
Lucía Suárez De la tele, lo mejor
Trabajó durante décadas en los Estados Unidos. Volvió al país a principios de los años 90 para producir el mítico programa Edición Plus. Ahora dirige los contenidos de Pramer, productora de algunas de las señales más innovadoras del cable
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Lo de la mujer es patetismo puro. Tiene uñas como pocas veces se ven: diez dedos terminados en una cáscara violeta de pintura vieja. El departamento es ruinoso, pero ella no ve nada que no sea ese ojo de vidrio, ese insecto que devora su historia, esa glotona cámara de televisión. La mujer tiene 79 años. En sus años mozos fue vedette de un teatro barato de Nueva York y ahora es esto: una mujer con las uñas raídas, habitante de un departamento en ruinas, acomodadora de un teatro de Broadway, que le cuenta su historia a una chica recién recibida de periodista de televisión.
-Esa fue la primera vez.
Dice Lucía Suárez.
-Mi primer cuento. La primera historia que hice para la televisión americana.
Lucía Suárez es lo contrario de aquella señora de 79 años. Es una mujer de traje impecable y modales impecables sentada en una oficina impecable de Pramer, algo así como la mayor empresa productora y distribuidora de contenidos de América latina, responsable de algunas de las señales más interesantes del cable, entre ellas Canal (á) (ver recuadro), elgourmet.com, Cineplaneta y Film&Arts, y de la que ella es nueva directora de Contenidos desde el 1º de julio último.
La historia de Lucía empezó hace décadas, con una mudanza de las que duelen. Iba a quinto grado y era 1966 cuando su madre, Lucía como ella, se llevó a sus cinco hijos a vivir a Nueva York. Con 35 años, había quedado viuda tan temprano de Adolfo, su marido, muerto en un accidente de auto en la ruta 2. El vendía camiones Mercedes Benz, y en uno de sus viajes a Estados Unidos se había topado con gente enloquecida por una cosa llamada la televisión.
-Volvió y dijo: "Esto se viene". En uno de sus viajes compró una licencia para exportar y empezó a fabricar y vender televisores. Eran los televisores Admiral. Estuvo muy metido en la producción de programas. Empezó auspiciando un programa o dos de Canal 7, uno de ellos era Tropicana Club, y durante más de doce años auspició el programa de Ana María Campoy y Pepe Cibrián. Después conoció a Goar Mestre en Cuba y comenzaron a hacer tratativas para que fuera potencial socio de Goar en Canal 13. Justo entonces, papá tuvo un accidente de autos en la ruta 2 y Goar le dijo a mamá que quería que ella estuviera en el directorio de Canal 13. Así que se quedó viuda a los 35, con una fábrica de televisores, socia de Canal 13, con un campo de 2000 hectáreas en Tandil, y un día piró, dijo chau, hizo las valijas, nos consiguió colegios a los cinco hermanos en Nueva York, y se fue.
Lucía, la hija, estuvo 27 años afuera, durante 12 de los cuales ni siquiera regresó a la Argentina de vacaciones, y cuando le tocó elegir Universidad recorrió con ojos atentos la guía de carreras de la Universidad de Nueva York (NYU).
-Yo quería estudiar algo que me permitiera trabajar e independizarme, sin tener que hacer el máster. Entonces había esta carrera, periodismo para televisión. Yo sentía que tenía que elegir algo que no requiriera tanto conocimiento del lenguaje como el que iba a necesitar para escribir, y me parecía que podía entrar mejor en el mundo de la tele que en el de la gráfica, porque si no iba a terminar trabajando en un diario latino y yo no quería trabajar en un diario latino, ni en la televisión latina, sino en la tele americana.
La tele americana. Primera A. Las ligas superiores. Empezó a estudiar en la NYU, y seis meses antes de recibirse una autoridad la llamó a su despacho: "Señorita Suárez -dice que le dijo-, quiero que usted sepa que no va a ser fácil para usted conseguir trabajo, yo he tenido alumnos extranjeros y han tenido que trabajar en sus países de origen". Entonces la señorita Suárez, estudiante impecable que hacía tremendos esfuerzos para no ser extranjera en Nueva York, se enterró en el ladies room a llorar.
Lloró media hora.
Seis meses más tarde estaba trabajando en la NBC, en el programa de Barbara Walters.
-Siempre me acordé del tipo éste.
