
Maitena: Muchacha Punk
Le va muy bien en un terreno donde a otras mujeres no les va. Ni bien ni mal, porque no hay otras dedicadas, en su nivel, al humorismo gráfico. Pero no siempre la historia de Maitena fue cosa de dibujar, reír y cantar
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Aquí hay un niño. Hay pruebas: cierta quietud del aire, cierto ritmo a incubadora.
En el living, además de una biblioteca donde se codean sin complejos Stephen King, Arthur Halley, Henry Miller y Cortázar, hay una buena cantidad de juguetes de goma y plástico, esos artefactos con que los chicos aprenden a hacer cosas como pararse, caminar y reconocer el mundo. Desde alguna parte de la casa llega la inconfundible presencia de un niño dormido. Un gemido liviano. Una agitación de mariposa. Y entonces aparece la reina madre. Y grita:
-¡Carmen! ¿Nos traés café?
La reina madre se llama Maitena Burundarena, historietista de profesión, y el niño dormido es la niña y se llama Antonia, tercera hija de esta madre ahora casada con Daniel Kon, y cuyos dos primeros vástagos tienen 18 y 20 años, niño y niña respectivamente. Marido y vástagos de los que ella no largará prenda. -No voy a decir a qué se dedica mi marido, porque no interesa que hable de él. Ni de mi marido ni de mis hijos. Me tienen prohibido nombrarlos. Los meto en quilombos, y ellos quieren bajo perfil. Yo trato de tener bajo perfil, no soy una persona famosa, pero me pongo a hablar y digo más de lo que quiero decir. Y después leo y pienso: "¿Por qué digo esas cosas?"
De modo que no vengan aquí buscando intimidades. Más bien, todo lo contrario.
-A mí el embarazo me hace muy bien. Se me volvió a poner linda la piel, más luminosa.
Dice Maitena con la voz ronca, y enciende el primer cigarrillo negro del día. Hasta hace poco, Maitena reunía dos condiciones: estaba embarazada y fumaba. Poco y nada, pero fumaba. Y aunque asegura que no está bien fumar durante el embarazo, revolea los ojos para describir los decibeles de espanto con que la gente es capaz de mirar a una embarazada que fuma. Pero ponerle cara de espanto a Maitena es en vano: obtiene calambres de placer con la irritación ajena.
-Vení, vamos a ver a Antonia.
Antonia está en el cuarto, pesa apenas más de tres kilos y soporta bastante mal un cambio de pañales. Eso quiere decir que llora.
-Ahora está más grande. Cuando nació era muy chiquita. Las patitas parecían dos chorritos de soda.
Dice la reina madre a quince días del parto, flaca como un cowboy, el pelo pintado de blanco. Un blanco poderoso. Un pelo violento.
-El pelo mío es castaño canoso. Ahora que crezcan las canas nomás. Total, no se notan.
Con este pelo y ese cuerpo flaco como rifle, Maitena es igual a la replicante de Blade Runner, ¿se acuerdan? Darryl Hannah devenida máquina inhumana.
-Sí, sí, ése era mi personaje favorito, mi película favorita de los 80. El año último me disfracé de ese personaje. Me hice el antifaz y todo. Y bueno. Yo era pesada y heavy. Y un poco mala, también.
Maitena Burundarena se saca los zapatos. El nombre rima con buena y con pena, con nena y morena. Pero no.
-Maitena quiere decir la más querida. Qué tal. Con ese nombre de mierda logré pelearme con todos mis hermanos. Como destino lacaniano era un poco fuerte. Yo soy la sexta. Somos siete.
Punto. Hay un sitio donde ella guarda la vida que ha vivido. Un sitio atravesado por la enorme voluntad de olvidarlo todo. Puesta a hablar de eso, Maitena dice que mejor hablemos de trabajo. Hablemos, entonces, de la única dama que ha alcanzado la masividad de los medios en el mundo macho de la historieta nacional.
