Mar de dudas
Sumergidos en el mar de dudas, certezas, dilemas y opciones en el que se va convirtiendo nuestra realidad cotidiana, los habitantes del atribulado planeta Tierra vemos naufragar diariamente valores que creíamos eternos y definitivos.
Así, mientras los políticos de todo el mundo tratan de huir del archivo asesino que pone en evidencia alianzas del pasado que se contraponen con las actuales y declaran guerras atroces y larguísimas con justificaciones que rozan lo disparatado, los pueblos se dejan arrastrar por oratorias inflamadas de odio y reivindicaciones no siempre alentadoras.
En nuestra pequeña aldea, las cargas de las brigadas ligeras de la política consisten en agitar fantasmas de un pasado más o menos cercano del que muy pocos (por no decir ninguno) pueden salir "libres de culpa y cargo". Apoyos circunstanciales con estratégicos fines electorales de coyuntura, fotos comprometedoras, declaraciones de amor u odio a la misma persona con diferencia de pocos años y pieles de cordero para ocultar fines inconfesables, forman el variado menú de "agachadas" y "chicanas" que van de lo patético a lo criminal, pasando por lo bochornoso y lo bizarro.
Pensar exactamente lo mismo durante cuarenta años puede ser sospechoso y denotar una estrechez de mente alarmante, pero cambiar de idea cada dos años de acuerdo con el gobierno de turno es claro síntoma de falta de rigor y coherencia.
Cuando un presidente (dos veces presidente para más datos) confiesa públicamente que mintió en la campaña porque "si les decía lo que realmente iba a hacer, no me hubieran votado" y la mayoría del pueblo lo aplaude y grita: "¡Qué vivo! ¡Qué astuto! ¡Qué político de raza! ¡Cómo nos conoce!", y le da otro período como premio a la flagrante mentira, que en situaciones normales debería hacer estallar una rebelión popular y un voto castigo contundente; cuando ello ocurre, ese pueblo está demostrando claras señales de deterioro moral.
Cuando otros presidentes se van antes de que termine su mandato y dejan al país en crisis terminales, caos sociales y debacles que incluyen muertos, heridos y represiones indiscriminadas, e insisten, ya fuera del poder, en atribuir todo a conspiraciones y complots (que nunca se prueban, pero siempre se sospechan), poniéndose en el mejor lugar de víctimas perseguidas por intereses creados y adoptando posiciones de "heroico renunciamiento para evitar más derramamientos de sangre", ahí estamos ante sociedades enfermas que crean sus propios monstruos y no pueden manejarlos.
Cuando otro presidente se parapeta tras el atril sin réplica posible para hacer campaña a sus candidatos desde un salón que debería ser realmente blanco, algo no está funcionando bien. Sin olvidar ni comparar ese abuso con momentos históricos para el terror como los que significaron ver ese mismo salón blanco ensombrecido por dictadores de uniforme que encarnaron una forma equivocada de defender la paz.
Cuando uno no observa el menor indicio de autocrítica en las fuerzas que prefirieron la violencia de la bomba y el atentado a cualquier tipo de estrategia y diálogo medianamente democráticos, uno no puede menos que alarmarse y pensar si las lecciones de la historia están lo suficientemente bien asimiladas.
Y cuando, por fin, el ciudadano se siente rehén de los dimes y diretes de políticos conversadores o parcos, carismáticos o temibles, extravagantes o incultos, retóricos o brutales, puede experimentar (y esto sí es muy peligroso y debemos vacunarnos contra él) un cansancio de las instituciones que, con todas sus limitaciones, siguen siendo lo único que tenemos para no caer por el precipicio del caos y la disolución.
El pasado existió, ahí está, registrado en esta época de tanta comunicación en videos, DVD y hasta en nuestro inseparable celular (no en el caso del que esto escribe, que quede claro); el presente lo podemos palpar en el día a día; el futuro dependerá del delicado equilibrio de nuestra memoria con nuestras convicciones, de nuestro presente con el de los que nos rodean y de nuestros objetivos con las necesidades de nuestra sociedad. Sin exclusiones, sin discriminaciones, sin renunciar a ser felices.
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El autor es actor y escritor







