
Manuel Vicent: el amor en estos tiempos
Asegura que ninguna mujer es interesante si no tiene una doble vida, y que el espíritu no es más que la convergencia de los sentidos. Escritor y periodista del diario El País, de Madrid –cuyas columnas en ese matutino publica la Revista–, visitará Buenos Aires para presentar su última novela, Cuerpos sucesivos (Alfaguara), en la que rescata el valor de la pasión amorosa
1 minuto de lectura'

La felicidad perfecta es la desmemoria. Eso cree Manuel Vicent, escritor de oficio, coleccionista de crepúsculos, autor de novelas, libros de viajes, columnista del diario El País, de Madrid, y hombre convencido de que el ser humano sólo se mueve por placer.
-El placer no es sólo sexo ni tiene que ser inmediato. Puede ser una comida pantagruélica o una pieza sinfónica de Schubert. Siempre se trata de elegir.
En el teléfono, su voz suena amable, cálida, tan española como Villavieja, el pueblo blanco de la comunidad valenciana donde Vicent, siendo chico, jugaba en los balnearios derruidos por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.
-Nací allí en 1936. Es un pueblo de agricultores, de naranjos, recortado en la falda de una sierra. Ahora vuelvo todos los veranos, pero ya no es como entonces: está lleno de fábricas. Desde el punto de vista literario, una verdadera desgracia industrial.
Aquí, en Buenos Aires, sus columnas del diario El País se publican mensualmente en la Revista. Allí, en Madrid, Vicent está a punto de preparar las valijas.
En menos de una semana, vendrá a la Argentina con su última novela, Cuerpos sucesivos (Alfaguara), una historia de amor en la que se rescata la búsqueda de la felicidad a pesar de todo. ¿Felicidad perfecta? Probablemente no: se trata de la felicidad que el ser humano busca echando mano de la memoria que evoca los amores sucesivos a lo largo de sus vidas.
-¿Le va bien escribiendo novelas de amor en estos tiempos?
-En un mundo como éste, escribir sobre el amor es un desafío. El amor no es nada fácil, ni nada suave, ni una pasión ligera. Por el amor se mata, se muere, y creo que también es un sentimiento tan pletórico que en él todo cabe, incluso el odio.
-¿Existe el amor sin un costado irracional?
-No. El amor racionalizado sería la amistad, que es más pura y más desinteresada que el amor. Porque en el amor está la entrega absoluta, pero también ese estado permanente de desasosiego que significa poder perderlo. Y es esa misma irracionalidad en el amor la que te obliga a permanecer en él.
A decir verdad, Manuel Vicent habló siempre de amor. Lo hizo desde su primer libro, Pascua y naranjas (Premio Alfaguara, 1966), por más que aquél fuera un relato que desnudaba contradicciones mundanas de ciertas cuestiones sociales.
-Creo que desde esa novela hasta hoy fui depurando el estilo, en el sentido de aplicarle lo que yo llamo la vibradora universal. Es un principio que se puede aplicar a cualquier obra, ya sea una catedral o un artículo de periódico. Si después de terminar un edificio, una sinfonía o un libro tú le aplicas la vibradora, empieza a caer lo que sobra. En una catedral sobran columnas, en un artículo sobran palabras. Aplicarme a mí mismo, incluso moralmente, la vibradora universal para que caiga lo que sobra es lo que he ido aprendiendo a través de mi oficio.
-¿La vibradora universal se puede aplicar a cualquier ser vivo?
-Creo que si la aplicáramos a la historia universal tal vez quedaría la ameba, o alguna bacteria.
-¿Esto significa que la humanidad está lejos de privilegiar lo profundo, lo primitivo, lo sensorial, todas cuestiones que usted ha enfatizado en sus obras?
-Yo pienso que el tema de los sentidos es lo más profundo y, a la vez, lo más superficial que hay. Todo lo que los humanos sabemos lo percibimos por medio de la mirada, la piel, los olores, los gustos, y esto lo vamos convirtiendo en espíritu. En este oficio de vivir, de sentir cosas, algunos logran una gran capacidad de espiritualizarlas y otros no. Pero el espíritu no es más que la convergencia de los cinco sentidos.
Aznar y la guerra
En Villavieja tocaron las campanas cuando la Segunda Guerra Mundial terminó, en 1945. Pero Vicent, que tenía apenas 9 años, sólo tiene un vago recuerdo de aquel tiempo, marcado por algún relato de su padre, José María.
-Nunca quiso que fuera escritor. Le parecía que era un mal oficio.