-A veces me dicen: "Ay, ¿no te gustaría que las mujeres dibujaran más historietas?" Y yo digo que sí, me gustaría, pero mata ser la única. Es más, parte del secreto de mi éxito creo que se lo debo a estar sola. Si hubiese tres o cuatro, ya se habrían dado cuenta hace rato y esto no me hubiera pasado nunca. Ser la única está muy bien.
Desde 1993, Maitena hace una página de humor en la revista Para Ti y ya va por su cuarto libro editado: Mujeres Alteradas 4, una recopilación de los trabajos aparecidos en aquella revista que, junto con los primeros tres volúmenes, vendió nada menos que 110.000 ejemplares.
Ahora está negociando los derechos para que sus dibujos se publiquen en -agárrense- Italia y la India, publica un chiste diario en la Ultima Página de La Nacion y otra página en la revista Paula, de Montevideo. Desde hace unos meses, además, sus dibujos aparecen en El País Semanal, la revista dominical del diario El País, de Madrid, donde publicaba nada menos que Quino. Cosa que a Maitena la tiene a maltraer, porque nunca se imaginó que iba a cesar uno para empezar la otra, sobre todo por el tono casi casual con que ella jura que surgió la oferta de trabajo: durante la gira de presentación de Mujeres Alteradas 4, la editorial Atlántida envió ejemplares del libro a El País. Y alguien decidió, en plena rediagramación de la revista, que era justo lo que necesitaban. La llamaron. Le ofrecieron. Ella dijo: Síiiiiii.
-Fue muy raro, porque es bastante frecuente que las mujeres laburemos en circuitos de mujeres en la cosa creativa. Se supone que las minas escriben libros para mujeres y los hombres escriben libros para todo el mundo. En mi caso, parecía que era humor para mujeres. Yo nunca lo pensé así, ni lo hago así, pero laburaba donde podía y lo cierto es que siempre laburé mucho en revistas femeninas. Yo no me planteaba este material como posible para el diario El País. Pensaba: "Me gustaría publicar en España. ¿Qué revista femenina de España está buena?"
Las mujeres alteradas de Maitena, las chicas estresadas porque el marido se fue con una de veinte, las muchachas acomplejadas por los rollos, las madres y las hijas, las mujeres atolondradas por el consumo, atragantadas por una traición, cruzaron el charco. Las críticas de los diarios españoles fueron elogiosas: hablan de "la sorpresa editorial del año", de que "nada escapa a su incisiva percepción", y el mismo diario El País dijo del libro Mujeres Alteradas 4 que "enseña a unas Mafaldas creciditas con problemas de peso y algo histéricas, que escupen sus neurosis por la boca. Las historias de Maitena son latigazos sobre lo cotidiano". Y la chica Burundarena, Maitena la más querida, no entiende mucho. Más bien, no entiende nada.
-Yo sigo creyendo que un buen día todo se va a desmoronar. Que todos se van a dar cuenta. Tengo una sensación ficticia acerca del "éxito" entre comillas. Conozco mucha gente mucho más talentosa que yo que tiene problemas de trabajo, pero me doy cuenta de que yo hago un laburo de esta época, que vende. Es marketinero, aunque yo no lo hago por eso, y ahora me están dando resultado veinte años de laburo. También trabajé mucho para ser lo feliz que soy ahora y mi vida afectiva está pasando por un momento inmejorable. No sé qué voy a hacer, porque ahora explotó la cosa del trabajo y yo el primer año de la nena no tengo ganas de laburar doce horas por día. No hay nada del laburo que no pueda esperar un poco. Si pasa de moda y después no me llaman, y... que no me llamen más. A mí ya no me da miedo nada. Menos las cosas que tengan que ver con el laburo.
Sonrisa oxidada, sonrisa con colmillo al fondo. Dice que está desarrollando un extraño amor a la vida raro en ella, que más bien ha cultivado siempre el otro lado de las cosas. Ahora, que ya ha pasado por casi todo, no le tiene miedo a casi nada.
