
Luz en La Bella y la Bestia
Un candelabro encendido, de carne y hueso, es el literalmente brillante maestro de ceremonias del último éxito de Broadway. Se llama Lumiére y, en la versión local, el que le pone brazos, voz y chispa es Pablo Lizazu
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La Bella y laBestia es el musical al que este año le toca hacer todo el ruido del mundo. Importada la pieza, la escenografía y el know how del esplendoroso Broadway, para los actores locales el casting y el estreno son hitos de carrera. Pablo Lizazu -madre psicoanalista, padre economista-, empezó hace 10 años su ruta con Pepito Cibrián en Las Invasiones Inglesas . Ahora es el candelabro en la versión local de La Bella y la Bestia, estrenada ayer en el teatro Opera. El personaje es todo menos rígido y secundario. Tampoco Lizazu es tímido.
Día uno
-Este papel en un musical de éxito es una de esas oportunidades ansiadas por cualquier actor. ¿Cómo llegaste a las audiciones?
-Salió un aviso gigante, pero yo no lo vi. Me enteré al día siguiente, por un amigo con el que tenemos un grupo de estudio. Era muy claro, pedía personas de determinadas edades, especificaba cómo tenías que ser físicamente, todo... Para Lumiére decía que tenía que tener fuerza de brazos y hasta 40 años.
-¿Y preparaste alguna estrategia para que te eligieran?
-Empecé a pensar qué cantar en la audición. Soy fanático de Disney, por eso yo sabía que en La Sirenita había una canción de un cocinero que era muy actoral, y se me ocurrió que nadie la iba a cantar.
-¿Por qué creíste que podías ganar por ese lado?
-Quería que vieran un personaje, y casualmente este cocinero era francés. Pero yo no me presenté al personaje de Lumiére, sino al de Din Don. Hasta me mandé a hacer una pista especial que me costó como cien pesos. Tenía toda la orquestación.
¿Cómo fue la audición?
-El lugar era enorme, en el Club Gimnasia y Esgrima. Yo canté. Se rieron mucho y me dijeron: "Gracias, te llamamos". Pero tuve un buen presentimiento y, a las tres horas, me pidieron que volviera a la mañana siguiente.
Segunda audición
-Fui retemprano porque no quería cruzarme con nadie, para no ponerme nervioso. Cuando llegué, me dieron las escenas de Lefou, que es el asistente de Gastón, y me pidieron que hiciera un sol sostenido de siete tiempos. No te voy a mentir, ahí sí que pensé que no iba a poder. El director musical, Michael Kosarin, que es un capo, me miraba y me marcaba los tiempos. No te imaginás todas las cosas que pensé mientras tenía la boca abierta y cantaba la nota: pensé en mi maestro, en cómo tenía que hacerlo, en que me tenía que relajar...¡ y me salió bárbaro! -¿Y ahí te dieron el papel?
-No, cuando terminé me dieron la canción de Lefou, pero cuando ya me estaba yendo me volvieron a llamar y me dieron las partituras y las escenas de Lumiére también. ¡Tienen 38 páginas! ¿Cómo hacía yo para estudiarme eso de un día para otro? Pero no fue necesario estudiarlas. Fui el sábado a la audición, y me fue bárbaro. "Te vemos en dos meses", me dijeron.
A esa altura yo sentía que era Lumiére. Además del parecido físico, también me siento identificado con su forma de ver la vida.
Los ensayos
-¿Te costó mucho adaptarte a la disciplina del elenco?
-Trabajé mucho, porque tengo que estar con los brazos levantados toda la obra, y el candelabro pesa mucho: tiene unos cables de aluminio y un arnés que sostiene unos tubos de gas por los que sale fuego de verdad.
-¿Te da miedo?
-Sí, a mí me da mucho miedo el fuego, especialmente en el escenario, donde todo es combustible. Aunque mi peluca, mi traje, todo está recubierto por una sustancia no combustible. A veces, cuando estoy bailando, tengo que cudar de no chamuscarle la cabeza a alguien.
-Físicamente, ¿cómo te cuidás?
-Me gusta mucho entrenarme; uno puede canalizar la angustia por medio del trabajo. Cuando estás cantando no pensás ahora voy a levantar el velo del paladar, sino que cantás; cuando estás bailando, tenés que tener cuidado de no irte muy al fondo porque si le das a uno con la vela en la cabeza lo desmayás.
Con la comida soy tremendo, igual que una anciana: no tomo gaseosas, no como grasas... Como una parte de verduras crudas, una parte de verduras cocidas a la noche... Soy el chef de la tostada.
-Tu vida es un sacerdocio...
-No, a mí me encanta. Me hace sentir bien, porque amo mi trabajo. Además, estoy entrenado físicamente y eso también me gusta.
-¿Por qué creés que La Bella... atrae al público mayor?
-Te va a parecer una obviedad, pero es un cuento antiquísimo, que habla sobre el amor y sobre cómo no tiene nada que ver con lo estético, cómo el amor rompe todas las barreras.
-¿Pensás que te tocó un papel ganador? Después de todo, en las películas de dibujos animados los personajes secundarios son los que le ponen la sal a la historia?
