
Misión: jesuitas en Córdoba
Nuestro legado jesuítico no se agota en Misiones. La Compañía de Jesús también dejó en la docta Córdoba una subyugante huella. Hace poco más de un año, la Unesco incorporó sus tesoros al Patrimonio Mundial
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A fines del 2000, en Melbourne (Australia), la UNESCO admitió a la Manzana de las Luces y las Estancias Jesuíticas de Córdoba entre las hoy 721 maravillas del Patrimonio Mundial, honor que dieciséis años antes había tocado a las Misiones Jesuíticas Guaraníes. Fue un caso de estricta justicia. Durante más de dos siglos, entre 1549 y 1767, la Compañía de Jesús desarrolló en América un experimento religioso, social y económico sin par en la historia de la humanidad (“comunismo teocrático”, para Lugones; “paraíso perdido”, para Arnold Toynbee). Y su escenario no se limitó a esa urdimbre de selvas y cascadas que sirvió de set a La Misión, el film protagonizado en 1986 por Robert De Niro y Jeremy Irons.
Los discípulos de San Ignacio de Loyola también dejaron en tierra cordobesa una impronta conmovedora. La Lista del Patrimonio Mundial abrió sus puertas a los conjuntos arquitectónicos mejor preservados de ese legado. En pleno corazón de la capital provincial se alza la llamada Manzana de las Luces, que integran la iglesia de la Compañía, la Residencia de los Padres, el Rectorado de la Universidad de Córdoba y el Colegio Monserrat. Y a pocos kilómetros –conformando un circuito turístico de excepción– brotan los cascos de las estancias de Caroya (donde se fabricaron las bayonetas del Ejército Libertador), Alta Gracia (alguna vez propiedad del virrey Liniers), La Candelaria (curioso híbrido de fortificación y santuario), Jesús María (cuna de los primeros vinos de Córdoba y asiento actual del Museo Jesuítico) y Santa Catalina (auténtica joya del barroco colonial). Detrás de sus añosas paredes, sus retablos dorados a la hoja, sus ángeles de rostro mestizo y sus admirables obras de hidráulica, anidan historias que vale la pena contar. .
Luces de la ciudad
“Como es tierra pobre y no tiene oro ni plata ni algodón, ninguno quiere ir allá”, se quejaba el gobernador Ramírez de Velazco en 1590. La cosa era contra los sacerdotes, cuya carencia desvelaba a las autoridades de la Córdoba inicial. Y no precisamente por el desapego que mostraban los españoles hacia los mandamientos. Lo que preocupaba era el “adoctrinamiento de los naturales”, su “pacificación”.
No hubo más remedio que acudir a la siempre dispuesta Compañía de Jesús, pese a la resistencia que generaba entre los encomenderos su denodada defensa del nativo. Se asignó a la orden un lugar de privilegio: el solar que hospedaba la ermita de los santos mártires Tiburcio y Valeriano (elegidos por sorteo “abogados para las plagas de langosta”), considerada la construcción eclesiástica más antigua de Córdoba. Los jesuitas tomaron posesión de estas ofrendas el 20 de marzo de 1599. A los dos meses ya estaban en obras. El primer esfuerzo fue para la educación. En 1610 inauguraron el Colegio Máximo, tres años después el Convictorio de San Javier y al siguiente –tomando como base estas dos instituciones– la Universidad de Córdoba, primera de nuestro país y una de las más antiguas del continente. El reconocimiento oficial del papa Gregorio XV y del rey Felipe III tardó casi el doble que este proceso. Como compensación, vino acompañado de la prerrogativa de otorgar títulos válidos en todos los dominios españoles. Para entonces, la Universidad tenía poco que envidiar a sus pares del Viejo Mundo y gozaba de creciente nombradía en el Nuevo. Así conquistó para la ciudad el perdurable título de Docta. El éxito no hizo bajar los brazos a los padres de la Compañía. Poco más tarde fundaron el Noviciado (cuya cripta reapareció hace algunos años bajo el asfalto de la avenida Colón) y en 1687 aceptaron regentear el Colegio de Nuestra Señora de Monserrat, recién creado por Ignacio Duarte y Quirós. Bajo su conducción, Monserrat no sólo se convirtió en uno de los institutos más prestigiosos del Virreinato. También fue sede de la primera imprenta que funcionó en la Argentina fuera de las Misiones Guaraníes.
El fervor educativo hizo que los discípulos de San Ignacio de Loyola aplazaran la erección de su templo. Pero el anhelo cobró renovados bríos cuando Manuel de Cabrera –nieto del fundador de la capital cordobesa– donó sus bienes para ese fin. La obra arrancó en 1650 y fue inaugurada en 1671, poco después de la Capilla Doméstica que absorbió a la ermita de Tiburcio y Valeriano. A cargo de la construcción estuvo el padre Phillipe Lemer, un belga que había trabajado en astilleros europeos. No extraña que la bóveda sea una enorme quilla invertida, realizada totalmente con madera de cedro paraguayo y sin utilizar un solo clavo. La iglesia de la Compañía suma a esta ingeniosa solución una fachada de austera monumentalidad y los mejores ejemplos de pintura decorativa colonial.
Hoy integra un cautivante bloque con el Rectorado de la Universidad y una versión neocolonial del Colegio Monserrat, fruto de la remodelación que experimentó en el siglo pasado. La herencia jesuítica de Córdoba, como apuntamos, no acaba en esta Manzana de las Luces. Fueron también sacerdotes de la orden quienes terminaron la catedral, levantaron la Capilla del Barrio Quinta Santa Ana y sembraron la provincia de maravillas.
