Mariana Cortés. "Tengo una capacidad de reacción rápida"

Lejos de paralizarse por la actual situación, la creadora de la marca Juana de Arco comenzó a hacer barbijos de diseño para vender pero también para donar
Lejos de paralizarse por la actual situación, la creadora de la marca Juana de Arco comenzó a hacer barbijos de diseño para vender pero también para donar Fuente: LA NACION
Laura Reina
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2 de mayo de 2020  

El 25 de febrero Mariana Cortés, diseñadora de Juana de Arco, volvió de la India. Una de las cosas que se trajo de ese viaje fue un barbijo, que había comprado en la farmacia del aeropuerto Indira Ghandi, de Nueva Delhi. En ese momento no lo sabía, pero fue una especie de anticipo o premonición de lo que ella misma empezaría a hacer dos meses después y que se convertiría en un objeto esencial en todo el mundo: los tapabocas. "Soy teacher de niños en El arte de Vivir. Viajé a dar unos cursos y vi lo que era el coronavirus en el mundo. Y cuando empezó todo esto me empezaron a decir: ¿vas a hacer barbijos? La palabra tapabocas ni siquiera existía", cuenta Mariana, en pleno proceso de producción con el típico sello de Juana: tela modal estampada a mano, colores vibrantes y diseños únicos (no hay uno igual a otro). Pero lo más importante, para destacar, es que detrás de cada compra hay un fin solidario: por cada tapaboca que se adquiere, se dona otro a una ONG. Desde que nació Juana, como llama a su marca, Mariana atravesó varias crisis sociales y económicas en la Argentina. Pero nunca antes se había enfrentado a una pandemia semejante, y el mundo, ese que logró conquistar cuando por acá las cosas se complicaban, también está en jaque. Readaptarse, esa es la cuestión.

-¿Cuál fue tu primera reacción ante la pandemia?

-Siempre me anticipé, tengo una capacidad de reacción rápida. Soy de la acción, del hacer. Las cosas me salen mejor haciendo que pensando. Mi primera reacción, en esa primera semana que los chicos no iban al colegio pero todavía no estaba decretada la cuarentena, fue dar clases de yoga. Yo ya venía con la idea de hacer clases en el local y entonces empezamos a hacerlas online. Fue lindo, sentí que estaba ayudando, dando algo necesario para el cuerpo y el alma. Pero las semanas pasaron y ese primer optimismo se fue transformando. Fue como que entramos en la realidad. Japón, que es un país al que exporto mucho desde hace más de 15 años, me suspendió los pedidos y no podía enviar lo que estaba hecho. Fue paralizante, feo. Pero duró poco porque ahí, al toque, surgió lo del barbijo.

-¿Cómo se te ocurrió?

-Muchas amigas me empezaban a pedir que los hiciera. Me decían ¿vas a hacer barbijos? Empecé a ver fotos que me mandaban y a desarrollar la idea. Pedí información a Japón, donde llevan años usándolos. Fue medio caótico pero en definitiva es bastante parecido a las bombachas que hacemos en Juana. En Semana Santa volvimos al taller de Palermo y ahí pudimos cortar los prototipos y las pruebas. Hicimos una primera tanda de 300... También ayudó que casi al mismo tiempo el tapaboca fuera obligatorio.

-¿Cómo surgió lo de hacer un proyecto solidario?

-Lo de la solidaridad surgió una vez que hicimos esa primera tanda. Ahí surgió lo del Proyecto Namaste, que es el saludo hindú de juntar las palmas de las manos. Eso me impulsó más. Que sea para ayudar a otros fue un motor. Comprás uno, donás uno.

-¿Por qué lo llamaste Namaste?

-Cuando empezó lo de la pandemia mi nuevo saludo era ese, ni el codo, ni la punta de los pies. Juntar las palmas de las manos. Es un concepto universal, incluye India, Japón. Y significa cuidar y respetar al otro: cuando junto las palmas de mis manos, saludo a la divinidad que hay en vos, a tu interior... Y darle el barbijo a otro tiene que ver con el cuidado al otro.

-¿Cuál fue la respuesta de la gente?

-El primer día vendimos 28 tapabocas y los siguientes más de 100. Y ahora ya no sigo los números. Ya debemos haber hecho unos 5000. Fabrico el doble de lo que vendo porque el otro hay que donarlo. Algo que está pasando es que al comprar el tapaboca la gente se mete en la página de Juana y termina comprando otra cosa, sobre todo ropa para estar en casa: calzas, buzos, ropa interior... La ropa de niños empezamos a venderla por WhatsApp. De alguna manera el tapaboca activó todo. No es que gano plata con el barbijo, pero me cambia el ánimo y la perspectiva porque la empresa sigue en pie y además ayudo a los que más lo necesitan.

-Es increíble con qué facilidad incorporamos el tapabocas a nuestra cotidianidad.

-Es que está en juego nuestra vida. Es el complemento del distanciamiento social. Son nuevos hábitos que vamos a ir adquiriendo y que van a quedar. El tapabocas vino para quedarse como el lavado de manos frecuente y a conciencia. Si estás resfriado, vas a usar tapabocas cuando salgas a la calle para cuidar a los demás. En Oriente ves gente con barbijo todo el tiempo. Es una forma de prevenir. De hecho, en Japón la costumbre es hacerte tu propio barbijo en casa. Ahí en todas las casas hay una máquina de coser y en los colegios coser es una materia. Acá muchos sacaron la Singer y empezaron a hacer sus propios tapabocas. Es un gesto de amor.

-Te emocionaste...

-Es que es la vuelta a lo doméstico, de dónde venimos. Todos venimos del mismo lugar, de la misma cuna. Es volver a tus raíces. Los japoneses son muy tradicionales, no pierden sus costumbres. A veces exageradamente. Pero acá parece que lo viejo o lo ancestral no sirve.

-Más allá de este proyecto, ¿podés proyectar a futuro cómo sigue la marca?

-La empresa reaccionó bien. Todos se pusieron a ayudar. Somos 18 los que trabajamos en Juana. Pero obviamente estoy preocupada. Proyectar una colección y que no se venda es duro. Hay clientas de Alemania o Japón, que compran por Whatsapp, pero eso no te cambia la ecuación. Y la colección de verano tal vez no la haga o por ahí hago una línea clásica y de yoga pero nada más. No va a tener mucho desarrollo. Esta primera semana de mayo tengo que tener la colección lista porque es la que mando a Japón... pero está en stand by, hoy tengo solo el 30% de los desarrollos.

-A nivel familiar, ¿cómo están llevando el aislamiento?

-Nos adaptamos. Tengo una nena de 9 y un varón de 7. Por suerte estamos en una casa con jardín y estamos cuidando las plantas, jugando al fútbol. Y están las clases online, que organizan un poco los días. Fuimos aprendiendo a hacer cosas nuevas. Me anoté en clases de cocina. A los chicos hay que sacarlos de las pantallas, involucrarlos en una actividad o proyecto que les cope. Ahora estamos pintando la pared del lavadero, un cuartito de dos por dos donde podés hacer lo que quieras y lo transformamos en un rincón de arte. Mi hija me decía '¿Estás segura de que se puede, mami?'. Está bueno permitirles eso, romper con ciertas creencias... La cuarentena te lleva un poco a eso. A pensar creativamente. A llamar a aquel con quien hace mil que no hablás.

-¿Sigue Juana dando clases de yoga online?

-Sí, y también fuimos incorporando de ayurveda, de origami y hasta un recital de Anda Calabaza para niños. A la noche contamos cuentos. El otro día se conectaron más de 100 personas. Fue emocionante.

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