-Transcurría 1962. Ahí empecé yo. Nací, bah. Mi padre murió el año último. Y mi madre... sobrevive... vive... sí, se llama Ianina. Es polaca. Mi papá era vasco. Eran muy conservadores y católicos, y tenían todos los hijos que venían. Mi vieja es arquitecta. Es la clásica mujer que dejó su profesión de lado para dedicase a la cría y reproducción. Y después, bueno, tenía buenos argumentos para tirarte en cara. Ella lo había dejado tooodo por tu culpa. Yo he escuchado frases maravillosas de mi madre, por ejemplo: "Yo debí haber tenido dos hijos, nada más". O sea que yo no entraba ni a los premios. Después corregía y decía: "Bueno, no, pero a vos y a fulano". No. Sí. Yo tuve una madre facilísima. Hoy ya estoy en ese momento que los padres están grandes y te tenés que ocupar más de ellos que ellos de vos. Me sale un poco mejor que cuando era al revés. Pero sólo un poco mejor.
Se ríe a carcajadas secas y calientes. Un cuchillo bien desenvainado que ha tenido épocas tremebundas. -Me empecé a ir de casa a los doce años. Mala alumna, muy callejera. Mi madre era la clásica madre con muchos hijos que se le iban de las manos. Se daba cuenta de que yo faltaba al mes y medio, viste, cuando le empezaban a sobrar milanesas o papel higiénico. Yo estaba mucho en la calle con chicos de mi edad. Eramos un pelín delincuentes. Ladrones de Barrio Norte. Robábamos helados, libros, les robábamos a los hippies de plaza Francia. Yo robaba plata de mi casa, le pedía plata a la gente por la calle, robaba patentes de autos. Quería ser grande. Siempre quise ser grande. No me gustó ser niña ni adolescente. La gente dice: "Ah, la infancia". Fue el peor momento de mi vida. No quisiera volver. O sea... ¿dónde hay que firmar para no volver a la infancia? "Quería ser grande y fui grande muy chica. Fui madre a los 17 años. Me casé a los 18 y fui madre de nuevo a los 19. En mi casa casi me matan. Para ellos fue terrible. En la villa se veía todos los días, pero yo no vivía en una villa. Pero ya está. No vamos a escarbar en eso porque mi vida es una telenovela venezolana."
La señora Maitena mira a la señorita que ha sido con un balanceo de cabeza.
-He tenido muchos momentos de felicidad y locura. Yo soy muy excesiva. Entonces, cuando estoy triste, la paso mal y, cuando soy feliz, me lo paso muy bien. Tengo muchísimos recuerdos buenos y malos. De los malos, cuando me acuerdo sufro de nuevo. De tan tristes y tan horribles. Me acuerdo y otra vez me duele.
Descorre apenas el paño húmedo que calma la fiebre de los años salvajes. En aquella época, Maitena vestía esos raros peinados nuevos.
La noche la veía rebotar de Cemento a San Telmo y de San Telmo a una fiesta, y así hasta que la madrugada la depositaba en la puerta de casa porque allí estaba, después de todo, lo mejor de nuestra vida, nuestros hijos. -Yo iba a la rotisería y tenía un pelo amarillo y zapatillas Pony metalizadas rojas altas, y tachas, y campera de cuero, y si el tipo me decía: "¿La piba qué va a llevar?" yo levantaba el dedito, sacudía el cochecito del nene y le decía: "Piba no, eh... Señora... se-ño-ra".
-Y ahora, ¿te dicen señora?
-Sí, lamentablemente sí.
-¿Te molesta?
-Nooo, paaara nada -mira desde abajo, como diciendo: qué pregunta-. Si soy una señora. O sea, no me gusta que un bombón de 25 años me pare y me diga: "Señora, ¿tiene hora?"
Hay cierto poema de Rubén Darío en el que asegura haber montado en su juventud potro sin freno. "Si no caí fue porque Dios es bueno", versea Darío. Maitena tampoco cayó. Pero estamos en problemas: la chica no cree en Dios. De modo que si no cayó fue por obra y gracia de su propia y enorme voluntad.