Catalina la Grande
La Córdoba colonial distaba mucho de ser opulenta. De modo que la Compañía de Jesús se vio obligada a organizar estancias para solventar sus necesidades temporales y el funcionamiento de los institutos educacionales. En 1616 y 1618 surgieron las dos primeras: Caroya –dedicada a la ganadería y el sostén del Colegio Monserrat– y Jesús María, cuyas sementeras, viñas y bodega sustentaban al Colegio Máximo. Luego se incorporaron Santa Catalina, Nuestra Señora de Alta Gracia, Candelaria, San Ignacio, Santa Leocadia, Candonga, El Potrero de los Quevedo, El Rosario y Totoral. Estos establecimientos rurales sirvieron, además, para extender la acción de los jesuitas a la campaña. En sus escuelas y talleres, el indio se familiarizó con las letras, los oficios y el Evangelio. Santa Catalina –antes Calabalumba la Vieja– brilló entre todas. No le faltaban razones al obispo Zenón Bustos cuando la llamó “estancia madre”. Ninguna poseía tanto y tan buen ganado, y menos construcciones de semejante señorío. Los jesuitas se la compraron, en 1622, a Luis Frasson –un oficial herrero venido con Cabrera–, “como seguro de vida del Noviciado”. El precio (“cuatro mil y quinientos pesos corrientes”) incluyó tierras, hacienda y esclavos. Los padres no sólo multiplicaron prodigiosamente este patrimonio. También ejecutaron una admirable red hidráulica por cuyos canales de piedra aún corre agua, e instalaron un aserradero, una tejeduría, dos molinos y dos hornos para hacer ladrillos y tejas. Además, plantaron un casco que recuerda la clásica distribución de las reducciones misioneras.
Frente al jardín que oficia de plaza, de cara al Naciente, se yergue una magnífica iglesia de estilo barroco y aristocrática escalinata. A su izquierda aparece el cementerio –de soberbio portal– y a la derecha el convento, estructurado alrededor de tres patios. Y por el Norte, formando ángulo con esta línea de edificación, se suceden la muralla de la huerta y el caserío donde vivían naturales y esclavos. El templo –consagrado a Santa Catalina de Alejandría– es lo más impactante del conjunto. Algunos investigadores adjudican su paternidad al arquitecto Antonio Harls. Otros sólo reconocen a este jesuita alemán la dirección final de la obra. Pero todos concuerdan en que integra el terceto más representativo del arte eclesiástico cordobés, junto con la catedral y la iglesia de la Compañía. Los jesuitas no alcanzaron a disfrutar mucho de ella. Se terminó de construir en 1763, apenas cuatro años antes de que Carlos III los expulsara de sus dominios.
Tiempo de revancha
Tras la retirada de los jesuitas, comenzó la decadencia. La imprenta de Monserrat quedó arrumbada y la Universidad pronto perdió jerarquía y autonomía. Se saqueó la biblioteca de la Residencia y se repartieron las bellezas que atesoraba la iglesia de la Compañía (la catedral, por ejemplo, se quedó con el estupendo Sagrario que hoy luce el templo de Tulumba). Otros santuarios fueron abandonados. Y una mezcla de rapiña y mala administración desarticuló las estancias, que terminaron vendidas a familias vinculadas con los círculos gubernativos. Santa Catalina, dentro de todo, tuvo suerte. La adquirió Francisco Antonio Díaz, alcalde ordinario de primer voto, en algo más de noventa mil setecientos pesos. Era hombre de fortuna y, decidido a vivir en el casco, completó los claustros según el planteo de los jesuitas. Y sus descendientes se esforzaron por conservar sin mella la iglesia y el convento hasta hoy.
La Compañía de Jesús ofrendó a los cordobeses obras imponentes, lustre doctoral y el estilo a la vez progresista y tradicionalista que los caracteriza. Sin embargo, pocas voces se alzaron en su defensa. Su expulsión sólo fue llorada por indios, negros y estudiantes, que llegaron a insurgirse contra sus despóticos sucesores en las aulas. A mediados del siglo XX, los tesoros jesuíticos de Córdoba se convirtieron en monumentos históricos nacionales. Y, al despuntar el XXI, pasaron a codearse con las Pirámides de Egipto, el Taj Mahal, la Muralla China, Venecia y Teotihuacan.
Una pieza magistral
Los arqueos del patrimonio jesuítico de Córdoba suelen pasar por alto una pieza deslumbrante: el primitivo altar de la iglesia de la Compañía. Tallado y dorado a la hoja en las Misiones del Paraguay, se lo considera una obra maestra del barroco colonial. Según los entendidos, sólo admite comparación con los retablos de la Capilla de Yavi (Salta) y la iglesia del Pilar (Buenos Aires). Tras la expulsión de los jesuitas, en 1767, pasó a la catedral de Córdoba. Permaneció allí hasta que el Cabildo Eclesiástico dispuso reemplazarlo por uno de plata. Y terminó en Tulumba como premio al curato que mayor cantidad de piezas de plata aportó para construir el nuevo altar. Hoy preside la iglesia de ese encantador pueblito del norte cordobés. La capilla de Candonga –un modelo de integración con el paisaje– ilustra el caso contrario. Se alza sobre un campo que perteneció durante buena parte del siglo XVIII a la Compañía de Jesús. Bastó ese antecedente para que se la adjudicara a los jesuitas. En realidad, se ignora tanto la fecha exacta en que fue erigida como la identidad de su autor.





