Un estudio reveló que los cuervos no solo identifican, sino que recuerdan caras humanas por años
Una investigación científica determinó que estas aves poseen una capacidad cognitiva superior para reconocer amenazas específicas; también pueden transmitir esta información negativa a otros individuos de su comunidad
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Los cuervos no son simples aves urbanas que sobrevuelan las ciudades, sino que según una investigación liderada por el ecólogo John Marzluff de la Universidad de Washington, estos animales poseen una capacidad de memoria y reconocimiento facial que desafía lo que sabíamos sobre la cognición en especies no mamíferas. El estudio, que inició en 2006, demostró que los cuervos pueden identificar rostros humanos, recordar experiencias negativas durante casi dos décadas y advertir a sus pares sobre posibles peligros.
El experimento original consistió en capturar y anillar cuervos con máscaras específicas para evitar que las aves asociaran la experiencia con un individuo particular, sino con un rostro definido. Al respecto, Marzluff explicó en declaraciones publicadas por The New York Times que, tras ser capturados, los animales reaccionaban con mayor hostilidad ante las personas que portaban la máscara identificada como “peligrosa”. Esta situación, que incluye graznidos persistentes y comportamientos de hostigamiento o acoso colectivo, demostró que el aprendizaje no solo ocurre tras un contacto directo, sino también a través de la observación social.

La revista Animal Behaviour publicó en 2010 los resultados de este seguimiento, lo que confirmaba que las aves discriminaban con precisión entre personas que utilizaban máscaras neutras y aquellas que portaban la máscara asociada con la captura. Lo más sorprendente fue la longevidad de esta memoria: el equipo de la Universidad de Washington documentó respuestas defensivas ante la misma máscara durante 18 años. El propio Marzluff, en un ensayo reciente publicado por Yale University, observó que “la proporción de cuervos que me increpaban al usar la máscara de cavernícola aumentó durante los primeros siete años”.
Según el especialista, esta conducta de rechazo solo disminuyó tras la muerte de los individuos que experimentaron la captura original, lo que sugiere que la información se transmitió culturalmente entre las generaciones del grupo. Desde la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS) señalan que el miedo en estas aves procesa información en áreas cerebrales análogas a las de los mamíferos, lo cual explicaría una respuesta tan precisa. “Con las imágenes cerebrales, me sorprendió que la parte del cerebro que reaccionaba al ver a una persona peligrosa fuera la misma que en la nuestra”, afirmó Marzluff.

Esta base neurológica permite que, ante una amenaza percibida, los cuervos ajusten su comportamiento: en zonas urbanas donde la gente suele ignorarlos, las aves se acercan para increpar al supuesto agresor, mientras que en áreas rurales, donde sufrieron persecución, suelen actuar con mayor cautela y a una distancia considerable. Esta capacidad de reconocimiento no se limita únicamente a la hostilidad, sino que existen reportes anecdóticos de cuervos que identifican a individuos benévolos, como el caso registrado en Bellevue, donde una conductora de un micro era seguida habitualmente por aves que la asociaban con la provisión de alimento.
Este comportamiento refuerza la teoría de que los cuervos desarrollaron habilidades sociales avanzadas para convivir en entornos dominados por humanos, donde su supervivencia depende de una evaluación constante de los riesgos y beneficios que cada persona representa para su colonia. Lejos de los mitos que los vinculan únicamente con presagios negativos, los cuervos demuestran una sofisticada gestión del entorno. La investigación sostiene que la habilidad de reconocer rostros actúa como una herramienta adaptativa: “Si puedes aprender a quién evitar y a quién buscar, es mucho más sencillo que seguir resultando herido”.

Este intercambio de información entre miembros de la especie permite que las comunidades de cuervos mantengan una memoria colectiva sobre individuos específicos, lo que funciona como un sistema de vigilancia social. El hallazgo subraya la necesidad de repensar nuestra interacción con la fauna silvestre, dado que nuestras acciones cotidianas son observadas, interpretadas y recordadas por estos animales, quienes actúan en consecuencia basándose en su complejo historial de interacciones.
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