-Ojo, en situaciones límite creo. en Dios. Ese día rezo y creo. Me sé todas las oraciones. Fui siempre a colegio de monjas irlandesas hasta que quedé embarazada y abandoné cuando estaba de seis meses. Pero el colegio no fue la peor parte. A las monjas les decía que no me iba a confesar porque no tenía pecados, y me decían que eso era pecado de soberbia. Ja. Las monjas no me hicieron mella. No logré creer en su autoridad, ni en el rayo divino que me decían. Me quedé embarazada a los 16, imaginate. Ya conocía otro rayo. Di-vi-no. Ese sí me hizo mella.
Hasta el día de hoy este talento nacional debe dos materias del secundario: matemáticas y química. De modo que en un censo poblacional esta mujer entraría en el rubro adultos alfabetizados a medias.
-Yo no sé las tablas. Sé algunas. Sueltas. Nueve por ocho no sé, pero nueve por nueve es ochenta y uno. Siete por seis no sé, pero seis por seis es treinta y seis.
A la edad en que las mujeres empiezan a conocer los untuosos labios de la noche, la señora más querida, sin la menor idea de lo que era el binomio cuadrado perfecto, tenía dos hijos, casa, trabajo, pareja y siete kilos de problemas de todo tipo. Tres cosas la apuntalaban: los hijos, la vocación y la mucama.
-Lo primero que tuve fue mucama. Para mí es como una pinza de depilar. Algo que uno no puede no tener. La primera chica que trabajó conmigo fue Zulma. Yo tenía 18 y ella 15. Ganaba casi lo mismo que yo. Yo le pagaba a Zulma, pagaba el alquiler, y no tenía más plata. Así logré laburar con los chicos. Porque yo siempre tuve hijos. ¿Sabés que no me acuerdo de cuando no tenía hijos? Me parece que fue hace mucho, que le pasó a otro. Cuando me separé, a los 24 años, estaba en mi cuarto y me di cuenta de que era la primera vez que tenía un cuarto para mí sola. Y me encantó. Y me agarró a la vejez viruela y empecé a salir de noche.
La vida se puso movida, y a toda esa época ella le ha hecho un enorme deleite. Al menos para los ojos del querido y respetable público. Ella cultiva sus cicatrices con cierto orgullo, pero las guarda. Pero quienes lean atentamente los chistes de Maitena pueden saber bastante acerca de la vida de Maitena. En ese manojo de mujeres escudriñadas con ojo previamente mojado en ácido cualquier lector puede descubrir cuáles son las cosas que detesta de sí misma.
-Hago un trabajo muy expuesto, porque cualquier persona que hila un poco fino y lee lo que hacés se da cuenta de lo que pensás y por dónde va tu vida, aunque en mi laburo cuento mi mirada sobre las cosas, trato de no contar mi vida. Mis personajes pueden ser buenos o malos, rencorosos. Aparece todo el mundo. Por lo general, no piensan como yo pienso. Yo tengo las mismas ideas de hace veinte años, pero más maduras.
"Le voy encontrando cada vez cosas más buenas a crecer. Lo único feo es el tema del envase. No me gusta la vejez, la decrepitud. La cara no me importa. Pero el cuerpo... La cola... Bah, esto que me quedó ahí abajo de la espalda. ¿Por qué tan poca gracia? Uno siempre espera que la ciencia descubra la cápsula para parar la decrepitud, pero a esta altura ya creo más en mi cabeza. Algún día voy a poder decir: "Esto no es tan importante". Va a ser más fácil que llegue ese momento y no la cápsula. Creo que la cápsula va a llegar, pero yo ya voy a estar hecha bolsa. Cuanto mucho, me va a frenar el Parkinson, pero de ninguna manera la celulitis.
Entre las dulces chicas de Maitena, las alusiones a la belleza y la juventud como proveedoras de ricos muslos y altas colas, y la celulitis avanzando como un Atila furioso, no son pocas.
-Siempre tuve rollos en el cuerpo. Yo era una chica linda, pero me sentía muy fea. Finjo muy bien que estoy segura de mi cuerpo. Los tipos siempre me dieron bola, eso graciadió nunca me faltó, pero también me tuvieron miedo por parecer demasiado segura. Yo he desarrollado habilidad para ir al frente, porque si no seguiría virgen. Eso lo tengo clarísimo.
