Mi gato era buenísimo hasta que me dejó internada 72 horas en un hospital
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Cuando la médica de guardia me dijo que debía quedarme internada, se me terminó de nublar la vista. Los chicos y Alejandro, mi marido, estaban en la puerta del sanatorio esperándome adentro del auto, porque no quería que bajaran al hospital. Me daba miedo la cantidad de virus que andaban dando vuelta en esa época. Lo llamé a Ale, y le dije: "Andá a casa con los chicos, yo me tengo que quedar internada".
- Es chiste, ¿no? -me contestó.
- No, es verdad. – le respondí e instantáneamente me puse a llorar.
Los antibióticos no estaban actuando adecuadamente, había signos de infección en las heridas y era necesario poner una vía endovenosa para recibir antibióticos por vía sistémica.
48 horas antes había sido el episodio: arañazos de mi gato en la cara, más precisamente en la frente. Las infecciones en esa zona suelen ser más peligrosas que otras, algo que percibí cuando ese sábado amanecí siendo otra. No veía bien, los ojos se me habían hinchado muchísimo y los pómulos estaban un tanto rígidos.
Las mudanzas y los gatos, no se llevan bien y yo lo sabía. Por eso, traté de tomar todos los recaudos para mudar a mis dos gatos a nuestra nueva casa. Amo a los gatos, siempre los amé. Me jacto de conocerlos y entender cada una de sus actitudes y movimientos. Sé que son animales territoriales y que el cambio podía afectarlos. Yuki y Aki, así se llaman ellos. Yuki, catalogado por nuestro veterinario como el gato más loco que atendió en toda su carrera; y Aki, en las antípodas, como uno de los más buenos que le tocó atender. Algo así como el yin y el yang en su versión gatuna.

Primero nos mudamos nosotros, y unos días después, trajimos a los gatos. Los llevamos a una habitación bien luminosa, con agua, comida y piedritas sanitarias para que se empezaran a aclimatar a la nueva casa. Al otro día, les dejamos la puerta abierta de la habitación para que reconocieran de a poco los otros ambientes y los nuevos olores. Y finalmente, un día más tarde, les abrimos la puerta del jardín. Yuki parecía super feliz, había bastante verde por recorrer, pero Aki… mi dulce Aki había desaparecido.
Placares, cajas, baños; podía estar en cualquier rincón de la casa. Desde que había llegado al nuevo hogar parecía no ser el mismo. El miedo lo había superado
Ese jueves había sido un día difícil, los chicos no se habían portado bien, yo estaba agotada por el trajín de la mudanza y la sola idea de haber perdido a Aki me desesperaba. Los chicos estaban tristes – Se perdió Aki mamá? - me dijo Tomás de 4 años. – Se fue a otra casa? – sumó Abril de casi 3.
Después de buscarlo por toda la casa decidí salir al jardín.
-Dame la linterna, si salió al jardín por primera vez debe estar muerto de miedo escondido en algún rincón – le dije a Ale.
No tardé mucho en encontrarlo detrás de una planta, la más grande del jardín y lo agarré a upa. No hubo resistencia. Se quedó tranquilo, como siempre.
- ¡Mamá encontró a Aki! - empezó a gritar Tomás desde la casa.
Las persianas estaban medio bajas y le pedí a Ale que me abriera la puerta del garaje que es de chapa y, en contacto con las llaves, hace bastante ruido. Sobre todo para los gatos que tienen una capacidad auditiva mucho más sensible que la del ser humano.
En seguida se asustó e intentó soltarse pero mi miedo a perderlo y mi confianza en él me hicieron abrazarlo aún más fuerte. ¡Error! ¿Imagínense cómo sigue la historia? Me desconoció y aterrado por la situación me clavó las uñas en la frente y en el cuero cabelludo. Instantáneamente lo solté, perdí el equilibrio y se me nubló la vista. Me tapé la cara para que Tomás no me viera lastimada (había bastante sangre) y llamamos a la ambulancia de urgencia. La ambulancia tardó porque se equivocó de dirección y se fue a otro lado. Lamentablemente, en mi barrio hay dos calles que se llaman casi igual.
Cuando finalmente llegó, creyeron que había sido un gato de la calle.
- No, el gato es mío, está vacunado -les dije.
- Fundamental. Y vos, ¿tenés la antitetánica? – me preguntó el doctor
- Sí
-Bueno, eso es importantísimo.
Desgracia con suerte
Me hicieron los primeros auxilios, me dieron antibióticos y me dijeron que había tenido suerte, si te tocaba el ojo, ahí ibas a estar más complicada. Lo que llaman una desgracia con suerte.
Las primeras 24 horas fueron tranquilas, aunque resaltaban la importancia de dejarme internada.
- No pensemos en el alta por ahora – me dijo el doctor de piso el primer día.
- ¿Cuántos días voy a tener que quedarme acá?- le pregunté.
- ¿Te viste la cara? Hay que esperar…
Pasadas otras 24 horas, el panorama empezó a mejorar y dejé de parecerme a un monstruo. Cuando el doctor volvió a verme al día siguiente, la cosa ya era un poco más relajada.
- ¿Cómo amaneciste, Gatubela?
- Mejor que ayer, ahora por lo menos no veo nublado.
Con el paso de los días, fui retomando mi fisonomía normal, aunque el dolor psicológico que me habían provocado estos arañazos era aún mayor que las heridas que se veían en mi frente. A mí, a la reina de gatos, su felino más dócil, le había dibujado un ta-te-ti en la frente.
En fin, después de 72 horas internada llegó el alta y de su mano un nuevo análisis.
- ¿Otro análisis? Pero, ¿no estoy mejor ya? – le pregunté a la infectóloga.
-Sí, pero hay una enfermedad llamada "arañazo de gato" y tenemos que descartarla. La bacteria que provoca esta infección se llama Bartonella Henselae.
Ya ahí nomás me solicitó estudio serológico específico, que por suerte, unos días después, dio negativo.
¿Qué les puedo decir de todo esto? Sigo adorando a mis gatos, pero a Aki no pude volver a alzarlo. Entiendo que se sintió en una situación muy estresante y que por más dócil y bueno que era, le ganó su instinto animal y sintió que debía defenderse de mí.
Ahora me quedan las cicatrices y el aprendizaje. El yin y el yang gatuno se había invertido por la mudanza, pero yo no me di cuenta a tiempo. El gato que era incapaz de enojarse me dejó internada tres días y el otro, tranquilo como si se hubiera mudado a un spa. Veremos como el tiempo acomoda las cosas. O quizás la mudanza los cambió para siempre.
Datos útiles
Mariana Trigo Viera
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