Dice, sin rencor ni resentimiento. Lucía Suárez es una mujer de modales impecables.
Podría haber sido una escena de esas películas no del todo baratas de Hollywood, pero es real y es así: la señorita Suárez avanza por un pasillo de la NBC, tape en mano, estrenando la pasantía que la NYU les da a sus mejores alumnos. Empuja la puerta de un estudio de televisión y entiende que, si el nirvana tiene una forma, es la de esas luces tenues, esos monitores con el rostro de Bárbara Walters y la voz hueca del director indicando "cámara uno, cámara dos".
-Era como la NASA, como si fuera a despegar algo, y de pronto salía la música y empezaba el programa de Bárbara Walters que era la número uno de la televisión y yo ahí. Me quedé idiotizada. Me quedé enamorada. Yo sentí... que estaba donde debía estar. Se te brindaba en bandeja y con absoluta claridad lo que era tu futuro. Y yo fui una fanática de la televisión. Por eso me pasé muchísimos años... en fin... no tuve hijos, no me casé. Mi trabajo, como para muchos americanos, era lo número uno.
Y un día hizo su primer programa propio. El cuento con que empieza esta nota: aquella señora de 79 años que acomodaba gente, allá en Broadway.
-Fue mi primera cosa. Y fue nominada para un Emmy. No gané, pero estuvo nominada.
En ese momento Lucía Suárez sabía pocas cosas, todas importantes: sabía que no quería volver a vivir a la Argentina -todavía-, sabía que estaba justo donde quería estar, haciendo lo que quería hacer, sabía que la objetividad periodística era un invento.
-Nosotros somos latinos y siempre tenemos más necesidad de decir lo que pensamos, y hay que tratar de ser lo más... invisibles que se pueda, pero para mí de todos modos fue una decepción enorme cuando el primer periodista que vino a hablar a la Facultad dijo que no existe la objetividad. Que la manera en que yo te miro a cámara, cómo te muestro, cómo edito, ya es una opinión... Claro que acá todavía se quiere manejar mucho la información. Los periodistas queremos decirle al público lo que pensamos, en vez de dejar que la historia se cuente sola. Yo creo que se puede contar una historia de todo. Y ésa es una situación de muchísimo poder y responsabilidad, y es, ante todo, un servicio. Pero todavía hoy los periodistas asumen el rol de que gracias a ellos hoy sabemos lo que está pasando. Y eso me choca.
En Nueva York, su vida empezó a ser eso: el fogonazo excitante que le ocurría cada día durante doce horas en su trabajo de productora para distintos programas de la NBC. Decenas de horas de trabajo, poco sueño. La lógica americana no permitía distracciones para algo llamado mi vida personal. Fue Senior Producer del canal NBC de Nueva York, galardonada con seis premios Emmy, de la Associated Press International y del International Film Festival, y justo en lo mejor, sonó el teléfono: era 1992, pleno entusiasmo privatizador, y Telefé de este lado de la línea preguntándole a la señorita Lucía si le interesaría tener una experiencia de tres meses produciendo un programa para ellos.
-Les hice firmar un papel donde quedara claro que a los tres meses yo me podía volver. Entonces quedamos en hacer un programa de investigación. Y así nació Edición Plus, el programa que hicimos entre 1992 y 1994. Fue el primer programa de investigación en la Argentina. Yo pedí todo como para que me dijeran que no. Acceso a una isla de edición las 24 horas, diez productores que pudieran guionar, dos cámaras Beta, un mes por programa, dos semanas para grabar, una para editar. Me dijeron que me daban todo y tuve que venir.
Su teología de el trabajo ante todo le hizo el camino muy difícil. Cualquier detalle de la vida cotidiana de sus productores -hijos traídos al mundo ayer mismo, vacaciones por favor, dentista urgente, fiebre de cuarenta grados- le parecía absurdo, inatendible.
-Telefé me había dado todas las herramientas, pero tenía que encontrar el know-how humano. Empecé a hacer entrevistas con productores y nadie tenía idea de qué era escribir un guión. Había una gran informalidad. La prioridad no era hagamos el programa de investigación, sino hagamos el programa dentro de todas las limitaciones que tenemos: tengo que ir al dentista a las 7, o tengo que hacer el trámite.
