
Las terrazas de Liubliana
La capital eslovena, a dos horas de Venecia por ruta, ofrece junto al río disfrutar del movimiento, el sol y los aperitivos. Los mejores bares, en zonas alternativas y okupadas
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Cuando hace unos meses un oso pardo ingresó al barrio del Parque Rožnik, nadie se mostró muy sorprendido. Gran parte de Liubliana, capital de Eslovenia, está rodeada de bosque. Y la población de estos animales aumenta, porque se encuentran protegidos. Entonces, muy cada tanto, se aproxima algún ejemplar; la orden es cerrar las puertas de las casas y esperar que especialistas del zoo vengan a rescatarlo.
Lejos de inhibirse por apariciones de úrsidos, los eslovenos salen a la calle para casi todo. Los mercados principales de la capital –una de las más pequeñas y mejor conservadas de Europa– son al aire libre y, en los bares con terrazas junto al río, los vasos vacíos y las botellitas de cerveza se van apilando a medida que avanza la tarde/noche.
Ni el invierno parece frenarlo. Después de un diciembre iluminado –desde comienzos del mes se decora con luces la ciudad– y el cierre de año a lo grande con un festival de música electrónica, todos esperan cada rayo de sol para salir de aperitivos con vista al río, casi encima de barquitos con techos vidriados, destinados al paseo de los viajeros que llegan hasta aquí, una ciudad tamaño aldea aún por descubrir por la gran mayoría.
Hay vuelos low-cost desde ciudades cercanas, pero se puede arribar, por ejemplo, en combi desde Venecia (www.drd.si). Cuesta 25 euros el pasaje y el punto de encuentro es frente a la estación de trenes de Mestre, en la puerta del Plaza Hotel. El viaje es de unas dos horas. El destino final: la estación de Liubliana y, desde allí, caminando, se puede ir por la calle Miklošiceva hasta la plaza Preseren, que centraliza el movimiento turístico y se distingue por su iglesia franciscana pintada de rosa. Allí mismo se distingue un puente triple: el Tromostovje. Hay registros de su existencia desde 1280, pero se fue actualizando. Demasiado angosto para los carruajes y peatones, en 1931 construyeron a su lado dos puentes laterales que hoy le dan un toque elegante y curioso.

Por callecitas del centro histórico se accede al castillo, en lo más alto. Es el paseo típico de la ciudad (se sube también en funicular), para ver desde la cima los detalles de una urbe que, por sus edificios y el color de sus tejas, se emparenta con Viena y Praga. Reluce el estilo de la Secesión de Viena y del famoso arquitecto Jože Plecnik. Se mantiene casi intacta a pesar de los conflictos bélicos del siglo XX: cercada con alambre de púas durante la ocupación fascista y luego alemana, la guerra que le permitió independizarse de Yugoslavia, en 1991, duró menos que en el resto de los Balcanes, apenas una semana.
Hoy atrae su juventud. La quinta parte de su población está formada por estudiantes y el turismo es, en gran medida, de mochileros atraídos por los precios más bajos que los de otras capitales europeas.
Lo más típico puede conocerse con los tours gratis que se inician en la plaza central (www.ljubljanafreetour.com), con guías a la gorra, una modalidad cada vez más común en el mundo. Pero es por cuenta propia que se llega hasta dos de las mejores zonas, también en el centro, pero poco indicadas en el mapa: la calle Trubarjeva, repleta de bares y hostales, y el barrio okupado Metelkova. Este último cuenta con una decena de edificios bajos, completamente grafiteados, que casi no tiene movimiento durante el día. Pero es la gran zona alternativa durante la noche.
Era un antiguo cuartel militar, por eso tiene barreras en sus dos accesos. El gobierno quiso derribarlo cuando finalizó la guerra de Yugoslavia, pero artistas y vecinos tomaron los edificios y lograron convertir el lugar en un barrio cultural. Además de bares y galerías de arte, tiene hostels como el Celica, en la vieja prisión. Sus celdas son hoy las habitaciones, restauradas por más de 80 artistas.
Fotos Gentileza D. Wedam y G. Murn/Ljubljana Tourist Board