Muchas mujeres ignoran quién es Nippur de Lagash, y no les importa si Dennis Martin tenía amores con la rubia Grace Heinrichsen o la roja Patti Smith. No tienen idea de quién es Alack Sinner o Giuseppe Bergman y Pratt o Crumb les pueden parecer marcas de galletitas. A ella no. Ella creció leyendo el D´Artagnan y El Tony, y mirando de soslayo a las flojitas que leían el Intervalo. -La mujer no es lectora de historietas. Las minas siempre tienden a leer cosas que hablan de ellas. Tendemos. Siempre queremos hablar de lo nuestro. En cambio los hombres hablan de cine, del partido, de política. Es raro encontrar a un tipo que salude a otro, le diga: "¿Cómo andás?" y el otro le responda: "¿Sabés que estoy angustiado?" Yo hace tiempo que vengo con el tema del género y lo doméstico. Y lo que creo es que mis historietas no eran para mujeres, pero empezaron a leerlas las mujeres. No me interesa hacer chistes graciosos. Me interesa trabajar sobre determinados temas. Yo creo que no es gracioso lo que hago. Funciona más por identificación, y eso lleva su tiempo. Que vos puedas ver un dibujo y decir: "Yo conozco una mina que se peina así y habla así", o que puedas decir: "A mí me pasa esto".
En sus historietas las chicas siempre tienen los pies fríos, los plomeros nunca llegan a la cita, los hijos se avergüenzan de sus padres y los hombres sienten celos por el pasado de sus mujeres. Ha desarrollado un detector agudo de situaciones típicas y sus historietas funcionan como peligrosos disparadores de risas crispadas. Un mundo aparentemente gracioso. Un mundo que Maitena recorre con la mirada de un entomólogo que pincha conductas humanas sobre un telgopor. Un telgopor salpicado de miserias de las que su autora no se queda afuera, claro.
-Tengo muchas amigas. Intimas. Novias casi. Algunas me han traicionado y yo también me he mandado mis altas traiciones. Somos todos humanos. Pero soy bastante más crédula e ingenua de lo que parezco. Me han traicionado muchas personas. Abogados y médicos me han hecho muchas cosas horribles. Al lado de las cosas que me ha hecho la gente, yo soy buenísima. Yo no tengo ningún pecado.
Maitena, pecadora de pecados leves, dibujó cómics eróticos para Fierro y Sex Humor, y se acostumbró a tener un público de muchachos con borceguíes, pelos largos, camperas de cuero y tachas que se acercaban a saludarla en las ferias con siete intenciones distintas -todas malas- y decían: Tá rebueno lo que vos hacé.
-Ahora me saludan señoras con sus hijas. Me encanta, porque me sentía bicho de otro pozo en el cómic. Tampoco me parecía divertido que mis lectores fueran esos pibes a los que les gustaban las historietas porque eran calentorras. No soy de esa gente que dice: "Ah, a mí me encanta estar con gente joven". ¡A mí me aburre la gente joven! Los amo, los adoro, pero que estén entre ellos. Viste ese cliché: "Ah, yo tengo todos amigos jóvenes, y eso me abre la cabeza". Bueno, a mí no me abre la cabeza. A mí me duerme. Por eso ahora me gusta que la gente me conozca. A veces te dicen: "Perdoname, no te quería molestar". A mí me encanta que se me acerquen. Les digo: "Pero sí, por favor, muchas gracias, ¿quéres que te haga un dibujito?" Yo paso muchas horas sola, encerrada, dibujando. Soy de la vieja escuela, no dibujo con computadora. No te diré que para apagar la computadora le echo un balde de agua, pero más o menos. Yo uso pluma y tinta china y a las minas les cambio los peinados, les pinto los ojitos, las visto diferente.
Ahora esta mujer que trabaja doce horas por día, que da de mamar, que cocina para toda la familia, que ha vuelto a la papilla y el babero, que tiene planificado el trabajo con rigurosidad de monje, que un día escribe, otro dibuja y el siguiente pinta, se agarra el pelo color blanco oso polar.
