres años, Getty Communications ya ha superado a la empresa de imágenes fotográficas de Gates, Corbis. Y su familia es nuevamente pionera dentro del mundo empresarial: el petróleo ha cedido el paso a proyectos ecológicamente sanos y tecnológicamente avanzados. Si Mark logra realizar sus planes, habrá conseguido que los Getty construyan un imperio mucho más poderoso de lo que el patriarca llegó a soñar jamás.






