
Lejanas batallas del tango (II) París 1913: la fievre du tango
En esta segunda entrega de la serie de tres historias sobre el impacto internacional del tango el autor recuerda cómo se inició el éxito de este símbolo argentino en París sin eludir la polémica desatada por su origen prostibulario
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Estiman los especialistas que el tango se definió como música autónoma, desprendiéndose de sus influencias, la habanera, el candombe, la milonga criolla, hacia 1890.
Tangos como El choclo, El entrerriano, El porteñito, son de la primera década del siglo.
Es increíble la rapidez con que se difundió el tango en París en aquellos tiempos felices de escasa velocidad de información y comunicaciones. Ya en 1907, la orquesta de la Guardia Republicana de Francia grabó varios cilindros de cera con tangos para la venta por encargo de la tienda Gath & Chaves. Es en ese año cuando los pioneros desconocidos llevan un germen del que París no se desembarazaría fácilmente. Prende con tal fuerza que ya en Le Figaro del 10 de enero de 1911 se puede leer: "Lo que bailaremos este invierno será una danza argentina, el tango-argentin... es graciosa, rítmica, variada".
Pero pronto se conoce en París el prostibulario origen del tango y se inicia la polémica. (En Inglaterra, victoriana, no ingresa en ningún salón aristocrático o burgués. En muchas ciudades alemanas directamente se lo prohíbe por resolución municipal o arzobispal.)
De modo que París, cuando aún el tango era música vedada en Buenos Aires y Montevideo, se consolidó -desde los inicios- como la tercera capital del tango. Es difícil explicarlo. Madrid y Roma, las capitales de nuestras masivas corrientes inmigratorias, fueron tan impermeables para el alma del tango como Varsovia o Toronto. Ivette, Francesita, Mimí Pinsón, Anclao en París o el Marne son algunos de tantos títulos que certifican el parentesco parisiense. (Nos costaría imaginar títulos como Piazza Navona, El Manzanares o Anclao en Valencia. España es clara y noble, dos categorías demoledoras para la esencia del tango, que es más bien canaille, caído, nocturnal, adúltero, curioso de abismos y soledades sin remedio.) Esta filosofía tanguera no ha dejado de tener consecuencias graves en la forma de ser de los argentinos.
Un documento precioso y extenso sobre los primeros pasos del tango en París fue publicado en la revista Renaissance Politique, Litteraire, Artistique del 10 de enero de 1914. Allí explican con lujo de detalles algo que los estudiosos argentinos desearán conocer y es un poco el eslabón perdido de la conexión del tango con Francia: "Es en el elegante salón Magic City (en la Gare d’Orsay) donde el tango argentino se presentó por primera vez, importado por auténticos argentinos con su carácter de originalidad curiosa y un poco salvaje. Estos iniciadores, cuyos nombres ya no se recuerdan, fueron sustituidos por arribistas e impostores". Luego explica que las orquestas que a partir de allí difunden el tango por todos los cafés-concierto y thé-dansants de la ciudad están compuestas por patéticos gitanos con violín, mandolina y acordeón. Estas orchestres tziganes fueron las que mal o bien lo hicieron imponer como indiscutible en todos los ambientes mundanos o elegantes. Se robaron el tango de aquellos pioneros enviados para efectuar las primeras grabaciones con la Guardia Republicana. (Arolas, creador fundamental del tango, viajó por primera vez a París en 1920, directamente importado de la cantina La Buseca de Avellaneda y del burdel de Bragado, donde había formado un famoso trío con Tuegols y Zambonini. Su influencia es muy posterior y es una de las figuras más grandes de la renovación musical del tango. Alcanzó a ser figura de la noche canalla de París, sostenido por su talento y el rufianismo. El tango lo prefirió enterrar con versión tanguera de borracho tísico, que muere en la miseria pensando en Buenos Aires. Perón, en 1950, hizo repatriar sus improbables restos.)
¿Quiénes fueron los pioneros que Robert Hénard, el autor del estudio citado, desconoce? Son nada menos que Alfredo Gobbi y Angel Villoldo, el autor de El choclo.
El triunfo del tango es total en esa década. Hasta hay un couleur tango, apéritif-tango y un tango-champagne. Aparecen álbumes dedicados a Mistinguette y el tango. D’Annunzio es caricaturizado por Sem bailando tango sobre un plato de maccarroni. Las críticas a la supuesta procacidad aumentan peligrosamente. Hasta tal punto que el poeta y académico Jean Richepin lo considera tema importante como para una reunión solemne y conjunta de los immortales en la Academie de France. Hace un extenso y ya famoso alegato a favor del tango como expresión folklórica y transprostibularia. Lo presentó como producto del alma popular. La defensa tuvo mucha repercusión. Desde entonces, el tango pasó a la legitimidad en Francia. Era importante porque París era entonces la comandante cultural del mundo.
La esencia de esa música, su nostalgia, su sensualidad, coincidieron con ese París de brillante decadencia, con esos Tiempos iluminados que describió Enrique Larreta.
Es el París de los maravillosos snob argentinos que preocupan y admiran a Céline. Argentinos polistas y criadores de caballos ganadores en Auteuil y Longchamps. Noches de El Garrón, puchero de madrugada, Mademoiselle Ivonne. Las Atucha, que invitan a Proust antes de que sea famoso. Tiempos iluminados de "seis meses en Buenos Aires o en la estancia, y seis meses en París con toda la familia", para ahorrar, como pasaba en la familia de Bioy Casares y, más modestamente, en la de Borges.
Era la música para ese fin de siglo que agonizaría hasta 1914. Coincidía con el lujo de aquellos argentins, rodeados de espléndidas mujeres con largas boquillas, en su Viaje hacia el fin de la noche. Lo cierto es que con distintas alternativas, desde la presencia de Gardel con bombachas de seda (de gaucho húngaro), muy peinado a la gomina y cantando en el cabaret Florida, hasta las orquestas de Pizarro, de Bachicha y el actual retorno triunfante; el tango tuvo una presencia constante en París.
En la Argentina la resistencia continuaría. Enterándose del discurso de Richepin, Leopoldo Lugones que desde su nacionalismo sólo veía autenticidad en lo hispánico-criollo, lanzó su famosa diatriba contra el tango gringo y arrabalero: "El tango no es un baile nacional, como tampoco la prostitución que lo engendra... Cuando las damas del siglo XX bailan el tango saben, o deben saber, que parecen prostitutas, porque ésa es una danza de rameras".
Pero en 1913 el tango ganó la batalla de París. Era muy importante: éramos tan colonialmente sugestionables que desde entonces los salones argentinos le abrieron sus puertas. El tango abandonó La Boca, la esquina de Suárez y Necochea, y entró en la melancolía de la clase media.
El autor es escritor y embajador de la República Argentina ante el reino de España