-Siempre hay algo fuerte que me está pasando. De unos años a esta parte son cosas buenas. Pero hasta los 30, eran cosas difíciles. Caminos escarpados. Tuve épocas autodestructivas y difíciles, y me salvaron el laburo y mis hijos. Yo estoy contenta con mi vida. Hay gente que se muere a los 20 años y la entierran a los 80. No es mi caso. Yo estoy muy viva. Pero metí mucho la pata profesionalmente. Veo mis dibujos de ciertas épocas y me doy cuenta cómo están hechos. Hay un problema de pulso, también. Yo parezco más joven ahora que hace diez años. Mejoró mi laburo, mejoré yo, me hacen notas, soy amable, agradable. No era muy agradable yo. Es difícil ser bueno cuando uno no es feliz. Detrás del oso tranquilo, brilla el tumulto peligroso de cuando fue muchacha.
-Ahora ya no soy una punk. Porque yo fui muy punk. Punk total. No future y ningún proyecto que excediera las próximas 24 horas. Muchos años de mi vida tuve la sensación de que me tenía que gastar toda la plata que tenía. Por si me moría mañana.
Pero no se murió mañana. Y cuando uno le pregunta si conserva un solo recuerdo bonito de la infancia, un recuerdo que no la haga retirarse a las sombras -uno de esos ratos en que uno se bajaba de la hamaca y estaba feliz porque sí, porque era un día cualquiera, una tarde cualquiera y se estaba tan bien dentro de las zapatillas nuevas-, ella tironea del flequillo como un cachorro tironea de los hilos de una alfombra, y sin asomo de sonrisa dice:
-No.
Esas pequeñas diferencias
Después de veinte años de profesión, Maitena jura que la diferencia entre ser mujer y ser hombre no es un dato menor a la hora de abrirse camino en el trabajo. -No es que me discriminen, pero yo he notado la diferencia por ser mujer. Si yo hubiera sido hombre, me habrían ido diferente las cosas. La cosa era: "Esta mina es buena, es mina pero es buena". Los medios, antes de tomar una mina en algún trabajo que por lo general hacen hombres, lo piensan mucho más. Yo creo que en los medios hay gente haciendo chistes de un nivel mucho más bajo que el que yo tenía y a mí no me llamaban. Las mujeres tenemos que esforzarnos más que los hombres. Un tipo con la mitad del talento llega antes. Es raro que una mina labure en la página de chistes de un diario, y todavía sigue llamando la atención. Yo, por ejemplo, además de laburar 12 horas por día, me ocupo de mi casa, de mis hijos. No plancho ni lavo, pero cocino, pongo la mesa. Laburo más que un hombre. Cuando hay una madre soltera, por ejemplo, hay un padre soltero también. Pero los padres solteros lo primero que despiertan es un: "Ahhhh, pobre, qué lindo, qué dulce". En cambio la mujer que es madre soltera es una atorranta.
Haciendo nada
"Yo soy bastante adicta al trabajo. Tampoco soy de las que les encanta viajar. Me stress viajar. Me gusta la primera semana, después ya tengo estrés, porque miro todo, soy muy esponja, y mirar tanto me cansa. Para mí descansar es tirarse en la playa o el campo y no hacer nada, y a mí me cuesta no hacer nada. Viajar es hacer algo. Me cuesta relajarme. Ahora estoy aprendiendo. Me impongo rutinas de no hacer nada. Digo: "Ahora me voy a sentar en esa silla y voy a mirar el mar cuarenta minutos sin hacer nada". Al minuto veinte me da una angustia que me quiero morir. Al minuto veinticinco pienso: "No, mejor voy a cocinar, cómo voy a perder el tiempo así". Pero me doy cuenta de que es trampa y digo: "No, te quedás acá, sentada, sin hacer nada, ni siquiera angustiarte". Estoy tratando. Ya llego a la media hora.
Peinó: Darío Calcagno, para Pino, Leo y Lino.
Zapatos: Marcelo Ríos