Tampoco quiso leer nada de lo que Manuel había escrito.
-Ahora me gustaría elegir a mis lectores -dice Vicent-. En realidad, los elijo. A veces, a la hora de escribir pienso: Esto le gustaría a tal de mis amigos. Y esa referencia mental a la que me someto es la auténtica censura. Después, me gustaría que me leyera gente divertida, inteligente y saludable de cualquier edad.
Vicent creció bajo el gobierno de Francisco Franco.
-De eso tengo más conciencia que de aquella guerra. Cuando eres pequeño esa conciencia la vas despertando primero de una forma estética. Y a mí, estéticamente, ese hombre no me gustaba. Así que yo entré en una militancia contra el franquismo primero desde el punto de vista del buen gusto: me parecía que aquel señor era impresentable. Y cuando a ti te parece que un hombre es impresentable, a partir de eso empiezas a desarrollar tu enemistad anímica.
-Hablando de cuestiones políticas: en sus columnas de El País usted se manifestó públicamente en contra de la reciente guerra en Irak, y la calificó de inmoral. ¿Qué piensa ahora acerca del conflicto?
-La guerra en Irak, además de ser inmoral, es un bocado que los Estados Unidos no van a poder digerir. Todos los imperios han caído, y esa caída comienza cuando comen más de lo que pueden. Para los Estados Unidos, tal vez éste sea el principio del fin: el bocado que han dado en Irak no lo digerirán jamás.
-¿Desde el principio pensó que José María Aznar se iba a alinear con George Bush?
-Sí. Los que tienen complejo de inferioridad siempre se alinean con los que creen superiores.
Vivir, esa obligación
A Vicent le da lo mismo escribir una columna sobre política en el diario que una novela de amor. No porque sean la misma cosa, sino porque se ha acostumbrado a adaptarse a los diferentes formatos que exige su tarea cotidiana. Sabe que, una vez que un artículo se ha publicado, "ya no es mío".
-Mi actitud ante la compu-tadora es exactamente la misma. Sólo sé que el espacio determina mucho el estilo. No es lo mismo una columna pequeña donde las palabras tienen que estar muy medidas, y son más intensas que una novela. A medida que el espacio se reduce, tienes que tener en cuenta que las palabras van adquiriendo mayor importancia.
El espacio de Cuerpos sucesivos apenas supera las 200 páginas. Un día, hace algún tiempo, a Vicent se le ocurrió plantear una disyuntiva.
-¿Cómo se llega antes, más profundamente y de un modo más permanente, al corazón de una mujer? ¿Con una navaja o con una palabra?
A eso, le agregó una idea que dio origen a la historia.
-Partí de la posibilidad de que una mujer, en el momento de placer máximo, pierda la conciencia y grite un nombre de varón que desconoce. El amante le pregunta quién es y ella lo ignora. Pero por medio de sucesivos gritos de placer ese nombre se va convirtiendo en un ser viviente.
Ese nombre es Martín.
-¿Todas las mujeres tienen su Martín?
-Ninguna mujer es interesante si no tiene una doble vida, al menos imaginaria. En la mayoría de los casos siempre es imaginaria, con lo cual siempre se sale ganando.
En la novela, la mujer que nombra a Martín es Ana. Cuerpos sucesivos cuenta su historia, la de David, la de Bodgan. David es un hombre en el declive de la vida, casi acabado, porque "un hombre está acabado cuando la belleza lo pone triste", dice Vicent. Es capaz de enamorar a Ana con la poesía, la imaginación, las palabras. Pero Ana, aún queriéndolo, no puede sin embargo separarse de Bodgan, un ser que recuerda en cierto sentido la figura del hombre-lobo (o el lado irracional del amor) con el que comparte una tormentosa relación que para generar pasión exige tajos en el cuerpo.
David, desde el ocaso, descubre que sólo se ama lo que no se posee por completo. Que en el amor no hay derrota absoluta ni definitiva. Y que, encontrándose verdaderamente con Ana, puede acercarse a la resurrección.
-En otras de sus novelas, como Son de mar, también estaba presente la idea del naufragio, la desesperación y, finalmente, la resurrección. ¿Por qué el amor tan asociado con la muerte?
-Es su otra cara. Hemos venido a este mundo a reproducirnos y morir, pero evolucionamos culturalmente y eso de transmitir genes ya lo hemos transformado en amor. Sin embargo, ese amor siempre lleva incluida la muerte.
-¿Entonces resucitamos todos los días?
