¿Los objetivos laborales pueden reemplazar los disfrutes personales?

Crédito: Shutterstock
El asistente
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4 de junio de 2018  • 00:00

El recorrido laboral de Rocío parecía una carrera de postas: en un equipo cada integrante debe recorrer cierta distancia para encontrarse con el siguiente y así habilitarlo a que sea él quien siga avanzando. Pero el equipo de Rocío era ella sola: Rocío daba todo de sí para llegar a algo, lo conseguía y de allí partía veloz hacia un nuevo objetivo. "En cuanto lograba un avance, no podía evitar empezar a pensar en el siguiente. La meta podía ser lograr un ascenso, cambiar de empresa, que me financien un curso. ¡No relajaba nunca!"

Relajar no era un término en el diccionario de Rocío, ya desde el secundario: mientras en quinto año sus compañeros pensaban en el combo "último primer día de clases / viaje de egresados / fiesta de egresados", ella también disfrutaba de eso pero ya había decidido que estudiaría Relaciones del Trabajo en la UBA y tenía el foco puesto en hacer UBA XXI, el programa para adelantar materias del CBC.

Carrera de postas hasta que llegaron los 29. A esa edad, Rocío no paraba en lo profesional pero seguía viviendo con los padres. Un par de años había vivido en Alemania por un proyecto puntual de la empresa en la que trabajaba, pero el resto de su adultez la vuelta desde el trabajo había sido a la casa de mamá, papá y hermanos menores. Entonces por primera vez decidió desacelerar. "Me di cuenta de que calibrar el acelere no es paralizarse sino tener capacidad de decisión: a qué darle importancia en cada etapa".

Así, en su cumple de 29 Rocío tuvo un solo deseo al apagar las velitas: priorizar la mudanza. Y tuvo las suficientes ganas para lograrlo. Pero para eso dejó las reuniones laborales fuera de horario de oficina, postergó un semestre el curso de actualización que tenía pendiente y se animó, casi por primera vez, a retrasar un poco los regresos post almuerzo a la oficina para tener tiempo de visitar departamentos.

Y llegó el día en que Rocío ya estaba instalada en su nueva casa. Invitar amigos, dejar todo tirado si se le cantaba, pintar una pared del pasillo de verde fosforescente (la pared así pintada duró dos días, luego volvió al blanco original): nuevos disfrutes personales; no hay objetivo laboral que pueda reemplazarlos.

Bienvenido wu wei

"La palabra ‘carrera’, que habitualmente se asigna a un recorrido laboral, es medio tramposa", opina Mercedes Korin, asesora en desarrollo profesional. "Es que nos lleva a pensar en una especie de maratón de años, donde no se puede aflojar". Pero, cuando en algún momento (para cada persona por sus propios motivos y a su propio tiempo) nos damos cuenta de que podemos intentar calibrar la cadencia que queremos darle a la vida laboral según la etapa en la que estamos, esa posibilidad de regular se vuelve poderosa en cuanto al equilibrio entre lo personal y lo laboral. "Tal vez haya costos al hacerlo (sobre todo, si estamos acostumbrados a evaluarnos desde el parámetro de correr, correr y correr), pero aún así podemos relativizar esos costos en relación a los beneficios."

En casos como el de Rocío, Mercedes propone que nos preguntemos qué tipo de cadencia le estamos dando a nuestro camino laboral y ver si hay manera de regularla en función de nuestros intereses más personales. Hay un símbolo de la tradición oriental milenaria que Rocío podría pintar en la pared que un par de días fue fosforescente y luego volvió a ser blanca: "El wu wei, que simboliza la no acción. No accionar no es ser pasivos sino dejar que la naturaleza haga lo suyo. Hay momentos en los que es mejor no empujar, dejar lo laboral funcionando como está y que eso nos permita prestarle atención a otro aspecto de nuestra vida".

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