-Claro, tengo un personaje que es de lujo. Tiene humor, tiene momentos dramáticos, tiene el show de la canción... tiene todo. Cuando era más pibe lo único que me importaba era estrenar. Esta vez fue al contrario: disfruté de los ensayos, del momento en que llegó la ropa, del estreno y del público. Estoy tocando el cielo con las manos.
-¿Cómo definirías a Lumiére?
-Es muy sexual, con mucho humor, aunque un poco ácido. Además, es muy optimista. Yo también, porque tuve una vida bastante feliz.
Los comienzos
-¿Cómo llegaste a la actuación?
-Yo soy publicitario, me recibí en la Fundación de Altos Estudios, y trabajé durante muchos años como ejecutivo de cuentas. Venía bárbaro, hasta que un día, sentado en mi oficina, al mediodía, así, en silencio, me pregunté ¿quién quiero ser yo, como quién querría ser de esta multinacional? Pensé en el presidente de la empresa y dije no; por favor, no, no. Ya había empezado a hacer cortos publicitarios como actor y los productores me decían: "Vos tenés que estudiar teatro, y yo decía no, ni loco".
Un tiempo después, decidí ser actor. Dije: má sí, yo voy a estudiar teatro y se acabó. Porque cuando era chico me moría por ser bailarín, pero no me animaba. Mi hermana fue la que me llevó a estudiar danza a los catorce años, a escondidas de mis padres, a lo de Noemí Cohelo.
-¿Tus padres no estaban de acuerdo?
-No, mi papá creía que me iba a morir de hambre. Pero tuve una abuela que era bailarina del teatro de revista. Uy, la historia de mi abuela es maravillosa, es una especie de mito en mi familia. Mi carrera se la dedico a ella. ¡Imaginate lo que debe haber significado en la sociedad argentina de esa época! Ella era de Santa Fe, creo, y se escapaba. Le decía a su papá que se iba a estudiar francés y se iba al teatro. Se murió a los noventa años, hace dos. Eran muy amigas con Tita Merello, yo tengo las fotos. Después se enamoró perdidamente de mi abuelo, que era un tipo de la alta sociedad, y él no sólo le prohibió trabajar en la revista, sino que le hizo rechazar un contrato que tenía para trabajar en una película de un director famosísimo de esa época.
Yo me enteré a los 27 años de esto. Y me dio un shock, fue como cuando desconocés a alguien, para mí empezó a ser otra persona. Entonces entendí de dónde me venía toda la cosa actoral.
-¿Sos ambicioso?
-Sí, pero no en la forma en que podría pensarse, sino que soy capaz de hacer cualquier cosa para conseguir lo que quiero. Confío más que nada en el esfuerzo.
Made in Argentina
-¿Cómo fue trabajar con los americanos?
-El primer día fue un flash. Lo único que yo quería era ensayar y ensayar, día y noche, pero solamente estuve media hora. Después, en dos semanas pusieron todo lo musical. Son increíbles, tienen una organización que nunca había visto. La obra se fue armando de a pedacitos: cada uno estudió su parte por separado y después todas se fueron sumando. Entre otras cosas aprendí a entregarme al director, a seguir sus tiempos.
-¿Es distinto de como se trabaja habitualmente en la Argentina?
-Sí, yo siento que acá muchas veces el actor incluso mejora la puesta que hace el director. En cambio en La Bella... fue un trabajo distinto. Entregarse es fabuloso. El dice hasta acá llegamos y es de verdad, porque al día siguiente lo volvés a ver y hay un crecimiento. Todo está tan bien organizado que si llegás cinco minutos tarde marcan tu nombre con resaltador en la planilla y es un papelón.
-Los directores norteamericanos tienen fama de terribles...
-Sí, ya en las audiciones decían que eran tremendos, que la gente les tenía terror. Por ejemplo, Michael Kosarin es un divo en Nueva York, pero acá se comportó como una persona supercariñosa. El primer día que me tocó cantar sólo con él me preguntó por qué no había estado en Broadway, y yo me quedé...
-¿Y ahora que ya tuviste contacto con gente de Broadway, no se te pasó por la cabeza...?
-¿Irme a los Estados Unidos? No, no... aunque a uno siempre le parece que nunca va a conseguir otro papel igual. Pero, después, la vida te demuestra que siempre hay un lugar para crecer. Creo que hay que seguir estudiando e insistiendo. Y, cuando termine La Bella y la Bestia , voy a seguir con mi carpetita bajo el brazo.
-Así que no pensás probar suerte afuera.
-No, yo soy de este país, hablo en castellano. Sólo lo intentaría, tal vez, si tuviera un contrato. No sé, soy muy aferrado a mis afectos, quiero mucho a mis amigos, a mi familia. Además, afuera siempre sos un extranjeroÉ A mí lo que más me importa en la vida es ser feliz. Además, creo que acá hay mucho por hacer, después de La Bella... vendrán otras obras, y voy a seguir preparándome vocalmente.
-¿No te gustaría desprenderte del musical?
-Me gustaría hacer teatro de texto, y creo que también lo voy a hacer. Lo que pasa es que este espectáculo me hizo cambiar.