-¡Claro! Todo lo que hemos vivido es esa parte nuestra que ya murió y el hecho de estar viviendo implica resucitar de esa parte nuestra que está muerta. Por lo tanto, resucitar es una obligación y el requisito indispensable para resucitar es estar vivo. Vivir es una obligación.
-¿Esto no se contradice con la certeza de saberse mortal?
-No, siempre que uno no sea inocente. El ser humano le teme a la muerte, y ahí está la gran neurosis que le genera la conciencia de esa muerte. Por el contrario, la inocencia es saberse inmortal, sumergirse al nivel de los animales que son inmortales y no saben que van a morir.
-¿Esa neurosis podrá superarse alguna vez?
-Hasta ahora, el ser humano no la ha superado.
-¿Y usted piensa en su propia muerte?
-¿Yo? Mejor estoy deseando que ella no piense en mí.
Para saber más
www.alfaguara.santillana.es
www.proverbia.net
www.epdlp.com/vicent.html
El oficio de escribir
-El escritor Manuel Vicent nació en Villavieja, Castellón, España, en 1936.
-Es licenciado en Derecho, estudió Filosofía y Letras, y Periodismo. Trabajó como galerista de arte.
-Entre sus obras se destacan Pascua y naranjas (obtuvo el Premio Alfaguara en 1966), Balada de Caín (Premio Nadal), Contra paraíso, No pongas tus sucias manos sobre Mozart (Premio González Ruano), A favor del placer, Crónicas urbanas, Del café Gijón a Itaca, Tranvía a la Malvarrosa, Jardín de Villa Valeria, el libro de viajes Por la ruta de la memoria, la pieza teatral Borja Borgia, Los mejores relatos, la recopilación de artículos Las horas paganas,las novelas Son de mar (ganó el II Premio Alfaguara de Novela en 1999) y La novia de Matisse y la colección de artículos periodísticos Espectros (pulbicada por El País-Aguilar).
-Dos de sus libros, Son de mar y Tranvía a la Malvarrosa, fueron llevados al cine.
-Como periodista escribe actualmente para el diario
El País, de Madrid, España. Algunas de sus columnas semanales en ese matutino se publican actualmente en la Revista.
Los sueños en la mano
"Esta es la historia de un hombre que se debatía entre la melancolía del fin de la seducción y la necesidad de medirse a sí mismo todavía como un héroe para sacar de la destrucción a una mujer con el arma de las palabras, de los viajes imaginarios, de los sueños imposibles al alcance de la mano."
Así define Manuel Vicent su novela Cuerpos sucesivos (Alfaguara), que el autor presentará en los próximos días en Buenos Aires.
"A través del cuerpo de esta mujer el amante derruido se encontraría resucitando en otro cuerpo. Nada que no suceda todos los días", dice el escritor español. A continuación, un fragmento de la obra:
"David sabía que una mujer ante un grave peligro siempre prefiere un héroe a un poeta. Llegado este momento, David debería sacar el valor de lo más hondo de su espíritu porque ése era el desafío al que le enfrentaba la naturaleza y Ana formaba parte de ella también. Un hombre se mide ante la adversidad. Escalar una montaña, saltar por un precipicio, matar una serpiente pitón, atravesar un río lleno de cocodrilos o realizar un viaje al corazón del bosque donde el dragón posee bajo sus garras a la doncella, y realizar estas hazañas es un código que debe cumplir el héroe para ser recompensado por el amor. David hizo bien ese papel. Andaban extraviados en medio de la niebla que apenas dejaba ver un horizonte a más de cincuenta metros y él la llevaba de la mano indicándole todos los obstáculos del camino, las rocas, las ramas de los árboles, los pequeños desniveles. Sabiendo que Ana iba muy angustiada y aunque estaban a punto de despeñarse, para distraerla le contaba cosas anodinas, la pereza que le daba volver a dar clases en la Universidad, la cita que tenía con el dentista al día siguiente, la última película que había visto, su próxima conferencia en la Residencia sobre la hija de García Lorca y, cuando el sendero terminó en un vado que les obligaba a pasar a la otra orilla del río por un estrechamiento del cauce que lo convertía en una cascada, como si este peligro no existiera, David la ayudó a saltar mientras le decía que la mermelada que más le gustaba era la de naranja amarga".
Semana de autor
El 27, 28 y 29 del actual Manuel Vincent participará en Buenos Aires de la Semana del Autor, impulsada por la Agencia Española de Cooperación.
La cita es en el Centro Cultural de España, Florida 943, Capital, a partir de las 18.30, con entrada libre.
Más datos: 4801-2224