Pero si los productores no la entendían a ella, ella empezó por no entender al público. Edición Plus empezó con un rating altísimo -más de veinte puntos con un trabajo sobre la bomba en la embajada de Israel-, pero a los tres meses era una vaga sombra de lo que había sido. El resultado era irreprochable: una fabulosa investigación sobre la cancelación de los trenes de pasajeros en el interior, una historia de una hora sobre las inundaciones en la provincia de Buenos Aires. Magníficas cosas, pero nadie miraba. Hasta que hicieron un programa sobre el ex intendente Grosso y las venas sucias de corrupción debajo de la piel tersa del poder.
-Y ahí el rating subió. Era como que la gente estaba ansiosa de que alguien les contara lo que se hablaba, pero no se mostraba y yo no había entendido. Y éste era el lugar más fácil del mundo para hacer cámaras ocultas. Estaban todos desprevenidos. Los productores iban con una cámara VHS adentro de una caja de zapatos, con un agujero en la caja. Me acuerdo cuando tuvimos que hacer el tema de los taxi boys, pusimos una cámara oculta en un taxi y pusimos a un tipo levantando a un taxi boy, pero no mostramos nunca la cara. Página/12 nos criticó mucho porque les parecía que era entrar en la intimidad del mundo homosexual, que fue un buen argumento, pero yo decía que era importante mostrar la prostitución.
-A ellos les pareció discriminatorio.
-Sí. Era discutible. El trabajo del periodismo de investigación es mostrar y hacer comprender un hecho de la mejor manera posible; la ética es mostrar lo que sucedió, con lo que uno como periodista piensa que es necesario que vos recibas para que entiendas la fuerza, la realidad de ese momento. Vos tenés un trabajo que es contar una historia. Tu prioridad es contar la historia. No quiere decir que si hay alguien ahogándose no vas a salvarlo y vas a dejar que se ahogue por contar la historia, pero yo no critico a la gente que está comprometida con su labor. Gente que dice, como los cirujanos: "Acá hay que cortar, porque si no se muere". Vos podrías decir: "No, pero lo estás haciendo sufrir, no podés cortar". Siempre hay un cuestionamiento, pero siempre tenés al público en mente. Qué es lo que no tienen, qué necesitan, qué los hace sentir bien, qué les gustaría saber. Esa es nuestra labor. Eso no quiere decir que hacés lo que ellos quieren, sino que interpretás la necesidad del público.
Fue productora y directora de Telefé, ganó un Martín Fierro con Edición Plus, y después pasó a ocuparse de las noticias en Canal 9, cuando Nuevediario venía vapuleado por los aterrizajes alucinados de los platos voladores de José De Zer.
-Nuevediario estaba muy desprestigiado, lo hice nueve o diez meses y le dije: "Mire, Alejandro, yo tengo que dejar eso". Porque el noticiero para Romay era una extensión de toda la programación. No tenía nada que ver conmigo su percepción de lo que él consideraba un noticiero. Usaba las herramientas que funcionan en la telenovela en el noticiero. Yo quería crear el mismo dramatismo con la realidad. Déjeme traer la realidad, le decía, pero la traía y eso le creaba problemas. Hacíamos una investigación sobre los saunas y la prostitución con cámaras ocultas y a las 24 horas teníamos al jefe de policía en las oficinas de Romay. Y Romay decía: "Mmm..."
Entre 1996 y 1997 fue directora de programación de América, vicepresidenta de Desarrollo de producto de la Web en El Sitio y ahora directora de contenidos de Pramer, la empresa productora y distribuidora de señales de televisión. Entre propias y representadas, Pramer tiene 25 señales distribuidas en más de 18 países, y llega a 12 millones de hogares. Las señales de producción propia son Canal (á), elgourmet.com, Film&Arts, Magic Kids, Plus Satelital, P&E, el reciente Europa Europa, América Sports, Río de la Plata y Gems Televisión para América latina.
