
La sombra de Stalin
Prokofiev y Shostakovich: arrepentimientos
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Las primeras erupciones aparecieron en 1936, cuando Stalin inspiró un artículo en el Pravda para condenar la ópera de Shostakovich Lady Macbeth en Mtsensk y señalar los peligros de una música "alejada de la comprensión del pueblo". Las discusiones de diverso matiz que durante un tiempo no transpusieron la interna de la Unión de Compositores Soviéticos, se arrastraron hasta el primer congreso de la entidad gremial, celebrado en Moscú en 1948, donde, inesperadamente, se vieron amplificadas como tema principal. Finalmente, la falta de acuerdo entre los músicos allí reunidos fue solucionada con un decreto inapelable del comité central del Partido Comunista y la intervención del comisario para asuntos culturales Andrei Zdanov.
La bajada de línea de este vocero de Stalin, resumida en el fascículo Sobre la literatura, la filosofía y la música (que los occidentales pudieron leer poco después en una edición francesa de La Nouvelle Critique) quedará como uno de los más elocuentes monumentos de nuestra época a la intolerancia, autoritarismo y estrechez, producidos después del nazismo, un ejemplo que todos creían insuperable. En esa declaración, Zdanov utiliza el típico discurso de la demagogia: "Una obra musical es más genial cuanto más rico y profundo sea su contenido, más elevada su maestría, mayor el número de los que la entienden y de aquellos a quienes pueda inspirar. Todo lo accesible no necesariamente es genial, pero todo lo verdaderamente genial es accesible, y será más genial cuanto más accesible sea a las grandes masas del pueblo". La situación de la música soviética es descripta por Zdanov de manera bien puntual: "Va muy mal en cuanto al dominio de la creación sinfónica y operística, porque está en manos de compositores que se sujetan a una orientación formalista y antipopular. La obra de Shostakovich, Prokofiev, Katchaturian, Miaskovski y otros refleja tendencias musicales antidemocráticas, extrañas al pueblo soviético y a sus gustos artísticos".
Los compositores entienden enseguida el mensaje de este patrón de los gustos artísticos del pueblo, sobre todo los dos grandes talentos de la música soviética particularmente célebres en los países occidentales: Prokofiev y Shostakovich. Ellos son los primeros en expresar su arrepentimiento a través de sendas obras. La del primero se llama En guardia para la paz y la del segundo, Canción de los bosques . Ambas son admisiones compulsivas de la visión arcaica del mundo como la que Galileo debió hacer ante la Inquisición. De haber sido verdaderos rompedores de rutinas musicales, ambos se prestan tristemente a una domesticación desprovista de interés, como si se tratara de una ofrenda a la tradición rusa del siglo pasado.
Sin embargo, el disco que acaba de llegar a la Argentina con las dos composiciones grabadas por cantantes, narradores, coros y la Filarmónica de San Petersburgo, dirigida por Yuri Temirkanov, y que la compañía editora subtituló Música de un régimen totalitario sirve para saber hasta qué punto era estimulante y apacible la creación artística en la Unión Soviética stalinista. Y se transforma en el verdadero documento de una época muy reciente que, increíblemente, aún algunos miran con nostalgia.
Shostakovich: Song of the Forests Op. 81. Prokofiev: On Guard for Peace Op.124. Cantantes solistas, recitantes, coros y Orquesta Filarmónica de San Petersburgo.
Director: Yuri Temirkanov (RCA).
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