-Esto es como estar en una juguetería. Son todos juguetes bárbaros, y hay una riqueza de contenidos que han sido elaborados muy bien, y yo no tengo nada que ver con lo que se ha hecho. Los heredo, los lidero y todavía hay muchísimo con qué jugar en esa juguetería. Hay que seguir produciendo lo que ya está establecido y buscar ideas nuevas. Yo respeto mucho lo que ha pasado con la tele en el cable, porque la tele de aire se ha convertido en algo complicado. Necesitan producir algo que dé resultados económicos, y el cable en cambio es un refugio de calidad, donde poder experimentar con cosas diferentes. Hoy creo que, por ejemplo, nadie me daría el presupuesto que me dio Telefé en la época de Edición Plus. Hay una ansiedad por producir a bajo costo, entonces ponen gente en un estudio sentada alrededor de una mesa, diciendo cosas impactantes para ver si con eso llaman la atención. Hay mucho bla bla bla y poco contenido, mucho manipulación sensacionalista. Me acuerdo cuando se lo acusaba a Mauro Viale de hacer cosas horribles en cámara, y hoy te diría que hay varios clones de Mauro Viale.
canal(á): el pequeño gigante
Canal (á) es el primer canal de arte y espectáculos de América latina. Desde su lanzamiento, el 1º de mayo de 1996, creció hasta tener 6.100.000 abonados, distribuidos en la Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Guatemala, México, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Con un ciento por ciento de producción propia, y más de 35 horas de estrenos por semana, los cincuenta y un programas mensuales de canal (a) cambiaron las cosas en el ámbito de la cultura y las artes televisadas. Los programas sobre artes y espectáculos del canal no caen en ninguno de los clichés que se utilizaron tradicionalmente para hacer programas de artes y espectáculos: la más aburrida solemnidad y la más torpe de las frivolidades. Allí conviven el Banquete telemático, de Federico Klemm; Leonor Benedetto con su reposado Querida Leonor; la descalza Silvina Chediek con Letras y música, y Pacho O´Donnell con toda la intelectualidad de (sic). Ideas como El fantasma, el ciclo en el que hasta el año último Silvia Hopenhayn enfrentaba un escritor con un lector que conociera su obra; o Alma de barrio, conducido por Gabriela Radice, en el que un personaje cuenta su historia a través de una entrevista realizada en su barrio natal, dan como resultado una pantalla con una estética propia, muy clásica, pero también muy pop, y en la que artes que suenan tan tradicionales como la plástica, la literatura y el teatro se codean con expresiones tan contemporáneas como la fotografía y el arte electrónico.
"Creemos en la diversidad -dice Fernanda Rotondaro, productora del canal desde 1996-, y la diversidad está unificada por la marca, que es canal (á). El tratamiento visual de nuestros programas tiene sello propio. Cuando empezamos, queríamos hacer un canal temático dedicado al arte y los espectáculos. Presentar un libro, una obra de teatro, pero haciendo hincapié en los contenidos, no en la vida privada de un artista. Siempre quisimos trabajarlo de una manera muy contemporánea, no culturosa. Que los contenidos fueran serios, pero no solemnes. Pero es difícil hacer un canal temático, llega un momento en que se te cierran las posibilidades. Cómo hacés para tener varios programas de literatura o de artes visuales y que sean diferentes. Sin embargo, nosotros tenemos La librería en su casa, de Héctor Yannover, y el programa de Silvia Hopenhayn, La lengua suelta. Son programas de literatura completamente diferentes. Pero lo difícil es encontrar distintas miradas.
El noticiero del canal, en vivo y a diario, se llama Enterarte y versa sobre artes y espectáculos. Otros cuatro programas -Agenda urbana, El especial de la semana, Autocine y Noticias del Mundo- completan el panorama de actualidad y entre todos logran lo impensable: que el arte sea noticia. Además de contar con perlas como El grafonauta -el único programa sobre medios gráficos de la tele-, n milímetros -un estupendo programa de fotografía-, o Desde el Di Tella -que recorre vida e historias de los protagonistas de aquel movimiento, con entrevistas realizadas sobre un Siam Di Tella modelo 1960-, el mayor mérito del canal es presentar calidad sin acartonamiento.
"Libertad para expresarse -dice Lucía Suárez-. Esa es la clave. Tienen la misma libertad una persona famosa que una chica que hace su primer experiencia en la tele. Lo que importa es la mirada. Son cosas que podés hacer en un canal de cable y no en un canal abierto, aunque hoy mi desafío es llevar algunas cosas del cable al aire, porque pienso que son masivas. El público está queriendo un cambio. Te garantizo que se puede hacer un programa con rating con algunas reglas básicas, como si fuera una fórmula para hacer best sellers. El problema es que todos están aplicando la misma fórmula, entonces el público está muy dividido.
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